Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

El caso de la negra pianta

Nunca me han interesado los Juegos Olímpicos, me parece un manipulado espectáculo de luz y sonido para gastar millones y millones, pero allá cada cual con sus gustos.  Quizás Sísifo fue el primer medalla olímpico a la frustración.

Al parecer, una señorita participante, con ganas de dar la nota con cuestiones ajenas al deporte o la propia competición, ha montado bronca con unas sectarias e impertinentes declaraciones racistas contra los blancos porque ella aunque nacida en un pueblo de Galicia es más negra que la tinta de un calamar. No habría que dar más importancia a la cosa porque no ofende quien quiere sino quien puede y al fin y al cabo, todos, blancos o negros o amarillos, tenemos derecho a desvariar o a hacer el ridículo alguna vez en la vida, y aquí habrá que suponer se encontraría eufórica y descontrolada.

Pero el problema no es tanto que la pobre haya soltado un par de inoportunas y antideportivas coces con feo estilo, sino que buena parte de la chusma comunista progre, siempre dispuesta a linchar a quien se deje y pueda, le ría y amplifique el injusto ex abrupto. Llueve sobre mojado, y no es ningún sarcasmo de este verano gallego tan espantadizo que más parece una otoñada suave. Otro caso reciente de este tipo de viles acusaciones es el que se produjo tras el asesinato a golpes de un joven en La Coruña por una banda de salvajes que, al igual que ahora, se quiso responsabilizar a cierta formación política patriótica pero que resultó también de origen no autóctono español y de ideología opuesta sin que faltara agitadora lurpia hembrista. Pero, calumnia que algo queda.

¿Delito de odio o fatal resultado del impuesto esperpéntico multiculturalismo?

Ya veremos, pero este tipo de cosas, de no desaparecer como nube de verano, indicarían que, por si ya ni tuviéramos bastante con muchos de los indígenas, cada vez vamos a tener más problemas con las gentes de razas u origen no autóctono. Gentes que a las primeras de cambio, en cuanto tienen su momento de gloria mediática, hacen gala de su propio racismo, complejos e ingratitud con los países que les acogieron o les permiten estar donde están.

 

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