Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Tarot. Arcano 9 El Ermitaño

En la serie El Tarot se trata de asociar algún aspecto de interés o actualidad a los correspondientes arcanos mayores del tarot, entendidos como arquetipos relacionados con la realidad mediante el llamado principio de sincronicidad.

9 tarot El Ermitaño

El Ermitaño es el arcano número 9 del tarot. Representa una forma particular de entender lo numinoso.  Tanto en Oriente como en Occidente durante la etapa medieval se entendía que la espiritualidad y la actividad social resultaban incompatibles. En el tarot de Mantegna el ermitaño no aparece entre los diez arcanos representantes de roles u oficios de la escala social.

Se establecían centros espirituales que estaban habitados por gentes que huían de la sociedad en busca de una mayor perfección. Se refugiaban en lugares recónditos, escondidos en bosques, montañas, parajes solitarios o en pequeños monasterios apartados en busca de soledad o condiciones vibratorias adecuadas. La austera, sencilla, serenidad y belleza de los templos primitivos al servicio del alma, reflejo de la pureza y austeridad espiritual, de ese resplandor de la verdad que decía Platón se ve alterada, en mi opinión para mal, cuando la Institución hace ostentación de su poder al servicio de los ritos y cultos externos.

En España tenemos múltiples y antiguos ejemplos. Así: La Tebaida berciana, San Pedro de Rocas, San Baudelio de Berlanga, Santo Toribio de Liébana, San Pedro de Arlanza, San Juan de la Peña, El Suso de san Millán, Santa Lucía del Trampal, el Palancar…

Las referencias a montañas o grutas como lugares de ermitaños pueden entenderse como alusiones esotéricas a la glándula pineal, que también están presentes en el simbolismo de las catedrales góticas en forma de piña, habitualmente en claves de bóvedas.

El recuerdo, dicho sea sin segundas, de la caverna de Platón también cabe traerlo al caso.

Pero el ermitaño no siempre podía escapar de sus propios pensamientos mundanos. Boccaccio lo explica en clave de ironía con uno de sus apólogos en el que narra como “Alibec aprendió a meter el diablo en el infierno”. O en la no menos divertida peripecia del jardinero y falso mudo Massetto que se las ingenió para satisfacer a las nueve monjas de un convento. A esta querencia parece referirse el arcano del tarot de Marsella en el que aparece un pliegue de su capa que recuerda el pubis femenino. “

Don Quijote también tiene su etapa de preparación para sus aventuras caballerescas en su retiro ermitaño de Sierra Morena. Pero, probablemente, sea un error pensar que sólo se puede desarrollar la espiritualidad en lugares apartados. Donde el ambiente y la agitación exterior no distraen del universo personal interior. Esta tendencia entra en tensión con las necesidades del Poder temporal. Ocurre de un modo u otro con la evolución histórica de todas las grandes religiones.

En efecto, es curioso lo que ocurre con nuestros grandes místicos. En el tarot el arcano del Ermitaño se relaciona con el arcano la Estrella.  La peripecia de Teresa de Ávila hubiera sido abortada por la Iglesia sin la defensa de un ermitaño prestigioso como San Pedro de Alcántara, a la que visitaba tanto en modo corpóreo como en cuerpo glorioso o astral. La santa de Ávila cuenta varias veces en su famosa autobiografía, texto que tantos problemas atraería sobre sí, como su santo protector extremeño se le aparecía en cuerpo astral, fantasmático o glorioso como lo llamaba san Pablo: “Hele visto muchas veces con grandísima gloria. Díjome la primera que me apareció, que bienaventurada penitencia que tanto premio había merecido, y otras muchas cosas. Un año antes que muriese, me pareció estando ausente, y supe que había de morir, y se lo avisé, estando algunas leguas de aquí. Cuando expiró, me apareció y dijo que se iba a descansar. Yo no le creí, y díjelo a algunas personas, y desde a ocho días vino la nueva como era muerto, o comenzando a vivir para siempre, por mejor decir…”  Ya yo le había visto otras dos veces después que murió y la gran gloria que tenía, y así no me hizo temor, antes me holgué mucho: porque siempre aparecía como cuerpo glorificado, dábamela muy grande verle…” 

Pero, ¿Cómo era la tal bienaventurada penitencia como ermitaño? También nos lo cuenta Teresa: “Paréceme fueron cuarenta años los que me dijo había dormido sola hora y media entre noche y día, y que este era el mayor trabajo de penitencia que había tenido en los principios de vencer el sueño, y para esto estaba siempre de rodillas o en pie. Lo que dormía era sentado, y la cabeza arrimada a un maderillo que tenía hincado en la pared. Echado, aunque quisiera, no podía, porque su celda, como se sabe, no era más larga de cuatro píes y medio.” La diminuta celda del santo que “tenía muy lindo entendimiento” aún puede verse en el monasterio de El Palancar, en Cáceres.

La etapa de ascesis da lugar a la mística y ésta a una ingente e incansable labor como «caballeros andantes a lo divino».

No sólo en la Literatura podemos encontrar ideas para mejor comprender el problema. Creo que el Parsifal wagneriano, íntimamente relacionado con la filosofía de Schopenhauer y con el budismo nos ofrecen ideas filosóficas y estéticas que  también nos pueden ayudar a comprender algo mejor esta importante problemática del ermitaño y lo numinoso.

En el Ateneo de Madrid, Manuel Abril intentaba desentrañar las aparentes contradicciones o sin sentidos del Parsifal wagneriano que tanto desconciertan a los aficionados y estudiosos o indignaban a Nietzsche. Y para ello compara personajes, objetos o la propia trama dramática de la ópera con las ideas de Schopenhauer expresadas en  El Mundo como Voluntad y como Representación en la convicción de que tal es la forma correcta de entender esta obra de Wagner.

En resumen, para Schopenhauer existen dos aspectos o regiones filosóficas fundamentales: la de la Cosa en Sí o Nóumeno, de carácter incognoscible para la criatura y la del Fenómeno en la que esta se mueve.

Que la primera es la de la Libertad. La segunda la de la sujeción o contingencia.

Que la Voluntad es para Schopenhauer la Cosa en Sí, y por tanto, libre. Sin embargo, en cuanto fenómeno, está sufriendo esclavitud.

Que de este conflicto o contradicción entre la Voluntad en sí y su manifestación, nace el sufrimiento, que constituye la esencia del fenómeno. De la individuación.

Que ningún ser es libre en la naturaleza pero el hombre puede superar tal condición atendiendo a ciertos atributos o facultades de carácter (voluntad) e inteligencia (pensamiento).

Que en este hombre tal puede producirse la liberación.

Resulta obvia la similitud de fondo de los planteamientos de Schopenhauer con las ideas originales de Buda.

De este modo, en el Parsifal wagneriano, Amfortas simbolizaría el sufrimiento. Kundry, la voluntad de vivir. Klingsor, el fenómeno, es el que esclavizó a la voluntad libre, y la tiene sujeta como fenómeno. La lanza, la Voluntad esclavizada por el fenómeno. El grial el mundo de la Cosa en sí. Por último, Parsifal, representa el triunfo de la renunciación sobre el deseo.

Cuando desfallecemos Kundry, es decir, la voluntad de vivir, acude en nuestra ayuda y nos ofrece sus remedios que son ineficaces, porque el dolor de la vida permanece. Cuando en un hombre aparece el deseo de libertarse, la voluntad de vivir se ve en peligro y entonces se agita para volver a seducirlo. La lanza es símbolo de la voluntad esclavizada. La voluntad de vivir, que es consecuencia de la esclavitud de la voluntad, se encuentra allí donde esté la lanza, aunque ella por sí misma no la puede rescatar nunca. Sin embargo, Kundry puede librarse del dominio de Klingsor cuando el hombre sea capaz de renunciar a las tentaciones de la vida, a la  voluntad de vivir. Es decir, cuando se escape del fenómeno ¿Es este el deseo del ermitaño que nos ilustra el arcano 9 del tarot?

Parsifal recupera la lanza, la voluntad esclavizada, cuando renuncia a la voluntad de vivir. Y al devolver la lanza al mundo del noúmeno o de la cosa en sí, es decir al templo del grial, recupera la libertad de la voluntad apresada en el fenómeno. Parsifal no muere como Kundry porque la liberación no consiste en la muerte sino en superar el deseo de vivir.

Vemos, pues, que no sólo existe la interpretación ortodoxa cristiana relativa al pecado que resulta la más aparente o conocida por nosotros. También la de una especie de ataraxia estoica al modo senequista.

Pero, en términos filosóficos tanto schopenhaurianos como budistas la cuestión que plantea y resuelve a su modo Parsifal posee un alcance epistemológico y cosmológico. Insisto. Wagner siguiendo en esta ópera las ideas filosóficas de Schopenhauer identificaría a Kundry con la Voluntad de vivir. Es decir, con la tentación de la vida, opuesta en cuanto que permanencia en el Fenómeno al mundo de la Voluntad o de la cosa en sí. Desde el punto de vista metafísico Kundry está presa del mal, simbolizado aquí por Klingsor, es decir, de lo manifestado que es la causa del sufrimiento y del dolor. En la famosa escena del segundo acto con Parsifal, Kundry  trata de disimular su intento de seducción mediante el recurso a una cierta modalidad de compasión que turbaría la claridad mental de Parsifal y debilitaría su voluntad.

Nietzsche defiende a la líbido como fuerza primordial que se manifiesta en el papel de Kundry como intento de realización sexual, de lo dionisíaco en lo personal y voluntad de vivir en lo arquetípico filosófico. Acusa a Wagner de ser “un decadente desesperado que se prosternó bruscamente desvalido y quebrantado ante la cruz cristiana”.

Pero, entonces, ¿Cuál debiera ser la postura más razonable de la evolución espiritual?

El ascetismo puede convertir a los hombres en fanáticos y desequilibrados y puede terminar dando lugar a una peligrosa impostura o hipocresía.  Conviene buscar un término de equilibrio porque no haría falta retirarse a las soledades o a un monasterio para buscar la paz interior y controlar la mente.

El ascetismo extremo como el San Pedro de Alcántara en El Palancar puede promover la santidad como en este caso, pero también peligrosas situaciones para quienes no pueden asumirlo. Paradójicamente, quienes mantuvieron un gran ascetismo asociado a la estrella interior como Teresa o Juan serían perseguidos  por otros supuestos ascetas.

Otro Juan, Valera, el autor de Morsamor que narra la historia de un fraile aventurero, contestó a Menéndez y Pelayo en la Real Academia que

el misticismo tiene siempre inconvenientes y peligros grandísimos, y en España los tuvo mayores,… los medios de llegar por él a la perfección son la voluntad y la inteligencia; pero la inteligencia no va lentamente analizando, deduciendo, raciocinando, sino que arrebatada por el amor, se remonta a la intuición de un vuelo y alcanza o cree alcanzar la verdad en el éxtasis y en el rapto… de aquí el abandono de la observación paciente de los fenómenos, la inacción del natural discurso en la tarea de averiguar las causas, la calificación del pensar de funesta manía…”

Sea como sea, en el tarot de Visconti el Ermitaño aparece con un extraño sombrero doble que recuerda vagamente una mitra y en la mano derecha lleva un reloj de arena, para medir el tiempo, acaso por reminiscencias de los Triunfos de Petrarca y en la izquierda  una vara o bastón. En cambio, en el tarot de Marsella, el reloj se ha sustituido por un farol o lámpara, y la cabeza se muestra descubierta. En el mazo de Waite la figura aparece de modo similar al marsellés, aunque la luz del farol que sugiere la silueta de una estrella ilumina el exterior. Una realidad propia o característica de nuestros más grandes místicos. En los tres tarots las figuras se muestran algo encorvadas, como por el paso del tiempo o el peso de las experiencias y privaciones.

Experiencias que pueden generar o no la luz irradiante. De algún modo, pues, este arcano de El Ermitaño se encuentra relacionado con el de La Estrella.

 

 

 

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