Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

«Sine agricultura nihil», o eso decían

«Sine agricultura, nihil» es el lema de los Ingenieros Agrónomos y sigue siendo una gran verdad aunque Bill Gates y demás plutócratas sin corazón ni humanidad intenten destruirla con sus desvaríos criminales.

Ayer se produjo una gran manifestación en Madrid contra la política perpetrada por el infame gobierno de Su Majestad. Nos congratulamos de su éxito aunque desgraciadamente dudamos que el Régimen vaya a rectificar porque carece de suficiente soberanía ni general, ni alimentaria.

En España estamos sufriendo varios procesos conjuntos que han devenido en la actual crisis de abastecimientos, despoblación rural y pérdida de biodiversidad de los sistemas agrarios. Aunque en este caso la causa inmediata o directa sea la movilización del transporte contra la ruina a la que les condena el gobierno de Su Majestad. Hubo una época no tan lejana en la que la seguridad de abastecimientos en la alimentación se consideraba cuestión geoestratégica de seguridad nacional, de modo que las entidades públicas intentaban regular mercados y sobre todo evitar posibles hambrunas o crisis de subsistencias.  Cosas de la malvada dictadura dicen los progres cómplices de la nueva tiranía.

No está de más un sucinto repaso histórico por esquemático que sea que permita comprender mejor la problemática de la moderna agricultura industrializada consumidora de input cuyos mercados no controla al estar en manos de monopolios internacionales o de mercados como la energía fósil. Causa última por la que el sector ha pasado de fuente y refugio de ahorro a acumular deudas casi insostenibles. Porque hay que tratar de distinguir la responsabilidad del presente devastador gobierno de Su Majestad, que es mucha por estar al servicio del enemigo, de los que son variables o cuestiones permanentes de la actual forma de producción agraria y su sistema logístico y de industria agroalimentaria asociado.  Cuestiones que se deben comprender para poder informar una Política agraria que atienda los legítimos intereses de agricultores, ganaderos y consumidores así como la conservación de los sistemas agrarios y ecosistemas.

En la posguerra española el conocimiento práctico de los recursos agrarios y de su gestión era muy elevado y trataba de enfrentar las condiciones de penuria existentes. Las antiguas publicaciones del Ministerio de Agricultura, incluidas las de divulgación y extensión agraria eran muy buenas desde el punto de vista del conocimiento de la realidad agraria y forestal. Sobre todo durante los primeros años, saqueado por los socialistas el oro del Banco de España y cuanto valiese para su pillaje, sin apenas divisas, y sin ayudas exteriores como las que recibieron la mayoría de los países europeos, salvo alguna de la Argentina peronista, la autarquía obligaba a gestionar lo mejor posible lo poco de lo que se disponía.

Sostenibilidad

Para lograr auténtica sostenibilidad se trataba de distinguir lo que puede considerarse renta de lo que sería capital natural. Se conocía el medio al menos en su aspecto cualitativo porque a nivel estadístico existían notables lagunas. Especialmente desde que las magnitudes en términos reales van siendo progresivamente sustituidas por otras expresadas en términos monetarios, lo que dificulta el análisis y comparaciones en términos de biodiversidad, especies implicadas, o flujos de materia y energía de los diferentes sistemas agrarios.

Con posterioridad, cuando ya los sistemas tradicionales se habían desestabilizados por la emigración, o la creciente incursión de la agroindustria hubo un grupo de estudiosos españoles, como José Manuel Naredo, Pablo Campos, o Javier López Linage, con los que en otro tiempo tuve el honor de colaborar como ingeniero agrónomo. Eran investigadores preocupados por el conocimiento, mejora y en algunos casos rehabilitación de los sistemas agrarios tradicionales, incluyendo en este concepto una visión integrada  de diferentes aspectos de la vida rural tradicional como la vivienda, los aperos o los objetos útiles. Levantaron acta de un mundo perdido, en el que prevalecía el valor de uso sobre el valor de cambio, la escasez objetiva sobre la subjetiva, el ciclo cerrado y el largo plazo, y en que mal que bien, la gente a base de ingenio, conocimiento diferenciado de su universo y mucho esfuerzo, se apañaba para sobrevivir sin el uso intensivo de energía fósil.

Hace no tantos años se consideraba que la solución del problema social agrario era fundamental para la vida de los pueblos y especialmente para España. Durante la Segunda República este era uno de los problemas sociales fundamentales y muchos achacan al fracaso de la Reforma Agraria el posterior del propio del régimen republicano. Una Reforma instrumentada técnicamente entonces por el catedrático Pascual Carrión que resultaría demasiado lenta, desbordada por la acción revolucionaria de movimientos políticos y sindicales. Y también con un enfoque demasiado parcial, al centrarse principalmente en la Propiedad de la tierra en áreas latifundistas y carecer de una visión de conjunto o integral del problema, incluidos aspectos ecológicos relacionados con la producción.

Ya en la Transición se recrea un Instituto Andaluz para la Reforma Agraria (IARA) cuyo presidente fue José María Sumpsi, mi antiguo profesor de Econometría en la ETSIA de Madrid. Basado en la vieja mitología del reparto de tierras, y sin un apoyo adecuado de servicios, financiación y buenos gestores empresariales, su fracaso estaba anunciado y era cuestión de tiempo. En especial cuando la PSOE ideó otra forma de dominación menos peligrosa para sus intereses partidistas. Como compensación de ese fracaso y para mantener su clientela de votos y pax social se estableció el sistema de las paguillas, el llamado PER, una especie de sopa boba frailuna actualizada en la que las gentes de la PSOE hacían de píos hermanos limosneros benefactores del convento. Los nuevos manijeros de la PSOE reparten el dinero entre afines como antes jornales los antiguos capataces del malvado amo. Una forma de mantener gentes dependientes y permanentes votantes del pertinaz socialismo.  Y también de servir y no enfrentarse a los poderosos, a la vieja aristocracia o burguesía terrateniente. Un tinglado estable de corrupción, atraso e ineficiencia blindado con el lamentable sistema autonómico cuyo caciquismo estructural impedía la alternativa política.

En España ya no existe la antigua y dramática presión sobre la tierra pues la población empleada en la agricultura y residente en el mundo rural ha descendido enormemente, de modo que muchas extensiones de nuestros campos se hallan ahora solitarias, abandonadas, colonizadas por matorral o las primeras etapas de la sucesión ecológica y  los sistemas agrarios se han simplificado, perdiendo gran parte de su complejidad y riqueza ecológica, cuando simplemente ya han desaparecido.

Energía y Agricultura

Detrás de tan profunda transformación existen muchas causas, una de ellas es el cambio en la utilización de la energía y sus principales convertidores: plantas, ganado y máquinas en los sistemas agrarios. De singular importancia es, frente a la ganadería tradicional integrada, el desarrollo de la ganadería intensiva alimentada con productos propios del consumo humano como el maíz o la soja. Un combustible diferente del que usaban las máquinas vivientes de nuestra cabaña autóctona, más resistentes y mejor acomodadas al medio natural y capaces de aprovechar mejor los propios recursos pascícolas y la fotosíntesis no subsidiada con energía fósil, sirviendo además para la tracción en el caso del vacuno.

Hoy asistimos gracias a la manipulación mental de urbanitas ignorantes a otra vuelta de tuerca en el proceso aparentemente imparable de descomposición del mundo rural. La  nueva ofensiva bárbara y fanática se realiza contra actividades tradicionales de gran importancia ecológica como la ganadería brava o la caza. Actividades que forman parte de los hábitos y el ocio rural pero que constituyen actividades de extraordinaria importancia económica y social, también para el sector industrial y de los servicios.

Caza y ganadería brava

Dos actividades amenazadas de gran importancia ecológica, cultural y económica con generación de empleo en diferentes sectores relacionados. La caza bien gestionada es fundamental en el equilibrio de los ecosistemas. El toro de lidia constituye una rara y preciosa joya zootécnica de gran importancia también para la conservación de las dehesas. Las dehesas constituyen un sistema agrícola, ganadero, forestal y cinegético de extraordinaria importancia ecológica en la España sujeta a las condiciones de la sequía estival. No obstante, su alto rendimiento medido en capacidad de producir proteína animal en relación con la energía fósil empleada ha ido reduciéndose con el tiempo como muestran los importantes trabajos con datos reales obtenidos con documentación contable de base por el investigador extremeño Pablo Campos. Un asunto muy importante que merece otro desarrollo aparte.

Pero el actual despotismo iletrado se mueve por prejuicios y o intereses bastardos y no admite razones. El nuevo gobierno de señoritos prepotentes e ignorantes al servicio de fuerzas que muchos ignoran es más de temer que un nublado o que la peste porcina o la plaga de la langosta, todos juntos. Probablemente, detrás de los actuales intentos de prohibir la caza se encuentre el deseo de los gobernantes despóticos de retirar las escopetas y rifles en poder de los ciudadanos, para evitar cualquier posible resistencia a la nueva tiranía que amenaza consolidarse en España.

Dietas

Existe preocupación por el efecto que una dieta inadecuada tiene en enfermedades vasculares y en la salud en general de la población. Bill Gates ya nos dice que debemos consumir su sanísima carne de plástico sin olvidar insectos u otras porquerías.

No podemos sustraernos a la influencia de la potente industria agroalimentaria que condiciona nuestros hábitos y nuestras relaciones sociales y económicas, sin olvidar los impactos ambientales asociados a la agricultura y ganadería intensivas. No sin un cierto voluntarismo, unos hablan de recuperar la “dieta mediterránea”. Otros proponen como remedio la recuperación de la llamada “dieta atlántica”, o tradicional del Norte de la zona litoral, en la que el pescado tiene un componente fundamental. Sin embargo, la cuestión que es realmente compleja, y en la que tiene que ver tanto los hábitos alimentarios, las condiciones sociales, cuanto los cambios producidos en los sistemas de producción agrícolas y ganaderos occidentales.

Nuestra opinión es que, en el caso de toda España se esta sustituyendo en exceso la proteína de origen vegetal en la dieta por otra de origen animal, y, además, de animales monogástricos, aves, porcino, alimentados con piensos compuestos, (grano, soja, etcétera), alimentación ésta que también se emplea para los rumiantes, obviando la capacidad de utilización, gracias a la peculiaridad de su sistema digestivo, de los recursos pascícolas que se hallan crecientemente infrautilizados. La proteína vegetal sustituida era la aportada antes por las leguminosas de consumo humano, magníficos elementos de nuestra dieta y cocina tradicionales, extraordinarios pilares de nuestra gastronomía tradicional: garbanzos, judías, lentejas, habas, guisantes…  Tal sustitución es provocada tanto por razones de consumo: comida rápida o basura, modas, neomarxismo cultural con sus cambios sociales inducidos de provisionalidad, indigencia contra la tradición, disgregación familiar, etcétera, cuanto por razones técnicas productivas, dificultades de mecanización de la recolección, empresariales, falta de personal, disminución del valor añadido (y de la energía empleada) para las grandes transnacionales. El resultado es lamentable tanto para la salud de las gentes como de nuestros suelos, puesto que, asociados a las leguminosas, existen unos microorganismos capaces de fijar el nitrógeno atmosférico, es decir de abonar de modo natural nuestros campos, con el consiguiente ahorro energético. La pérdida de biodiversidad, o el aumento de matorral y entropía también se asocia a estas cuestiones.

Pero el despilfarro energético en el sistema agroalimentario occidental no acaba en el descenso de la producción de leguminosas para el consumo humano. Según los diferentes animales y modos de producción, la obtención de una unidad de proteína animal requiere el empleo de no

menos de siete de origen vegetal. El drama es mayor cuando parte de esta proteína no procede de recursos pascícolas sino de grano, de modo que el ganado alimentado de tal modo, aunque fuera rumiante y por tanto pudiere aprovechar los pastos a diente o por sistemas parecidos a los tradicionales, está quitando alimentos directamente válidos para la alimentación humana. Para colmo, la moda de los biocombustibles supone añadir otro competidor, los motores de explosión, actualización mayor que la correspondería antes a los animales empleados para tracción mecánica. Y esto, además, en una situación esquizofrénica en que se fomenta la desertización de las tierras sin habitantes ni ganados y a la vez la producción de ganado sin tierras.

Otro aspecto curioso con graves consecuencias para la dieta es la recesión de la producción hortofrutícola tanto en Galicia como en casi toda la Cornisa cantábrica. Cosa especialmente notable cuando habría que buscar alternativas viables al sector ganadero hoy atacado por animalistas, pseudo ecologistas, veganos y demás tribus urbanas. Existen condiciones ecológicas para ello, pero, también, las lacras endémicas del sector agrario gallego: atomización y dispersión de las explotaciones, falta de dimensionado y productividad, ausencia de experimentación, investigación aplicada y mejoras, infraestructuras de comercialización y conservación insuficientes. Falta de suficiente sensibilidad para acomodarse a la demanda en calidad y cantidad.

En este momento no sabría valorar el alcance y duración de la presente crisis de abastecimiento y carestías. Ojalá sea pasajera y no tenga graves consecuencias. Esperemos que nos sirva de lección para comprender y valorar hasta qué punto son frágiles las condiciones que permiten mantener nuestra civilización.  Si así fuese y hubiere voluntad de rectificar al menos habría servido para algo.

 

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