Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Energía y Agricultura

Este texto fue publicado en junio de 2004 por la Revista del COIAG.

“Contra los progresistas y su ingenua fe en un mañana mejor descubrió Carnot el segundo principio de la termodinámica. O acaso fueron los progresistas quienes para consolarnos de ella decidieron hacernos creer que todo será para bien, como si el universo entero caminase hacia una inevitable edad de oro”

                                                                                         (Juan de Mairena, 1936)

 “En agricultura, sólo 1/3000 horas de trabajo humano por unidad de producto se necesitan comparadas con 1840…no respondo de la exactitud de estas cifras. Los tecnócratas de quienes proceden son demagogos y, por tanto, gente sin exactitud, poco escrupulosa y atropellada”

                                                                                     (José Ortega y Gasset, 1939)

Energía y sistemas agrarios

                                                                                                        Don Pascual Carrión, nuestro ilustre compañero, antiguo catedrático de la ETSIA de Madrid, afirmaba en tiempos tumultuosos de nuestra Historia, con ocasión de los intentos republicanos de promover una Reforma Agraria, que “la solución del problema social agrario es fundamental para la vida de los pueblos y especialmente para España”. Muchas cosas han cambiado desde entonces, y aunque lamentablemente del planeta no se ha erradicado aún el hambre, en España ya no existe la antigua y dramática presión sobre la tierra pues la población empleada en la agricultura y residente en el mundo rural ha descendido enormemente, de modo que muchas extensiones de nuestros campos se hallan solitarias, abandonadas, y  los sistemas agrarios se han simplificado, perdiendo gran parte de su complejidad y riqueza ecológica, cuando no desaparecido. Detrás de tan profunda transformación existen muchas causas pero querría centrarme hoy en una de singular importancia como es el papel de la energía en los sistemas agrarios y su influencia en la actividad y la ordenación del territorio.

 El asunto no es nuevo ni en los hechos ni en su tratamiento metodológico o científico y por su gran interés estratégico para la sociedad y para nuestra profesión, hubo una época en que pude dedicar tiempo a estudiarlo con cierto detenimiento. Ya en la Asamblea Nacional de Ingenieros Agrónomos de 1980 escribía una comunicación titulada “Consideraciones acerca del estudio energético de la agricultura española” en la que entre otras muchas cuestiones proponía la conveniencia de promocionar la investigación desde la perspectiva energética, perfeccionar las técnicas más adecuadas y promover el empleo de los análisis energéticos y el desarrollo de proyectos inspirados en estos criterios. Y en la exposición de una ponencia del III Simposium nacional sobre Combustión celebrado en Valencia en 1982 o en el Seminario sobre La agricultura en la ordenación del territorio y el medio ambiente, desarrollado por el IRYDA en 1981, tras las anteriores crisis energéticas, afirmaba que la crisis de la energía implica una cierta crisis también de confianza en instituciones como la llamada ciencia económica. Pues para saber en que fases del proceso productivo resulta posible sustituir petróleo y / o ahorrar energía es preciso conocer cuales son los flujos reales en términos de materia de los sistemas de producción. Hay que emplear unidades físicas, ya no bastan las monetarias y es preciso conocer las leyes de funcionamiento de los procesos de transformación de la materia y de la energía: hay que recurrir  a la Termodinámica, a la Ecología, a la Biología, a la Edafología. Y entonces resulta pues, que el sistema de asignación de recursos agrícolas, ganaderos y forestales basados en criterios simplemente pecuniarios, se muestra insuficiente: hace falta una visión global del problema. Definiendo las limitaciones ecológicas al desarrollo del proceso económico y reencontrándose con el mundo físico. Tarea en la que deberíamos participar con especial dedicación los ingenieros agrónomos si tratamos de recuperar un discurso propio y diferenciado, o al menos, como mal menor, sobrevivir en un cierto “nicho ecológico profesional”.

En este orden de cosas y de los estudios de diferentes sistemas agrarios se deduce que, durante las últimas décadas, la agricultura española ha experimentado un cambio de modelo muy acelerado pasando de lo que pudiera definirse como tradicional, semi-industrial, al común a los países industrializados. El resultado ha sido un incremento del output agrícola financiado por un mayor consumo de energía fósil, y un descenso en los rendimientos energéticos del proceso productivo.

Este descenso se deriva de la sustitución de recursos propios, entre los que también pudiéramos incluir el mismo trabajo, por energía fósil en sus diversas formas: fertilizantes nitrogenados, combustibles para producción y transporte, capital en forma de maquinaria, cuya obtención no hay que olvidar tiene también una importante base energética fósil.

En este conjunto de transformaciones tiene singular importancia el desarrollo de la ganadería intensiva alimentada con productos agrícolas propios del consumo humano como el maíz o la soja. Sus importaciones de varios millones de toneladas anuales deberían formar parte de la partida de importaciones energéticas pues constituyen importantísimas aportaciones de energía al sistema alimentario español. Y un combustible diferente, por cierto, del que usaban las “máquinas vivientes” de nuestra cabaña autóctona, más resistentes y mejor acomodadas al medio natural y capaces de aprovechar mejor los propios recursos pascícolas y la fotosíntesis no subsidiada con energía fósil.

Algunos diagnósticos

  Como resultado de todo este proceso de trasformación cabe afirmar que no podría mantenerse el actual de régimen de proteína animal en la dieta española en el supuesto de régimen de autoabastecimiento. Y de modo mucho más preocupante para la alimentación de la humanidad en el futuro esta cuestión puede generalizarse puesto que el modelo agrario y de consumo alimentario de los países accidentalizados plantea una importante presión sobre los recursos energéticos no renovables a nivel mundial. Estas consideraciones deben tenerse en cuenta muy especialmente ahora que los superpoblados países orientales emergentes están contribuyendo a aumentar la demanda mundial de energía fósil.

Pero hay otros espejismos en los que no se debe caer.

 Uno de ellos es la tentación de aumentar la oferta de energía promoviendo la producción de biomasas. Suele ser un espejismo en muchos casos, puesto que, como hemos apuntado antes, gran número de cultivos de los sistemas agrícolas occidentales tienen rendimientos energéticos casi negativos. Es decir, que su producción requiere inputs energéticos iguales e incluso mayores según los casos, que su valor expresado en unidades energéticas. De modo que la generación de, por ejemplo, de metanol o etanol, salvo en procesos de fermentación de gran especificidad enzima sustrato, o se reemplee energía térmica de cogeneración, suelen ser procesos endotérmicos, consumidores más que generadores de excedentes de energía útil.

 Otro es pensar que flujo de energía que sustenta la agricultura de los países industrializados se gasta sólo en los predios y no también en las ciudades para fabricar abonos, refinar crudo de petróleo, construir maquinaria, lograr mejoras genéticas, o transgénicos ¿pasará con éstos como con el DDT?, obtener productos fitosanitarios, así como alimentar el transporte, la organización social, Administraciones públicas, empresas industriales, servicios en general. Todo ello permite el mantenimiento y la reproducción en el tiempo del sistema agrario, éste a su vez, los del sistema productivo global, al sustentar la de su parte más importante: la gente. 

 La visión economicista neoclásica

  Otro espejismo, conceptual y metodológico, es el olvido de los postulados en que se basa el concepto de riqueza social y del objeto propio de lo económico en los planteamientos de la teoría económica neoclásica, modelo que es el habitualmente estudiado y se emplea en la toma de decisiones.

El llamado sistema económico surge tras la Ilustración como un todo coherente de relaciones lógicas, dotado de una entidad propia de funcionamiento, que se mueve por sus propios automatismos, inspirado matemáticamente en el modelo de la mecánica Newtoniana, mediante criterios de optimización y de completa sustituibilidad de los diferentes recursos.  Frente a los planteamientos de sir Francis Bacon de que “el modo de dominar la Naturaleza es obedeciéndola”, nuestro Jovellanos en su famoso Informe sobre la Ley agraria patrocinaba luchar contra la Naturaleza, vencerla y mejorarla, con el concurso de la protección del interés individual.

Posteriormente León Walras en su gran obra “Elementos de Economía Política Pura o Teoría de la Riqueza Social”, de 1870, define la riqueza social, el ámbito en que se va a mover su sistema mecánico: “yo llamo riqueza social al conjunto de las cosas que son raras y nos son útiles, de una parte, y de otra, no existen más que en cantidad limitada”. Y más adelante explica la naturaleza de las cosas que forman parte de la riqueza social:

“el valor de cambio y la propiedad recaen sobre la riqueza social y toda ella”

“las cosas útiles tienen valor de cambio e intercambiabilidad”

“las cosas útiles limitadas en cantidad son industrialmente productibles o multiplicables”

El mismo Walras lo resume así: “el valor de cambio, la industria y la propiedad son los tres hechos generales de los que toda riqueza social es el teatro”.

 Como resultado de esta breve incursión entre las más importantes fuentes del pensamiento económico establecido, cabe resaltar por su especial interés para nuestra profesión, que los criterios de la economía política neoclásica no deberían seguir siendo los únicos, ni siquiera quizás los más importantes para la asignación y gestión de los recursos naturales. Ni por la realidad objeto de estudio ni por su optimización en unidades monetarias y no físicas.

 Conclusiones

 A modo de conclusión voy a intentar resumir un conjunto de planteamientos o enfoques inspirados en las consideraciones anteriores, en los que los ingenieros agrónomos deberíamos participar no sólo como ciudadanos sino como resultado de nuestra propia reflexión sobre el resultado del buen hacer profesional:

Escasez Frente a los planteamientos subjetivos, la ophelimité  de Pareto o la rareté de Walras, y el criterio de que “la ciencia económica hace abstracción de lo útil en sentido de bueno convirtiéndolo en lo deseable”, nos corresponde el estudio de la escasez como algo objetivo, es decir la escasez real, medible o estimable en unidades físicas, atendiendo a valores vitales obtenidos de los conocimientos de bromatología, ecología, biología, etc.

Valor  Frente al valor de cambio, medido en unidades monetarias es preciso considerar también el valor de uso y por tanto la idoneidad de la cantidad y calidad de los alimentos

Unidades Frente a las unidades monetarias las de materia y energía expresadas en unidades físicas.

Renta Frente a la consideración únicamente como variable flujo la averiguación de hasta que punto esta variable flujo se encuentra derivada de una variable fondo o stock.  A este respecto, es muy importante la protección de nuestro patrimonio natural, y por tanto la introducción de cuentas de patrimonio natural, en que se considere el recurso Tierra, así como sus pérdidas provocadas por la erosión, contaminación o destrucción de ecosistemas naturales. La ley del suelo debería incluir un catálogo de suelo fértil o de suelos de especial protección atendiendo a sus especiales características agronómicas.

Gestión de recursos En vez de basarse sólo en valores monetarios, es decir subjetivos, deberá tener en cuenta también el estudio y conocimiento de los ciclos de materia y energía de los ecosistemas.

Producción Debido a que enmascara la destrucción de facto de recursos no renovables es preciso tratar de de identificar lo que la actual producción supone de destrucción, diferenciando los inputs renovables de los no renovables.

Crecimiento Frente al crecimiento ilimitado que probablemente sea una aspiración cultural que nunca se da en la Naturaleza, la consideración de que en ésta se encuentra limitado por la materia y la energía, de modo que su representación matemática son las curvas sigmoides en vez de las geométrico exponenciales.

Plazo Frente a las consideraciones a corto o muy corto plazo hay que tratar de recuperar una cierta visión histórica de los procesos y de las civilizaciones, de modo que se contemple las consecuencias previsibles de las decisiones en el ámbito de varias generaciones.

Contexto Frente a la concepción de un sistema económico considerado autónomo (mundo cultural, sociológico, cerrado, en el que no se valoran las deseconomías externas, es necesario recuperar una visión antropológica, el mundo de los valores vitales, el hombre situado dentro del medio ambiente, y la consideración de las deseconomías externas al estudiar el sistema en su conjunto.

Concepción Complementando la visión sectorial dominante, la especialización más o menos exacerbada y disjunta del saber, y la concepción antropocéntrica de que “el hombre es la medida de todas las cosas”, gracias a nuestra formación tan variada, casi “renacentista” o enciclopédica en algunos planes de estudio, podemos aportar una visión sistémica, global u holística, en la que “el todo es más que las partes”.

Para terminar una invitación a la genuina reflexión geopolítica. Que tenga en cuenta tanto la evolución de la Gea como de la Idea. Pues el auge y decadencia de las civilizaciones  pasa por la búsqueda de equilibrios abiertos entre la Gea y la Idea.  En un mundo de recursos limitados y cada vez más deteriorados lo único menos finito es el espíritu humano. Así, las consideraciones anteriores no deberían hacernos caer en el pesimismo sobre el futuro, sino, por el contrario, motivarnos a la creación de nuevas ideas fuerza capaces de modificar las relaciones geopolíticas, en el desarrollo de un nuevo ciclo de civilización de acuerdo con nuestros condicionantes naturales, geográficos, culturales y sociales en los que la energía y la agricultura tienen un papel fundamental.

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