Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Costa y su Unión Nacional

La Historia de España parece sufrir el síndrome del eterno retorno de modo fatal o permanente. Aún con nuevas tecnologías o situaciones específicas, los mismos problemas vuelven una y otra vez en el tiempo. En efecto, de nuevo se plantea hoy la crisis de la Monarquía, un régimen de mohatra cuya incompetencia y corrupción endémicas provocan graves crisis periódicas.

Joaquín Costa fue un hombre controvertido quizás por incomprendido, perseguido por el Régimen borbónico y de gran mérito autodidacta dada su humilde extracción social hasta superar las carreras de Derecho y Filosofía y Letras. Títulos que sin embargo durante mucho tiempo no pudo emplear por al no poder obtener el diploma por carecer de dinero para pagar las tasas.

De Joaquín Costa se recuerdan aún cuestiones como el regeneracionismo, su crítica a la oligarquía y el caciquismo, sus estudios agrarios o de de política hidráulica, su visión del derecho consuetudinario o el famoso pleito de La Solana donde comprobaría de modo personal y directo como se las gastaba la iglesia católica española de la época. Pero quizás no tanto otras como sus intentos de combatir la lamentable política de su tiempo no ya con su obra intelectual sino mediante una actividad política directa.  Sus trabajos en la Institución Libre de Enseñanza, fundada por Giner y otros ilustres catedráticos represaliados por la Monarquía, porque estaba convencido de que la educación era fundamental para que el pueblo pudiera librarse de sus seculares ataduras y de su postrada condición económica. Y su participación en la aventura política de Unión Nacional, un partido nuevo para tratar de satisfacer sus inquietudes.

En el verano de 1898 tras el último gran desastre provocado por la estulticia de la Monarquía, Costa se había convencido que la meritoria labor institucionalista o de lograr una obra de educación de la opinión para una regeneración no era suficiente.

Con los partidos dinásticos no se podía contar ni tampoco le satisfacía la deriva que personalidades como Nicolás Salmerón estaban dado al Partido Republicano. Así, en octubre de 1898, en una entrevista concedida al periódico El Liberal, explicaba que “pensar en redenciones milagrosas, en un hombre salvador, en algo que nos haga salir de pronto de la calle de la amargura para trocarnos en un país fuerte, rico, sabio, respetado, es pensar en un imposible”.

La situación de degradación era tan grande que poco cabía esperar a corto plazo. Pero si creía necesario establecer tres condiciones mínimas para empezar a cambiar de verdad las cosas:

“Hacer libre de verdad al pueblo español, que no lo es a pesar de sus leyes con apariencias democráticas.

Elevar la cultura del pueblo español, es decir, modificar la manera como se distribuye el presupuesto a favor de la educación.

Restablecer o crear una disciplina social que a todos obligue y que a todos alcance”.

Problemas que, con matices, como se ve siguen estando presentes en la España del tercer milenio.

Pero, pese a su notoria repugnancia por el parlamentarismo tal como existía entonces en España, Costa hacía su autocrítica por no haber sido capaz junto a otras personas conscientes y competentes de poner en común esfuerzos o programas. Incluso se lamenta de que “por no haber constituido un partido nacional y hecho frente a los charlatanes y tahúres de la política, a todo ese enjambre de vividores, ha sobrevenido la catástrofe”.

Y unos días después remacha en el mismo periódico citado: “Solo un medio eficaz existe: seguir del enemigo el consejo: organizarse como él está organizado, y seguir sus mismos procedimientos en cuanto sea compatible con la moral y el derecho.”

Es preciso, pues, “organizarse en partido nacional, en partido regenerador, con sus periódicos, sus comités y sus asambleas, con un programa desarrollado y gacetable.”

Pero para esta labor de organización se buscan sinergias con otras organizaciones ya existentes de inquietudes o problemática más o menos semejante.  Así, los educadores y catedráticos o las entonces inquietas Cámaras de comercio.

Durante una asamblea nacional de Cámaras reunida en Zaragoza celebrada en noviembre se acordó que  corporativamente estas iniciaran un movimiento regenerador inspirado en el pensamiento de Costa. Se nombró presidente de la Comisión permanente nacional de Cámaras a Basilio Paraíso que lo era de la de Zaragoza y también se aprueba mandar un mensaje a la Regente.

Sin embargo, Costa piensa que esto no es suficiente y así lo expone más tarde: “renunciemos al recurso de las Ligas nacionales por inadecuado o insuficiente y concluyamos diciendo que las clases representadas en la Asamblea de Zaragoza, en vez de elevar al Trono un mensaje sin ninguna trascendencia práctica, debieron crear una organización apta para las luchas activas de la política y la gobernación del Estado, reelaborar su programa y hacerlo gacetable, agitarlo en la prensa y en el meeting, ganar para él la adhesión de una parte considerable de el país, llevarlo con una minoría enérgica al Parlamento y en una primera oportunidad reclamar el Poder.”

En la Asamblea nacional de Productores celebrada unos meses después también en Zaragoza vuelve a discutirse la naturaleza de la organización  acciones a desarrollar, no sin luchas personales por conseguir el dominio o dirección del movimiento, ni recursos o pretextos de tipo jurídico.

Costa es derrotado y se acuerda formar una Liga de Productores, pero no un Partido.

Tras el desastre del 98 hay que pagar los platos rotos por los políticos dinásticos y Villaverde aprueba una reforma tributaria que han de sufrir los de siempre y que desata las protestas de sus víctimas. En especial pequeños y medios comerciantes e industriales.

En este caldo de cultivo se convoca instigada por Gamazo en Valladolid una sorpresiva y acaso oportunista segunda Asamblea de Cámaras. Se manifiestan dos tendencias, la acción directa sobre el Poder o la indirecta mediante diversas acciones no políticas. Ganó esta última opción y se formó una cierta Unión Nacional bajo la presidencia de Paraíso y con Santiago Alba de Secretario que invitó a Costa a participar con su Liga.

Costa propone una Asamblea mixta de ambas organizaciones que se rechaza ante el temor de que el prestigio de don Joaquín pudiera neutralizar la maniobra. No obstante se produce la fusión y se acuerdan las primeras acciones a desarrollar. Así, actos de protesta y manifestaciones pacíficas. Pero la manifestación de Madrid es prohibida por el gobernador y las de las provincias desconvocadas.

En la casa de Costa se reúnen los directivos de Unión Nacional para decidir qué hacer.

Acciones pasivas, para o no pagar impuestos. O más activas, intentar algo más contundente. Paraíso es partidario de lo segundo, pero Costa cree que aún es prematuro porque no se habían agotado todos los medios pacíficos y constitucionales posibles antes de provocar una revolución desde abajo, habría que mantener la agitación y la protesta  mientras se educaba a las clases llamadas neutras en el programa de la Unión, dándole una forma gacetable para no tener que improvisar si acaso hubiera éxito.

Existía el precedente de Barcelona del año anterior en el que la objeción fiscal había sido reprimida con contundencia al declarla el gobierno delito de resistencia, autorizando la detención ipso facto del contribuyente objetor y el cierre inmediato de su establecimiento. Por ello, Costa creía que la rebelión fiscal carecía de posibilidades reales de éxito, salvo que hubiera el compromiso, que no suponía se fuera a cumplir, que cuando el gobierno ordenara el cierre de un establecimiento todos los demás de esa población cerraran en solidaridad de modo indefinido.

Es decir, si se decidía el camino de la revolución había que actuar con contundencia.

La objeción fiscal no tuvo éxito y al cabo, tanto Paraíso como Alba se sumaron luego a las tesis de Costa de formar un verdadero partido para presentarse a las elecciones. Pero ya era tarde, la gente se había desanimado. Paraíso buscó acomodo con Moret. Alba ingresó en el partido conservador. Costa se fue con lo que se perdió la poca credibilidad que le quedaba a Unión Nacional, no había sido capaz de formar un partido nacional compuesto por una élite intelectual que guiara a los hombres de buena voluntad, lo que terminó de desanimar a la opinión más consciente y sincera.

En 1901 s desde el Ateneo madrileño promueve su famosa encuesta sobre Oligarquía y Caciquismo. Una diagnosis aún de gran interés y actualidad porque los grandes problemas españoles de fondo permanecen más de lo que pudiera parecer a simple vista.

Don Miguel de Unamuno contestaría a Don Joaquín: “No tanto leyes cuanto personas, nos hace falta; no ideas sino hombres. Lo semejante engendra a lo semejante; las ideas no hacen más que ideas, sólo los hombres hacen hombres. Lo que ocurre es que el instrumento con que los hombres hacen hombres son las ideas, y que sin hombres no hacen ideas las ideas”

La palabra es el gran ariete contra el caciquismo y el despotismo, como lo es la prensa. Con ella el espíritu público toma conciencia y cuando hay conciencia pública el despotismo se debilita.

Y prosigue el rector de Salamanca: “sólo es menester que se purifique la prensa de su “politicismo”, que hable menos del personaje político tal y cual y de sus idas y venidas y tratas y contratos, sin comentar cualquier vulgaridad que se deje decir el personaje; que se haga más un vehículo de cultura general, que preste oídos a todos los ecos…”

En 1903 Costa se incorporaría la Unión Republicana para combatir a los partidos dinásticos responsables del Desastre del 98. Salió diputado pero al año dimitió.

La España del 2013 también padece otra aguda crisis causada por la incompetencia y corrupción de los partidos dinásticos y del Régimen borbónico. Como en la época de Costa algunos ciudadanos preocupados por las desgracias nacionales buscan el modo pacífico para salir del presente marasmo institucional.  Las nuevas tecnologías de la comunicación ofrecen posibilidades de organización y decisión inéditas entonces, pero se echa en falta la labor patriótica y generosa de grandes intelectuales. ¿Cómo organizarse? ¿Qué pasará?

No hay que perder la esperanza pero tampoco cabe hacerse muchas ilusiones. Otro lúcido rebelde y hombre de bien como Costa, Dionisio Ridruejo, en un ensayo que le costaría la cárcel (“Escrito en España”) durante el franquismo, explicaba que “tomados en su conjunto los españoles viven como espectadores, contemplando de lejos y con poco interés la política que hace sobre ellos un grupo reducido de gestores. El disgusto genérico del país es tan incontestable como su abulia. Un aplazamiento de la solución, o del comienzo de la solución …o de su comienzo…se acepta siempre como una prórroga al deber de ocuparse y preocuparse”. Es decir: Mariano y el PP, junto a los demás partidos dinásticos co-responsables del desastre, en estado puro.

Ridruejo introduce otra idea, la de alcanzar en España también el nivel de los tiempos como acicate de nuestro progreso: idea y pasión, saber y querer, que tratan de introducir nuestros ilustrados y reformistas históricos. Pero, hoy el nivel de los tiempos se ha alcanzado, aunque se encuentre en grave peligro de perderlo, en lo material, aunque no se sabe si tal nivel se ha logrado bien por mérito personal y social propio o bien derivado de la circunstancia de pertenecer geográfica e históricamente al ámbito europeo y occidental.

Aunque, hoy como entonces, las instituciones resultan como cascarones huecos, están como vaciadas, como deshabitadas del espíritu que debería informarlas y hacerlas verdaderamente efectivas y dignas del nombre que llevan.

Y ahora acaso ya tampoco tengamos en activo muchos ilustrados, ni reformistas.

Mientras estas actitudes permanentes no se corrijan y no parece que vayan a hacerlo, es de temer que la condena inapelable de los ciudadanos españoles nobles que en verdad desean cambiar el presente estado de cosas sea una y otra vez el desencanto y la vuelta a empezar.

Fuentes bibliográficas:

Joaquín Costa, el gran desconocido, por G. J. G. Cheyne

Oligarquía y caciquismo, por Joaquín Costa

Escrito en España, por Dionisio Ridrueho

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