Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Hojas caídas 31: Los votos muertos

El texto que copiamos a continuación fue publicado en la revista liberal AURA el mes de abril del 2009 y hoy resulta difícil consultar.  Ahora, cuatro años después, sigue teniendo cierta actualidad. Incluso  se ha agravado la sensación de la inutilidad de las elecciones perpetradas en el marco del degradado sistema político español de la Monarquía. Programas demagógicos realizados sin voluntad de ser cumplidos y votantes burlados que apenas cuentan para el poder sino como almas cautivas, asimilados a siervos muertos cuya mayor importancia es apuntalar servidumbres y llenar con bodrio las estadísticas oficiales.

El amable lector juzgará. Ahí queda eso:

Joaquín Belda ironizó en uno de sus famosos relatos breves sobre las mañas electorales de la época. “Silvino Cordero, vota” cuenta las aventuras de un personaje que votaba en todos los colegios electorales de Madrid, o al menos lo intentaba. No es que le inscribieran donde no vivía como a la excelentísima ex vicepresidenta del gobierno socialista zapateríl. Tenía un amigo empleado en eso de los muertos del Ayuntamiento que cuando se acercaba la fecha de las elecciones le facilitaba una lista en la que constaba el nombre y domicilio de de uno de los fallecidos más recientes en cada colegio electoral. A veces le ocurría que cuando se acercaba a la urna ya se le había adelantado otro suplente que había ocupado el lugar del muerto. Otras tenía que disimular puesto que era conocido de los interventores.

¿Y por qué hace usted eso? Le preguntaba algún conocido.

¡Toma! Por lo que se hacen casi todas las cosas en este mundo: por dos pesetas y un cigarro puro.

En la pintoresca España actual es justo al revés: los electores vivos o muertos son los que convidan a los partidos políticos que cobran por cada voto recibido.  

 Se celebra ahora (se refiere a 2009) el segundo centenario del nacimiento de Nicolás Vasilievich Gogol, uno de los mejores estudiosos del alma rusa. Aunque esto de los aniversarios suele resultar un invento comercial, un tinglado más, sin embargo tiene la virtud de facilitar el recuerdo de figuras notables y de repasar obras de interés, pérdidas entre los laureles de una fama deshabitada por las prisas y la atropellada inmediatez por la que discurre nuestra vida actual. Tan diferente, por cierto de la común en la Rusia del siglo XIX.

Gogol fue un alma atormentada que sufrió mucho. En eso se diferencia poco de otros muchos grandes literatos rusos, que poseen un algo de agentes psicopompos pues la literatura rusa lleva a los lectores sensibles al mirador de los abismos más insondables de la conciencia humana. Unas veces la exposición del sufrimiento humano, en ocasiones sublimado alquímicamente hacia formas de misticismo o de heroísmo salvador. Otras, la detallada ilustración de todos los vicios, de la barbarie y la crueldad que mueven al hombre de conciencia o voluntad no desarrolladas. Acaso por las condiciones del clima que llevan a la apatía y la soledad, como se nos cuenta en el “Oblomov” de Iván Goncharov, y a una cierta forma de nostalgia melancólica, de pereza eslava que se empezó a llamar oblomovchina. Acaso porque en la Rusia del siglo XIX existía una forma de “septicemia literaria” por emplear la aguda expresión de Wenceslao Fernández Flórez. Quizás porque se está lejos del clásico ideal griego del autocontrol de las pasiones. O porque se busca en el arte una forma de mejorar la realidad. De intentar plasmar en lo individual y social el universo de los valores metafísicos. Por eso no es de extrañar la magistral pintura de los planteamientos y psicologías terroristas que hace Dostoyevski en “Los Endemoniados”. O la visión también profética del desmoronamiento de todo un régimen que ofrece Andrei Belyi en su “San Petesburgo”.

Pero, a diferencia de Chejov, Turgueniev o el propio Dostoyevski, Gogol no tuvo éxitos eróticos ni quizás conoció el amor de las mujeres.  Pese a su fama de artista genial y de cierta protección oficial que le ahorró las trágicas peripecias de otros autores, hacía una vida solitaria y su aspecto descuidado, ese torpe desaliño indumentario, no le ayudaba en sus relaciones.

Cuentan que sufrió una experiencia iniciática en la milenaria ciudad de Jerusalén con ocasión de su visita a Palestina, mientras rememoraba los hipotéticos lugares de la pasión del Salvador, puerta de Damasco, colina de Gordon, Gólgota, Santo Sepulcro, donde sus ya exaltados sentimientos religiosos experimentaron una especie de revelación mística o éxtasis.

Estudioso de la magia, que practicó en su madurez y describió en alguno de sus relatos, no obstante se considera a Gogol como el padre de la novela realista rusa. Su primera obra, “El inspector”, es la historia de una corrupción equivocada. No en el sentido moral, que todas lo serían, sino en el de sobornar a destinatario equivocado. Los corruptores, los caciques locales, confunden a un pobre diablo recién llegado con el temido inspector que viene a revisar la situación desde la capital. Censurada primero, luego autorizada expresamente por el propio zar Nicolás I, su estreno en San Petesburgo constituyó un gran escándalo. No obstante, gustó mucho en Moscú, con un público diferente y más sensible al asunto criticado. Dejo al amable lector su aplicación al caso español en situaciones como las auditorias de cuentas financieras, por ejemplo.

Después de este gran éxito, Gogol escribió la que se considera su obra maestra “Las almas muertas” que refleja con singular humor y maestría la peculiar situación de la sociedad rusa en relación con la servidumbre. El protagonista, Chichikov, consejero de Estado, propietario viaja por motivos particulares.  Muy “particulares” aprovechando la existencia de instituciones tradicionales como los siervos y la relativa inoperancia de la administración rusa, salvo en la cuestión policial.

A Chichikov se le ocurre que puede aprovecharse del retraso con el que la administración zarista actualizaba el censo de siervos varones, “almas”, en su terminología, comprándoselas a sus antiguos propietarios. Estos se benefician al librarse de pagar la contribución que les correspondería hasta que fueran dados oficialmente de baja y el pícaro puede utilizarlos como ejército fantasma, como prenda ficticia para conseguir sus propias concesiones o proyectos ante la burocracia zarista.

 El origen de la actual crisis financiera internacional no anda muy lejos de estas granjerías que nos narra magistralmente Gogol. El dinero cada vez más alejado de su papel original como medio de pago de bienes y servicios reales se convierte en un universo con vida propia, especulativo y casi ficticio. Apenas posee ya entidad física, no ya en oro o metales preciosos pero ni siquiera en papel moneda. Una mohatra. Un modo de aparentar fingida solvencia que no se posee, en la que siempre se encuentran presentes la capacidad para la picaresca más o menos delictiva de los promotores con la incompetencia de la burocracia para regular las cosas o mejor para velar por el cumplimiento de lo regulado. Concediendo que los promotores no sean los mismos gobiernos que perviertan su abundante burocracia en red delictiva.  En el llamado sistema económico, divorciado de la Moral o la Ética, ciencia madre de los primeros estudios económicos, cualquier cosa es ya mercancía, incluida la vergüenza dentro de ese sistema pretendidamente autónomo, calificado de científico porque se asimilaba al establecido por Newton en sus Principia y se basaba en postulados walrasianos. Y que ahora ha tratado de sustituir como motor a la producción por la autonomía del dinero. De un dinero ficticio, excremento del diablo como quería Papini, una nota o guarismo en una cuenta electrónica, pero una nota que, repetimos, apenas posee ya convertibilidad con algo tangible. E incluso su uso en estas formas físicas suele ir asociado a actividades non sanctas.  Doblemente emancipado de la Moral y de la realidad: paradójicamente, lo que nació con ínfulas científicas y contra escolásticas ha devenido en una especie de superstición pseudo-religiosa: la de que el carrusel de lo económico es un ente autónomo capaz de satisfacer necesidades reales e inducidas y puede crecer, una y otra vez, de modo mecánico sin tener en cuenta el segundo principio de la termodinámica, demografías, niveles de educación u organización o de recursos naturales

Pese a lo ya comentado sobre las hazañas del inefable Silvino Cordero, quizás algún amable lector me critiqué que para hablar de las viejas mañas de la picaresca recurra a los lejanos grandes autores rusos cuando nuestra literatura es una de las pioneras mundiales y la exportación de pícaros y sinvergüenzas podría equilibrar con ventaja nuestra lamentable balanza de pagos. En verdad, no hace falta que la cursi niña angloparlante de Rajoy estudie inglés y repita extrañas palabrotas anglosajonas cuando todo ello está ya inventado en nuestro siglo de oro. Sub prime, hedge funds, ninjas, no son sino variantes de nuestra castiza mohatra. Y es que en el arte de la tercería, la corrupción política o el agio somos auténtica potencia mundial.

Nuestros Cervantes, Quevedo, Rojas, Mateo Alemán o Espinel son notarios de la existencia de un ambiente social, unas criaturas y un lenguaje que tienen poco que aprender de los modernos estafadores, banqueros, auditores y caballeros de mohatra autonómicos, españoles y extranjeros. Pocas descripciones más notables y fidedignas de la España irredenta e inmutable que el Rinconete y Cortadillo. Esa sociedad hampona, con abundancia de desheredados, de segundones, de expósitos y logreros, genera trampas, ardides y engaños para vivir por medios distintos que los del trabajo.   

Y qué decir de la singular taxonomía de todas estas pintorescas especies y de su jerarquía delictiva desde el novel chulo, marrajo o jorgolino hasta el jayán de popa pasando por los jaques y espadachines, antes del merecido retiro en el trono subido.

O la de la aún más amarga de otra de sus novelas ejemplares, la historia de un perro fiel e inteligente, tan inteligente que tiene el don de la Palabra, que comprende al fin que los supuestos lobos con cuya acción nos amenazan y nos agraden son los propios pastores al cuidado del rebaño. Son ellos los que nos matan y devoran.

Pero volviendo a lo que íbamos, no es de extrañar por tanto el interés de España por las novedades de Rusia y que una de las primeras aproximaciones españolas a la cultura y la literatura rusas se debe a la gran escritora coruñesa doña Emilia Pardo Bazán, quien ofreció en el Ateneo madrileño una serie de conferencias de divulgación a lo largo del otoño de 1887.  En ellas la eximía narradora, ensayista y crítica literaria explicaba al auditorio de la docta casa muchas de las claves necesarias para comprender a los autores rusos, tanto desde el punto de vista literario cuanto de su contexto histórico, social, político e incluso paisajístico. No resulta raro este interés  por la literatura rusa en una personalidad tan fuerte como la Pardo Bazán, aristócrata sensible, culta e inteligente, estudiosa del universo de las letras y de sus auges y decadencias, doña Emilia distingue el caso ruso dentro de “el fenómeno general contemporáneo, que es el renacimiento de las literaturas regionales y la reaparición de las razas postergadas o absorbidas” y nos explica que “ha de advertirse que las literaturas regionalistas son de suyo reaccionarias, restauradoras de una tradición más o menos olvidada o perdida, mientras las letras rusas se pasan de innovadoras, no tomando el pasado como ideal, sino como raíz a lo sumo”.  Al cabo producto casi siempre de gentes de bolsa ligera y fantasía caliente, que solían haber sufrido mucho y algunos incluso terrible reclusión en Siberia.

Nuestra escritora comparaba a España con Rusia, “dos pueblos antiguos y a la vez jóvenes que aún ignoran adónde les empujará el porvenir, y no aciertan a poner de acuerdo la tradición con las aspiraciones”.

 En la literatura rusa hay una noble pulsión moral un intento de mejorar la realidad, casi siempre con repercusiones. Pero aquí el drama es la indiferencia hacia la literatura y el arte, se quejaba con razón. Aunque, ahora en su Galicia natal junto con el gran Valle, genial practicante de la “voluptuosidad del ayuno”, la propia doña Emilia es casi una escritora proscrita, represaliada post mortem por la Santa Inquisición nacional-galleguista oficial por el grave e imperdonable delito de escribir en español.   

Ahora que, democráticamente, y no como otrora por los cañonazos del Aurora sobre el palacio de invierno del “lendacari”, al fin ha caído la tenebrosa dinastía liberticida de los Sabinoaranov, aunque aún no el maligno régimen autonómico que la legitimaba, es posible que puedan empezar a volver  los exiliados vascos y con ellos la recuperación del ejercicio de los derechos civiles y de la libertad en esa atormentada parte de España casi abandonada a su suerte por las instituciones nacionales de la monarquía. Ojalá podamos encontrarnos en las vascongadas con un nuevo e histórico caso de abolición de la servidumbre.  O al menos el cese de la siembra de la violencia y del odio entre españoles, separados y herrados en majadas disjuntas como los rebaños o las piaras, por los políticos nacionalistas y sus secuaces que tanto recuerdan las advertencias cervantinas.

Pero no deja de ser curioso la estulticia del sistema político español al impedir votar, votos de los muertos civiles en el País Vasco, a los exiliados vascos desde donde hayan encontrado refugio y sin embargo por el simple hecho de ser descendientes de emigrantes permitir hacerlo a gentes en América que apenas conservan ninguna vinculación con España, ni por supuesto contribuyen con sus impuestos al mantenimiento de las instituciones españolas. 

Y resulta especialmente absurdo para la dignidad institucional e inmoral el comportamiento de los Chichikov pagados por los partidos gallegos en América para comprar votos de los muertos aprovechando la falta de garantías de limpieza y transparencia de votaciones realizadas sin suficiente control ni rigor.

Votos de almas esclavas para mantener la servidumbre de la gente respecto de un sistema ineficiente y corruptor. De almas muertas para el fomento de la prosperidad verdadera de España.

Chichikov tiene ahora muchos nombres. Se encuentra desdoblado en múltiples personalidades. Poco antes de morir, Gogol quemó una segunda parte de sus aventuras de modo que no sabemos cuál sería el final previsto por el Autor. Pero acaso el final no está escrito por el Autor sino por los personajes.

 Los nuevos náufragos de esta civilización a la deriva hemos de indagar cuál es el verdadero Autor de nuestras vidas cada vez más cosificadas. Y a aprender a diferenciar los votos de los vivos de los de los muertos.

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