Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Wagner según Baudelaire

El 22 de mayo se cumple el bicentenario del nacimiento en Leipzig del genial compositor alemán Richard Wagner.  Un gran renovador del arte, del drama musical entendido como Arte total que debe superar las concepciones de la ópera tradicional limitada a musicar libretos con menor o mayor fortuna. Un intento magnífico de recuperar los grandes valores y criterios estéticos clásicos en la línea de los Dramas y Misterios de la Antigüedad que ya había iniciado el pionero renovador Glück (Orfeo y Euridice, Alceste) mediante la introducción de profundos cambios en la técnica operística.

Franz Listz los explicaba en Lohengrin y Tannhäuser: “El espectador, preparado y resignado a no encontrar ninguno de esos fragmentos separados que, ensartados unos tras otros en el hilo de alguna intriga componen la sustancia habitual de nuestras óperas, podrá encontrar un singular interés en seguir durante tres actos la combinación profundamente reflexionada, sorprendentemente hábil y poéticamente inteligente con que Wagner, mediante varias frases principales, ata un nudo melódico que constituye todo su drama….consigue extender el imperio y las pretensiones de la música. No satisfecho con el poder que ejerce sobre los corazones despertando en ellos toda la gama de sentimientos humanos, le hace posible incitar nuestras ideas, dirigirse a nuestro pensamiento, hacer un llamado a nuestra reflexión y la dota de sentido moral e intelectual …dibuja melódicamente el carácter de sus personajes y de sus pasiones principales y esas melodías se manifiestan en el canto o en el acompañamiento…”  

Pero Wagner fue y sigue siendo pese a todo un artista polémico. Considerado antisemita, ¡incluso filonazi! Cuando es así que murió en Venecia en un bello palacio del Gran Canal seis años antes del nacimiento de Hitler.

Uno de sus contemporáneos que más le admiraba y le defendió casi en solitario ante el público francés fue el gran poeta Charles Baudalaire, con lo que demostró su talento profético, agudeza y perspicacia como crítico de arte en sendos textos contracorriente publicados en marzo y abril de 1861 en los que glosaba Lohengrin, El Holandés errante y el Tannhäuser.

El estreno parisino del Tannhäuser había dado lugar a escándalos provocados por la reacción bienpensante o bien embestidora cuando se digna usar de la cabeza. La obra fue boicoteada y apenas nadie, además de Baudelaire, salió en su defensa:

“Tannhäuser representa la lucha de los dos principios que han elegido el corazón humano como principal campo de batalla, es decir, de la carne y del espíritu, del infierno y del cielo, de Satán y Dios. Y esa dualidad queda representada en la obertura con incomparable habilidad…resume el pensamiento del drama por medio de dos cantos, el canto religioso y el canto voluptuoso….

El canto de los peregrinos aparece primero, con la autoridad de la ley suprema, como marcando inmediatamente el verdadero sentido de la vida, el objetivo de la universal peregrinación, es decir, Dios. Pero como el sentido íntimo de Dios queda bien pronto sofocado en toda conciencia por las concupiscencias de la carne, el canto representativo de la santidad se ve poco a poco cubierto por los suspiros de la voluptuosidad….

Así en la representación plástica de la idea se ha apartado felizmente de la fastidiosa turba de víctimas, de las innumerables Elviras (la heroína abandonada del Don Juan mozartiano). La idea pura, encarnada en la única Venus, habla mucho más alto y con mucha mayor elocuencia. Aquí no vemos a un libertino común mariposeando de bella en bella, sino al hombre general, universal, que vive morganáticamente con el ideal absoluto de la voluptuosidad, con la reina de todas las diablesas, de todas las faunesas y de todas las satiresas, relegadas bajo tierra desde la muerte del gran Pan, es decir con la indestructible e irresistible Venus…

Por fin el tema religioso recobra poco a poco su imperio, por gradaciones lentamente, y absorbe al otro en una victoria apacible, gloriosa como la del ser irresistible sobre el ser enfermizo y desordenado, la victoria de San Miguel sobre Lucifer.”    

“La música del porvenir ha sido enterrada” proclamaba el coro de miopes paniaguados y majaderos reaccionarios que le criticaba durante y tras el boicot mediático que se hizo al estreno del Tannhäuser en Paris. Pero Baudelaire le aplaude y reconforta. Wagner se lo agradece ese mismo mes de abril por carta al no poder hacerlo personalmente tras su frustrada visita al poeta.

Por entonces Baudalaire ya había viajado por el spleen y los paraísos artificiales (1860) remedo del mundo del grial o graal lohengrinesco. Como esteta y experimentador sabía bien de qué iba el asunto. Y con gran perspicacia y más mérito si cabe pues Wagner aún no había creado el Parsifal, la ópera dedicada al padre de Lohengrin y desarrollo estético y filosófico último de la saga del Graal.

Baudalaire nos lo explica en El poema del Haschischla afición del hombre al infinito, una beatitud, un estado excepcional del espíritu y de los sentidos que puedo, sin exageración llamar paradisíaco. …una verdadera gracia, como u espejo mágico en el cual se invita al hombre a ser embellecido, es decir, tal como debería y podría ser; una especie de excitación angélica…como una manifestación de la voluntad divina atenta a despertar en el espíritu del hombre el recuerdo de las realidades invisibles…es tan imprevisto como un fantasma. Es una especie de obsesión, pero de obsesión intermitente de la que debemos extraer, si somos discretos, la certidumbre de una existencia mejor y la esperanza de alcanzarla por el diario ejercicio de la voluntad. Esta acidad del pensamiento, este entusiasmo de los sentidos y del espíritu han tenido que aparecer al hombre, en todos los tiempos, como el primero de los bienes; por eso, considerando solo la voluptuosidad inmediata, y sin inquietarse por violar las leyes de la constitución, el hombre ha tratado de encontrar en la ciencia física, en la farmacéutica, en los más groseros licores, en los perfumes más sutiles, bajo todos los climas y en todos los tiempos, los medios de huir aunque fuera por algunas horas de su habítáculo de fango…de alcanzar el Paraíso de un solo golpe. Ay, los vicios del hombre, por llenos de horror que se les suponga, suministran la prueba de su afición al infinito, sólo que es una afición que a menudo equivoca el camino”.

Toda una advertencia pragmática y moral la del trágico poeta francés en Los Paraísos perdidos a los imprudentes consumidores de haschisch o de opiáceos. Acaso también todo un aviso profético de los límites del camino para otros investigadores relacionados con la Antropología, la Etnobotánica y la Mística: los actuales psiconautas en la estela de Gordon Wasson desde su famosa velada iniciática con la chamana mejicana María Sabina la de los hongos mágicos de Oaxaca, o el apócrifo sino fingido chamán Don Juan de las obras de Castaneda, los rastreadores de entéogenos tales como el cornezuelo del centeno, un hongo enteógeno, semejante en su composición bioquímica al LSD, en el kykeon y la base del psicodrama de los misterios de Eleusis como el citado Wasson, Ruk, o el sabio científico Albert Hoffman. Sin olvidar a grandes historiadores de las religiones como Mircea Eliade o literatos como Huxley, el del soma de Un mundo feliz que tan mal tratara por cierto al genial Baudelaire. O, entre nuestros investigadores, al psicólogo J. M. Fericgla.

Pero, ¿viene a ser Lohengrin una especie de “niños santos” como llamaba a sus hongos enteogénicos la chamana Maria Sabina, un mediador o enviado de un paraíso artificial, del templo del Graal? De efectos similares en la Tradición mistérica eleusina al cornezuelo del centeno. En todo caso es un caballero defensor de su dama, como Demeter de su hija raptada Proserpina. Una relación abierta entre el mundo espiritual y el mundo terrestre se trate de sustancias enteogénicas o de meros símbolos, mitos y alegorías capaces de conmovernos e informar nuestra conducta.

Baudelaire glosa con gran perspicacia y conocimiento la obertura de Lohengrin. Aspecto místico de la cuestión que tanto enfadaría a Nietzsche en especial por relacionarlo con el cristianismo, hasta llevarlo a la ruptura con Wagner.

Pero la concepción estética wagneriana del Tristán o de Lohengrin pero sobre todo del Parsifal estrenada en Bayreuth durante el verano de 1882 parece claramente inspirada en las ideas filosóficas de Schopenhauer. No es extraño pues para el filósofo la Música es el arte más íntimamente relacionada con el mundo de la Cosa en Sí, el de la Voluntad, el mundo del Graal de Parsifal y de su hijo, el enviado Lohengrin. Esta ópera wagneriana es una de las variantes, acaso la más hermosa en el plano estético, de la saga filosófica ya iniciada por Apuleyo en el siglo II conocida como el mito de Psiquis, que tanto influyó en nuestro Cervantes quien algo sabía de heroicos y malogrados servidores del Espíritu e inspiraría su relato El Curioso impertinente. La curiosidad, asociada a una prohibición, como fuente de problemas y frustraciones para el hombre.

Desde la lejana tradición pitagórica sabemos que existe una íntima relación entre Música, esoterismo y sabiduría sagrada. Como la paradójica entre el Spleen y el entusiasmo. Los entusiasmos musicales son muy importantes, gratificantes y bienhechores. El doctor Alfonso explicaba que “cuando la gama de sonidos es combinada según excelsas leyes musicales por la intuición del genio, formando acordes, arpegios, melodías, contrapuntos…el sentido del oído adquiere un elevado rango, no superado por los demás, se convierte en la entrada del aparato pineo-hipofisario, de funciones trascendentales…estas dos glandulillas, pineal e hipófisis, son una especie de antenas receptoras y emisoras de vibración mental…son los órganos donde se manifiestan las más elevadas operaciones intelectuales del ser humano….”

En esto se basa el canto litúrgico, el mito del Orfeo civilizador, tan ligado desde Monteverdi a la Historia de la ópera o el empleo de sonidos vocales en rituales sagrados, símbolos en acción dinámica de tan potente energía psicológica.

Sin olvidar ciertas notables consecuencias de carácter político como hemos podido comprobar con la emocionante, y tan envidiable desde la hoy desolada España incapaz de manifestar cualquier suerte de elevado patriotismo, reafirmación de amor a Italia y a su Cultura protagonizada por Muti durante una reciente representación del Nabucco en Roma.

Hoy como entonces, en el corazón de la gente más noble y sensible se manifiesta un nuevo spleen acaso no muy bien identificado, una modalidad de lo numinoso, una nostalgia del templo del Graal, del mundo del espíritu, de esa cosa en sí que trasciende las formas, el mundo fenomenal cotidiano en el que nos movemos.

Entre las amenazas que otra vez se ciernen sobre nuestra civilización, el arte se muestra como una forma de liberación humana, de testimonio de nuestra condición sagrada. Y la música, tan próxima al noúmeno, a la Cosa en Sí, nos permite trascender el spleen para recuperar el entusiasmo, la voluntad de conocer, la autoconciencia de nuestra querencia hacía el paraíso. Tal era la idea sublime de Wagner, tan revolucionaria por paradójicamente fiel servidora de la Tradición.

El permitir que su música sublime nos ayude a encontrar nuestro propio Gríal, “donde el Tiempo y el Espacio se confunden”, como enseñaba uno de sus caballeros servidores al inocente pero voluntarioso Parsifal, es acaso el mejor homenaje que podemos hacer a su memoria hoy, que sumidos en el spleen de este devastador principio de siglo conmemoramos el bicentenario del gran artista.

Publicado en ABC Cultural, sábado 18 de mayo de 2013

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