Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

La democracia y The Economist

Si hacemos caso a The Economist, publicación de cierto interés pues pasa por ser portavoz de la plutocracia globalista, el calamitoso Reino de don Felipe se encontraría en retroceso entre las democracias acreditadas de todo el mundo.

“Democracia” no deja de ser un término equívoco. Recuerdo al genial Agustín García Calvo decir que se trata de una auténtica contradicción. Pues el pueblo sería sujeto y objeto a la vez, cosa más bien inconveniente, incoherente o más probablemente, absurda.

Para The Economist el sentido de democracia no deja de ser algo particular o pintoresco como ahora veremos. En el caso español, la negativa a instalar jueces de las diferentes marcas políticas en un renovado Consejo sería algo poco democrático. Pero no se entiende que unos jueces nombrados por los partidos políticos como impone la Reforma de 1985 en cambio lo sea.  O que el aumento de la dispersión en la representación política en el Parlamento también sea contrario a la democracia. O que, después de lo que estamos viendo, aún se consideren demócratas «fetén» a países como Australia ya resulta ser el colmo del cinismo, la osadía o la desvergüenza anglosajona.

Como en tantas otras cosas, para tratar de comprender mejor este asunto conviene volver a las antiguas fuentes de nuestra civilización.

Aristóteles nos explica en su Política que los sistemas políticos que existen o puedan existir pueden clasificarse conforme al menos a dos criterios: En atención a quienes sean los depositarios de la soberanía y quienes sean beneficiarios de su ejercicio. El primer criterio nos permite observar que puede ser uno, unos pocos o los muchos los que gobiernen. Cuestión que posee consecuencias más profundas pues al cabo tiene que ver con la riqueza en la sociedad: Pueden ser pocos (suelen ser los ricos) o muchos (suelen ser los pobres). El segundo criterio tiene que ver con la finalidad del gobierno. Si se gobierna en beneficio propio del gobernante o de la comunidad. Los regímenes o sistemas políticos que obedecen a este última finalidad: gobernar para beneficiar a la comunidad son todos ellos justos. Y los anteriores, injustos.

Cuando se combinan ambos criterios se puede hacer un cuadro con seis alternativas básicas. Tiranía, oligarquía y democracia. Monarquía, aristocracia y república o “politeía”. La república o politeía aristotélica es lo opuesto a la tiranía. Un gobierno de los más dirigido al bien común. Se trataría de una democracia en la que los pobres gobiernan en beneficio no solo de ellos mismos sino de todos, absteniéndose por ejemplo de confiscar el patrimonio de los ricos.

Como puede comprenderse con facilidad la democracia puede convertirse en tiranía cuando cae bajo el influjo de demagogos, corruptos u oportunistas. Ya no sabemos qué queda de soberanía nacional que no haya sido trasferida. En el caso de la Política española se está lejos de buscar el Bien común. Aunque haya votaciones lo más que se puede elegir, suponiendo la inexistencia de fraude y la fiabilidad del escrutinio, es entre listas cerradas presentadas al votante por grupos oligárquicos también cerrados como son los partidos políticos españoles. Hace algún tiempo me sorprendía por que el partido socialista fuera apoyado por los magnates, directivos del IBEX 35 y similares, en vez de lo que debieran ser sus grupos afines.  Este fenómeno tiene su explicación de acuerdo a la tipología aristotélica y da idea de la verdadera naturaleza de la presente Monarquía, pero aún más desde el punto de vista de la corrupción y de la generación de deuda. En efecto, la otra cara de la deuda generada por políticos mercenarios significa intereses, negocio, para la plutocracia financiera.

Aristóteles consideraba que “muy razonablemente es aborrecida la usura, porque en ella la ganancia procede del mismo dinero, y no de aquello para lo que éste se inventó”. En su Ética a Nicómaco critica a “los que se dedican a ocupaciones degradantes, como por ejemplo, la prostitución y otras semejantes, y los usureros que prestan cantidades pequeñas a un interés muy elevado. Todos estos toman de donde no deben y cantidades que no deben. Parece que es común a todos la codicia, pues soportan el descrédito por afán de ganancias, por pequeñas que sean. Pues a los que toman grandes riquezas de donde no deben, como los tiranos que saquean ciudades y despojan templos, no los llamamos avariciosos, sino más bien malvados, impíos e injustos. En cambio el jugador, el ladrón y el bandido están entre los avariciosos pues tienen un sórdido deseo de ganancias.  En efecto, unos y otros se dedican a esos menesteres por afán de lucro y por él soportan el descrédito, unos exponiéndose a los mayores peligros a causa del botín, y otros sacando ganancia de los amigos a quienes deberían dar. Ambos obtienen ganancias por medios viles. Al sacarlas de donde no deben, y todas estas adquisiciones son modos ávidos de adquirir”.

Por desgracia, la soberanía está siendo trasladada de las naciones a instituciones ajenas, incontroladas y quizás incontrolables por la gente. Esto ocurre ahora con la ONU, la OMS, la OTAN o la misma UE. Acabamos de ver la gran lucidez con la que el sabio fundador del Liceo ateniense equipara el negocio financiero o al menos sus abusos nada menos que con la prostitución. La trata o explotación del dinero falsario, sucio, se ha convertido en un negocio no menos lucrativo e inmoral que la trata de blancas con sus secuelas de degradación y esclavitud. Sus “proxenetas” son lo más granado y encumbrado de nuestros próceres, de esa clase dirigente de la civilización occidental, y de las sociedades hoy esclavizadas con las nuevas cadenas de la deuda creciente e impagable.

La reciente plandemia programada ha aumentado esa deuda hasta límites insostenibles. Pero peor es que también se ha convertido en un eficaz instrumento para fomentar y consolidar el poder omnímodo de la oligarquía plutocrática mediante el aumento de su riqueza y el empleo de tiranos títeres interpuestos.

Antígona se rebeló contra la tiranía de unas leyes inicuas que le impedían realizar lo que entendía era justo, pues era la Ley de los dioses, algo que está bien o mal más allá de lo que quiera imponer la tiranía. Terminó mal. La plandemia ha ofrecido otra lección dramática sobre la enorme dificultad sino clara y simple imposibilidad de luchar contra el despotismo, en este caso de la plutocracia corporativa o financiera, y salir indemne del intento.

Pero, como en el teatro de Sófocles, toda esta aventura nos permite reflexionar dónde estamos en verdad. Nos ilustra sobre nuestra realidad, que está muy lejos de ser la que nos venden con mayor o menor fortuna los medios de intoxicación de masas. No solo hubo autores teatrales que explicaban las cosas desde la emoción estética sino también filósofos griegos que se ocupaban desde la razón en los aspectos teóricos o abstractos de discernir los atributos y condiciones de funcionamiento de los sistemas políticos.

La evolución histórica del teatro griego hacía prevalecer al protagonismo del héroe frente al del Coro. Hoy, durante la actual crisis, el Coro ha sido traicionado, humillado, amenazado, incluso diezmado. Y ha fallado en su respuesta. Solo algún héroe ha intentado rebelarse contra un poder tan despótico que ni tan siquiera apenas tiene cara visible.

No es de extrañar que los tiranos modernos y antiguos estén contra el Arte y la Filosofía.

 

 

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