Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Sigmoides

Las curvas o funciones sigmoides se dan en la Naturaleza en vez de las curvas exponenciales indefinidas, propias del pensamiento o de los modelos teóricos.

Hay funciones sigmoides en el aprendizaje o en los rendimientos de un proceso. Al principio de la función el crecimiento es muy notable hasta que llega un punto de inflexión en que se ralentiza y convierte en “meseta”.

Las poblaciones también se comportan como funciones sigmoides. En un momento dado, el crecimiento se ralentiza, para hacerse nulo. Las causas pueden ser varias: Enfermedades y pandemias; restricciones energéticas o de recursos en general; aparición de depredadores que diezman las poblaciones. En ecología este sistema de regulación se conoce con el nombre de “homeostasis”.

De ese modo los ecosistemas naturales se regulan. Pero no se puede olvidar tampoco el factor antrópico o humano. Aún con peculiaridades muy notables, por lo singular de su especie, el hombre no puede escapar a estas leyes de la Naturaleza. Esto se suele olvidar, sobre todo cuando se piensa y se actúa como si el hombre fuese únicamente un fenómeno cultural sin tener en cuenta también su condición de criatura sujeta a las leyes de la Naturaleza. Y muy especialmente cuando los sistemas políticos están dominados casi exclusivamente por abogados y economistas que desconocen ú obvian las restricciones que la Naturaleza impone a las civilizaciones.

Un ejemplo notable es el de la caza o la pesca.

La caza se está deteriorando. Las causas son variadas y admiten análisis diferenciados por especies y ecosistemas concretos. Pero existen cuestiones comunes. Una es el cambio en las cadenas tróficas y los recursos ambientales de supervivencia producidos por el deterioro de los sistemas agrarios modernos. Con los avances de la agricultura química y la tiranía burocrática de la PAC, cada vez el medio es más hostil para la mayoría de nuestras especies emblemáticas de caza menor.

Los sistemas se simplifican, apenas hay ya agricultura y la que hay crecientemente está saturada de productos tóxicos. Muchos campos se abandonan, con ellos los setos, y las especies invasoras van ocupando el terreno donde antes la perdiz o la liebre encontraban su protección y alimento.

Pero hay otro aspecto energético. En los ecosistemas naturales existen equilibrios en la cadena trófica o alimentaria entre las diferentes especies en juego. Sobre la productividad primaria vegetal actúan los herbívoros, los depredadores controlan el número de individuos de una especie en el ecosistema. Abundan si hay muchas presas depredables, escasean si éstas faltan. Su población no aumenta cuando la energía que emplean para capturar una presa es mayor que la que la presa le proporciona como dieta. Las armas de fuego supusieron ya una alteración en estas reglas de juego de la naturaleza. Pero ahora además hay que contabilizar el coste energético de los desplazamientos en lujosos “todoterrenos”. Así, el valor energético de una perdiz o de una liebre no compensa de ningún modo el coste energético empleado en su captura.

Roto el equilibrio de regulación natural cuando las piezas resultan más raras aún aumenta más el presupuesto energético de captura. Hasta que no quede nada.

Y algo similar ocurre en la pesca industrial con el esfuerzo pesquero que afecta a la dinámica de poblaciones de peces.

Pero hablando de caza y pesca no podemos olvidar una importante población depredadora de alta ferocidad: los políticos, oligarcas y financieros de la pertinaz Monarquía española.

Hasta ahora las poblaciones de depredadores del Régimen han venido creciendo y arrasando con todo lo que pillaban. Las llamadas autonomías representan una fragmentación del territorio por biotopos más controlables por las especies depredadoras o parasitarias que facilita la devastación hasta extremos insoportables para la estabilidad del ecosistema. La clase media, importante población de herbívoros o convertidores primarios de la cadena trófica está siendo diezmada y depauperada.  Nada escapa a los ojos avizores de la bien cebada águila real, que sobrevuela impasible sobre su esquilmado reino cada vez más yermo y entregado al monte invasor y entrópico. Ni de los linces, lobos, zorros, visones, ginetas, meloncillos, garduñas y demás feroces especies del Régimen.

Impuestos y corrupción se retroalimentan hasta que aparece el punto de inflexión en las sigmoides. Las poblaciones de depredados, sostén de los políticos españoles y sus cómplices ya no da más de sí y comienza a disminuir.  Hambrunas, enfermedades, emigraciones en busca de biótopos menos hostiles, el exceso de parásitos y depredadores ponen su población en riesgo de extinción y con ella la del tinglado segundo y tercer escalones de la cadena trófica española.

Los presupuestos se achican y ya no dan para engordar a tanto político de la Monarquía. A falta de herbívoros y sintetizadores primarios, los depredadores se inquietan y caído el tabú atávico de no depredarse entre ellos, empezarán a comerse unos a otros utilizando todas sus armas e instrumentos, garras, fauces, escribanos, alguaciles, corchetes y golillas de facción.

El viaje sobre la curva sigmoide, tobogán sangriento, aún no ha acabado en el infeliz Reino de España.

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