Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Sombrío panorama otoñal

Va creciendo la sensación de incertidumbre, indignación y temor por la deriva del Régimen borbónico cuyas instituciones atacan a la supervivencia de la nación en vez de defender al pueblo y promover su bienestar. A la caída otoñal de la hoja se une la de la dignidad y la vergüenza, por no hablar de la soberanía.

Los criterios del Preámbulo de la Constitución, que dicen vigente, resultan hoy un penoso sarcasmo. Una burla para las gentes a la que se atacan sus derechos mientras se ve obligada a pagar impuestos abusivos por servicios penosos o actuaciones oficiales perpetradas contra sus legítimos intereses. La credibilidad del Régimen se encuentra bajo mínimos con la sospecha de que lo que prima es la trampa, el saqueo y el pucherazo protector llegado el caso.

Una Hacienda ferozmente depredadora es la única institución que hoy funciona con eficacia y contundencia, dentro de un Estado autonómico artificialmente engordado, ineficaz y corrupto, cuando no favorecedor de golpistas, traidores y desfalcos.

El reino de España excepto en corrupción, paro, deuda y delincuencia retrocede en los diferentes escalafones internacionales, situación agravada bajo el desastroso reinado de don Felipe.

La constitución es vulnerada y no pasa nada, ni nadie, empezando por el Jefe del Estado, exige responsabilidades. Decenas de miles de muertes de españoles siguen sin explicación. Y tampoco pasa nada.

El oneroso y liberticida gobierno de Su Majestad está saboteando el código penal para apoltronarse con total impunidad en las instituciones monárquicas y sociales. El Parlamento nunca habría tenido un nivel más defectuoso y paupérrimo que en estos momentos. La Judicatura, que algo pudiera intentar hacer en respeto de la legalidad, no se presenta precisamente como heroica. Mal se queja quien se deja.

Habría que remitirse a los periodos más bochornosos de la historia de nuestra patria como las infames capitulaciones de Bayona o el reinado del felón Fernando VII para encontrar parangón con el reinado de don Felipe, al que visto lo visto parece que se le habría asignado el papelón de convertirse en unos de los peores reyes de nuestra historia conocida y el encargado de echar el telón definitivo.

En España y en buena parte de Occidente una minoría promueve y apoya activamente la dominación globalista liberticida, una mayoría la acepta pasivamente o se aprovecha. Y una pequeña minoría se opone de verdad a ella.

Un grupo relativamente reducido, los políticos, periodistas, profesionales, enmucetados, al servicio de la plutocracia financiera internacional dicen lo que sea necesario para organizar mohatras y tenderetes falsos y mantener el favor y la impunidad del tinglado. Un grupo un poco mayor de especuladores obtienen beneficios extras gracias a esas mohatras incluida la verde o la energética aunque sea arruinando la economía real clásica, la que satisface verdaderas necesidades sociales. Ambos son la red principal del sistema y copan sus instituciones.

El grupo más grande, las masas ignorantes o cobardes, hacen lo de siempre: nada, votar lo que se les ordena o aplaudir acríticamente al poderoso de turno.

Solo un grupo reducido y consciente, unas pocas almas valientes, intentan hacer algo a favor del bien común y constituyen la resistencia marginal y marginada. Ahora bien, debido a la singular naturaleza de la amenaza actual, no todos tienen suficientes instrumentos intelectuales o ideológicos para comprenderla en toda su dimensión.

Este pequeño grupo hasta ahora no ha obtenido apenas cabida dentro del Régimen quizás por incapacidad organizativa o quizás porque resulta imposible que la tengan. Sí. Es de lo más desolador el que no se vislumbre salida dentro del sistema.

La llamada oposición resulta casi tan mala como el gobierno. Puede que peor si se tiene en cuenta el cinismo y la hipocresía. El partido de la presunta oposición se muestra como una continuación del liberticida ocupante de la Moncloa. No hay más que ver lo que está perpetrando el PP de la mayoría absoluta en la taifa andaluza. Globalismo suicida, Agenda 2030, vacunas incluso a niños y así todo.

Cada vez resulta más patente entre los que aún no le conocían bien que la entronización de Feijoo como jefe de la presunta oposición resulta un fiasco. En parte por poner el carro antes que los bueyes. Si de verdad quisiera ser útil a España, el PP debiera intentar comprender lo que pasa aquí y en el mundo para obrar en consecuencia. Si prefiere el globalismo al patriotismo explicar las razones. Definir los “qué”, “para qué”, “por qué”, “cómo”, “cuándo” y “dónde” que se precisan pero se limita a cambiar el “quién”, de uno malo a otro peor. No es lo mismo torear de salón con público complaciente en una capea gallega con toritos afeitados que debutar nada menos que en Las Ventas.

Los minoritarios que pretendían corregir el desastroso bipartidismo se encuentran en regresión sino en trance de desaparición. Ignoro si la razón es la que decía Séneca: “Quien no sabe dónde va nunca encuentra viento favorable”. O es que simplemente no son sino otras caretas del partido y pensamiento únicos, de modo que su concurso ya no es menester siendo la traición pasada. En todo caso, demasiado arroz para tan poco pollo.

Pero no cabe eludir nuestra propia responsabilidad como ciudadanos en lo que pasa. Los regímenes políticos pueden caer y renovarse como las hojas en los bosques caducifolios, pero lo importante es que estamos asistiendo a la muerte del espíritu y de nuestra civilización. A la muerte del árbol. Y si grave es el propio hecho en sí, aún es peor que dicha muerte parece dejarnos sumidos en la mayor indiferencia, salvo en ese antes comentado pequeño grupo de resistentes.

De modo que si se mantiene este panorama no cabe esperar mucha corrección de rumbo en unas futuras votaciones. Probablemente, es de temer que no haga falta ni hacer trampas para mantenerse en la poltrona avasallando y destruyendo la nación.

 

 

 

 

 

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