Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Sobre el nuevo naufragio de Ulises

La publicación en 1922 del Ulises joyceano supuso toda una ruptura del escritor irlandés, tanto con su propio mundo de origen cuanto con el uso tradicional del lenguaje.

Un lenguaje que participa a la vez del simbolismo tomado de la epopeya de Homero y del naturalismo de un Dublín pequeño burgués, vulgar, cotidiano. Un lenguaje singular y variado que iniciado ya en el capítulo tercero con el título de Proteo adquiere en el final, llamado irónicamente Penélope, como una especie de vida propia desordenada en el famoso monólogo interior de Molly, la esposa infiel del protagonista principal de la novela, Leopold Bloom.

El Ulises es la obra de Dublín por antonomasia, escrita por un descreído ex alumno de los jesuitas, irlandés errante en busca de un mundo algo menos inhóspito que acaso sólo se hallaba en su pensamiento. Constituyó un escándalo para su época y tuvo muchas dificultades para verse publicada. Pero más allá del tema y de su tratamiento escabroso, la singular novela de Joyce nos invita a tomar conciencia del alcance que tiene para nosotros el lenguaje.

Hoy, cuando ya hace un siglo de la publicación del Ulises de Joyce no debiéramos dejar de reflexionar sobre el estado actual de nuestra consciencia y su vehículo: el lenguaje. Una cuestión de extraordinaria necesidad no obstante el tiempo transcurrido después del vagabundeo de Leopold Bloom sobre las calles de Dublín el 16 de junio de 1904. Una aventura vulgar, odisea de nuestros tiempos sin héroes, de gentes mediocres acomodadas a vidas mediocres, que nos muestra mucho, acaso demasiado para resultar grato, sobre el papel que representa el lenguaje en la construcción, desenvolvimiento y permanencia de nuestra propia identidad. Y es que el pensamiento, como la famosa paloma kantiana en el aire, se sustenta en el lenguaje.

Si esto es así, bien lo saben los enemigos de la gente. Estamos asistiendo a un naufragio provocado por un terrible sabotaje bajo la línea de flotación del lenguaje. Tanto el lenguaje codificado como el simbólico están siendo atacados por fuerzas satánicas demoledoras.

Dentro del proceso de descodificación del arte y de los grandes mitos realizado o mejor perpetrado durante el pasado siglo XX el Ulises de Joyce juega un rol capital en la Literatura.

Sin embargo, en uno de sus textos inéditos aparecidos en la biblioteca de la Universidad de Padua y publicados allá por el año 1976 en la Revista de Occidente, el propio Joyce teorizaba sobre la influencia del Renacimiento en la aparente atrofia de las facultades espirituales del hombre como la que parece manifestar el Ulises con sus íntimos circunloquios, con esa palabra interior que brota no siempre de la cristalina fuente de la que nos hablaba Juan de Yepes.

Dice Joyce: …”el tan alabado progreso de este siglo consiste en gran parte en una maraña de máquinas cuya finalidad es justamente recoger a prisa y corriendo los elementos dispersos de lo útil y lo conocible y redistribuirlos a todo miembro de la comunidad que esté en condiciones de pagar una tenue tasa. Admito que este sistema social puede presumir de grandes conquistas mecánicas, de grandes y benéficos descubrimientos. Basta, para convencerse de ello, con hacer una sumaria lista de todo lo que se ve en la calle de una gran ciudad moderna…pero en medio de esta civilización compleja y multifacético, la mente humana, casi aterrorizada por la grandeza material, se pierde, reniega de sí misma, se reblandece. ¿O habrá que llegar a la conclusión de que el materialismo actual, que desciende en línea recta del Renacimiento, atrofia las facultades espirituales del hombre, impide su desarrollo, embota su finura?…

… Del hombre moderno se podrá decir, desde luego, que tiene una epidermis en lugar de alma. La potencia sensorial de su organismo se ha desarrollado enormemente, pero se ha desarrollado en detrimento de su facultad espiritual. Carecemos de fuerza moral y quizás también de fuerza imaginativa”.

Y la cosa pinta ahora mucho peor que cuando Joyce realizaba estas reflexiones. ¿Qué diría hoy Joyce de las nuevas modernidades tales como internet o el teléfono móvil? El hombre actual parece que se ha convertido en un periférico o dispositivo informático del sistema. Hoy busca cobertura o un wifi disponible donde engancharse como antes trataba de entender la realidad de las cosas y de su propia identidad, su razón de ser, que no es un mero estar y consumir, vengan días y vengan ollas. De algún modo su consciencia se ha externalizado con periféricos. Muchas de las funciones tradicionales de nuestra mente, incluida la memoria se están atrofiando o directamente se ignoran al confiarse a dispositivos cuyo rol está derivando de auxiliares a esclavizantes.  La palabra interior que brotaba en la consciencia de Leopold Bloom está siendo sustituida por la acción de una “app” de moda.

Aún peor. Una de las pretendidas conquistas de los nuevos satanistas judíos es la generalizar los golem, la inteligencia artificial, degradando al hombre y a lo humano a un juego o negocio de máquinas dedicadas a la producción y al mantenimiento de la tiranía.

Si a Joyce, en su etapa colegial como educando de los jesuitas, le decían que Dios conoce lo más íntimo de nuestros pensamientos, la cosa parece haber cambiado con las nuevas modernidades. Ahora gracias a los nuevos trastos electrónicos nos espían gentes e instituciones cuya existencia barruntamos más que conocemos.  La tiranía total es posible.

Y la propia palabra interior, más o menos elaborada por nuestros conocimientos, se está degradando en una fea jerga de abreviaturas y anglicismos. Un Finnegans Wake cada vez más absurdo, incongruente, antesala del embrutecimiento y la pesadilla de una nueva esclavitud.

En los viejos mitos el héroe daba cuenta de la vida, recreaba la Creación, intentaba someter la Naturaleza y la Sociedad en función de determinados valores metafísicos o estéticos. Decía nuestro gran Cervantes que la pluma era la lengua del alma. El teclado del móvil parece la del autómata, la del desalmado.

Si hoy dejásemos de lado tanto chisme prodigioso quizás podríamos comprender nuestro propio naufragio. Como la fuerza de una tecnología impuesta por intereses comerciales pero ya fuera de nuestro control personal nos está arrojando a una playa solitaria, sin cobertura, donde ni siquiera tenemos ya una amorosa y dulce Nausicaa que nos recoja y consuele.

Una Europa otra vez en guerra

Ahora, con la crisis de Ucrania con la que un Occidente degradado en manos de la plutocracia más encanallada de la Historia pretende dar el golpe de gracia a nuestra civilización. Entonces, lo que fuera un asesinato de dos miembros de la familia imperial en Sarajevo se convertiría en una terrible masacre que ensangrentara a Europa con millones de víctimas sacrificadas a unos poderes en conflicto, y a la voracidad de unas invisibles potestades del aire que diría san Pablo. Nuestro Vicente Blasco Ibáñez cuenta en su obra monumental sobre la Primera Guerra Mundial las idas y venidas de diplomáticos y políticos de una y otra potencia a una u otra embajada para tratar de evitar in extremis el conflicto que al final estallaría probablemente por la cerrazón de Guillermo II. Cuando un siglo después se observan las fotografías de la época el lector sensible no puede menos de quedar impresionado por las sonrisas inconscientes de los inexpertos hombres víctimas de la propaganda y de los falsos discursos que les iban a llevar al más absurdo y cruel matadero en las trincheras. Pero la memoria histórica la manipulan los poderes dominantes de acuerdo a sus intereses. Y son otras generaciones víctimas de su renovada ignorancia las que van a sufrir a mayor gloria de los mismos intereses ocultos.

Ajeno en lo posible al desastre bélico, Joyce refugiado en Suiza, huye del conflicto y se dedica a escribir el Ulises, sobreviviendo como buenamente puede, y haciendo eco a lo que se ha venido en llamar corriente de conciencia, una palabra interior que a la vez limita y posibilita el pensamiento. Dada por finalizada la matanza Joyce vuelve a Trieste, ahora ciudad italiana, donde sigue dando vueltas al manuscrito.  Que no da por acabado hasta tres años después. Por fin, ya en 1922, consigue sea publicado.

Pero el Ulises es considerado un libro obsceno para el tartufo y pudibundo lector y entonces provoca un gran escándalo en la hipócrita cultura anglosajona sobre todo en lo que se refiere a su moralismo puritano. No tanto en la más liberal de orden católico, acostumbrada por tradición a tener más manga ancha con ciertos hechos, resultado de la auténtica condición humana. Una condición más liberal, de comprensión y tolerancia, hoy amenazada por cierto gracias la nefasta hegemónica influencia sionista y anglosajona. Aunque ahora sea distinto en lo referente a temas sexuales dado el proceso de embrutecimiento animal programado propio de la posmodernidad con toda su corte siniestra de falsas víctimas empoderadas, lumpen y especímenes tenebrosos.

Algunos críticos consideran que el Ulises refleja la formación jesuítica colegial de Joyce, y viene a ser un remedo parcial paródico de los ejercicios espirituales ignacianos. Hoy probablemente sea uno, como El Quijote o el Fausto, de esos libros famosos más citados que leídos. Pero no podemos por menos de admirar lo que parece su mayor logro, la perspectiva del lenguaje como consustancial al hombre. Un discurso que fluye como buena puede. A veces a trompicones, con manifestaciones no domadas por la cultura de la líbido. Pero siempre con una espontaneidad de lo individual, hoy gravemente amenazada por la dominante neolingua orwelliana marcada a fuego de lo correcto. Una dictadura terrible que elimina sinónimos y palabras que son reflejo de la libertad personal, del individuo… una tala consciente perpetrada con las peores intenciones.

Neolingua y flujo verbal

Donde no hay sinónimos no hay libertad… ¡ni disidentes! Porque también se está perpetrando una tala de aquellos que el Poder considera rebeldes, o inasimilables. Donde la censura es férrea o se tergiversan los significados tampoco se puede promover la Cultura ni la dignidad humana expresada en el lenguaje.

De las trescientas mil palabras con las que cuenta el español apenas se usan un par de decenas de miles por las personas más cultas. Las generaciones más jóvenes ignoran la mayoría. Pasma su pobreza de léxico que perjudica su comprensión de la realidad.  Una pena. Opongámonos a esta feroz tala de cerezos en nuestro jardín. Defendamos la libertad de conciencia y expresión. El doctor Freud aprendió español siendo modesto estudiante en Viena para poder entender mejor El Quijote, y con él, el conocimiento del alma humana. Hoy el español es perseguido con saña por gentes miserables, fanáticas e ignorantes en muchas regiones de nuestra patria. El inglés, lengua de los piratas como explican en el Golfo de Méjico, se ha convertido en la pretendida lengua culta alternativa de próceres, mercenarios y garrapatas presupuestarias.

El monólogo de Molly Bloom a la espera de su amante puede resultar obsceno pero es como es. Pero las palabras que son un instrumento, a veces también pueden resultar fuegos fatuos.  Pero como decíamos antes la elaboración del Ulises es contemporánea de la Gran Guerra. con todo lo que ella supuso de amenaza para la Humanidad y de amarga comprensión de hasta qué puntos puede llegar la estupidez y brutalidad humanas. Una época preocupante en la que también André Breton estudia los planteamientos del doctor Freud en un intento de comprender mejor la naturaleza humana y el sentido último del Arte.

En 1920, Riviere explicaba que al liberar a las palabras de las referencias colectivas, al restituirles su fuerza de invención, (Breton) las instauraba en dueñas del campo de la conciencia.

Dos años después de la azarosa publicación del Ulises, ya en 1924, Breton sacaba a la luz su Manifiesto surrealista. Definía el surrealismo como “un automatismo psíquico puro, por el que se intenta expresar el funcionamiento real del pensamiento. Un dictado de éste sin la intervención reguladora de la razón y ajeno a cualquier preocupación de carácter estético o moral”.

Es decir, una operación sobre el lenguaje. Y sobre lo que se encuentra al otro lado de él. Y aquí creo que aparece nuevamente la mística, porque al cabo, el misticismo viene a ser un intento de solución poética de los problemas filosóficos fundamentales.

Una aventura, por cierto, a la que España no es ajena. Nuestros grandes místicos fueron también redescubridores a su manera de continentes desconocidos. Así, Juan de Yepes, Teresa Cepeda, Ibn Gabirol, Ibn Arabí, o Moisés de León, desde su experiencia traducida al lenguaje poético o a la Cábala, a las relaciones más profundas entre Lenguaje y Espíritu.

El intento de superar lo que proponía Wittgenstein para concluir su famoso Tractatus: “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”. La tensión entre lo que puede decirse y lo que puede mostrarse porque el límite del mundo fenomenal que no es accesible no puede traspasar el lenguaje, porque tampoco podemos pensar fuera del pensamiento.

Sin embargo, fuera del pensamiento, cuando la mente se para, nos queda la Voluntad. En El Mundo como Voluntad y representación Schopenhauer demuestra ser uno de los últimos grandes filósofos de la Voluntad, de la búsqueda de la Cosa en Sí, que se encuentra en la Tradición hermética, el neoplatonismo o la Cábala.

No es exageración tal referencia a la Tradición iniciática. Breton llegará a decir en su segundo Manifiesto que: “El verbo no es para los cabalistas nada menos que aquello a semejanza de lo cual ha sido creada el alma humana. Se sabe que se la hace remontar hasta ser el primer ejemplar de la causa de las causas”.

Al final, una forma de regresar del exilio. Así, también nos explica en ese mismo Segundo manifiesto surrealista: “Todo conduce a la creencia de que existe un cierto punto del espíritu, desde el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser percibidos contradictoriamente. Ahora bien sería vano buscar en la actividad surrealista otro móvil que no fuera la esperanza de determinación de ese punto”. 

O bien, en otras palabras de uso más habitual en la Tradición, la búsqueda del Uno desde la Dualidad. Y, viceversa, la manifestación del Uno mediante símbolos poéticos para tratar de superar la contingencia de un lenguaje dual, codificado, torpe y balbuciente para expresar ciertas ideas y emociones. Una dualidad que a veces nos atrapa impidiendo el vuelo.

El problema de la Palabra perdida

Pero, a diferencia del héroe homérico, ¿Por qué fracasa Leopold Bloom? El fracaso de él, ¿También es el nuestro de hoy?

Creo que es en esta cuestión, en el ejercicio de la Voluntad o mejor en su falta, donde podemos encontrar una explicación a las azarosas vicisitudes del errático Bloom por un Dublín mágico y real a la vez. Y también a nuestra presente crisis de civilización. La falta de reflexión, el atolondramiento, las nuevas tecnologías de la comunicación, nos confunden acerca de la alta peligrosidad que tienen para nosotros las palabras engañosas, orwellianas, que se emplean premeditadamente para encubrir su verdadero significado. Apenas es ya nada lo que parece en el mundo de la vacuidad dominante.

¿Qué es Itaca? ¿Dónde está Itaca? Acaso sea un producto de la mente, una mera construcción equívoca del lenguaje. Pero, al cabo, es en la falta de Voluntad para intentar realizar el mundo de los valores metafísicos que se supone debieran inspirar nuestra civilización donde fracasamos. Para algunos Itaca no existe, es una quimera. Pero otros más, quieren creer, confundiendo las palabras o para auto consolarse, que pese a todo Itaca es donde ya vivimos.  Presos de un mundo de representación ajeno a la Voluntad, o el de la Cosa en sí.

Un mundo, que como la tramoya de un escenario teatral, o engullido por la tempestad, está desapareciendo ante nosotros sin que apenas sepamos explicarlo ni podamos agarrarnos a ninguna palabra salvadora como un madero en el naufragio.

 

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