Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Cofradías orientales

La monja alférez, para otros, monja de las llagas, Sor Patrocinio, siempre tan milagrera, se ufana de haber superado los hitos o mojones del odiado enemigo de su beata cofradía que cantaban los ciegos o aún se pueden leer en añosos pliegos de cordel, por esos mismos caminos de Dios donde el sin par caballero Don Quijote explicaba al sufrido Sancho que están llenos de bandoleros de donde se sigue que debemos estar cerca de Barcelona…

La monja milagrera abre sus hábitos para tentar con las delicias de sus encantos adobados con un pacto fiscal en las capitulaciones secretas de su ofrecido himeneo al no menos virtuoso lugarteniente aunque impropiamente considerado jayán de popa de la cofradía. Que ha pedido tregua para juntarse con ciertos jaques de otra banda o no tan adelantados en el escalafón o con menos suerte. Pero no un bajamanero cualquiera, que ya decía el Guzmán de Alfarache: “quien se precie de ladrón procure serlo con honra, no bajamanero, hurtando de la tienda una cebolla y trompos a los muchachos”. Ni fragute ni menos santiguador de bolsillos, cachuchero, gomarra, alcatifero, desmotador, murcigallero, mulciglero o murcio.

¿Piedad por el descarriado?, ¿solidaridad entre compadres?

No hay que descartar que todo un excelentísimo señor devenga en aguilucho, pero el desocupado lector tendrá su propia opinión y no es cosa de cambiarla a estas alturas.

Sin embargo, sabido el ventor, quedan cosas aún por averiguar: ¿quién fuera el aliviador, azorero, caleta, palanquín?

Pero se abre un abismo para el virtuoso joven ezquerro de talante virginal, espíritu puro y pensamientos elevados. Ante él, como visión de diabólico tentador, se despliega la carrera completa dentro de la cofradía: de jorgolino a trainel, luego a mandil o mandilandín si porta espada. Aquí, el ameno y florido jardín se bifurca: la honesta aspiración a rufezno por un lado. La carrera de ciertas armas de otro. De ahí a espadachín. Luego, previa oportuna iniciación, a jaque. La naturaleza de esa iniciación varía. Se debe probar coraje y desenvoltura para la causa: ¿pelearse con otros matones?, ¿liquidar a un corchete o justicia? Y ya demostrada la valía el jaque puede devenir en jaquetón. O jayán: el que, según Quevedo, es respetado por todos los demás. Tal como cierto descuidero, comendador de bola según otros, que le escolta.

Mas no hay nada que no se pueda resolver con el conveniente desparpajo o santa desvergüenza.

Y al final, o entre medias, el verdadero paraíso patriótico: Suiza.

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