Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Desfile de calamidades, ¿Símbolo del desastre?

En este doce de octubre se ha representado un simulacro de desfile de la Hispanidad.

Un acto con un simbolismo muy poco brillante, en mi opinión incluso desafortunado, aunque representativo del precario estado actual del Régimen. Así la ausencia del pueblo, al que en previsión de sus merecidas protestas han alejado de los actores de la función. El mismo lugar donde se ha representado ésta: no en las calles de  Madrid, donde en un momento memorable de la Historia de España la Nación se revindicó a sí misma, tomó conciencia de lo que le estaban haciendo sus propios dirigentes y el pueblo ofreciera testimonio de extraordinario heroísmo en rebeldía abierta contra el enemigo interior y exterior. Hoy, por el contrario, el ritual se ha enajenado a la ciudad y lo que representa como sociedad civil y se ha recluido dentro del propio recinto palaciego. Un símbolo del Régimen enrocado para protegerse aunque no tanto en defensa del rey. Con una pequeña representación de las Fuerzas Armadas, una cosa simbólica, porque para cierta parte del Régimen con el Gobierno de Su Majestad a la cabeza, el Ejército no es de fiar y no conviene que esté ni junto ni cerca.

En esta ocasión me ha quedado como un regusto a frustrado juego infantil. Como un desfile de soldaditos de plomo sacados de su caja de cartón NATO y vueltos a meter tras tan patriótica alta ocasión y hasta la siguiente vez, si toca. Un quiero y no puedo. O un quiero pero no me dejan. Una pena, por lo que se ve, al pobre soberano ya no le dejan ni presidir verdaderos desfiles. De modo que hoy, en ceremonia abreviada, adocenada y deslucida, no lucía el habitual uniforme de almirante curtido lobo de mar sino el mucho menos vistoso terno de general del Aire eso sí, condecoradísimo y con eficaz mordaza blanco azulada.

Es tremendo que Su propio Gobierno lo vaya arrinconando en el polvoriento doblao palaciego de los trastos viejos e inservibles. Y controlado por su santa y otros miembros de la Real Casa o del sorosiano Banco Santander.

Por desgracia, para colmo de males, la demediada ceremonia resultó afeada por un preocupante fallo que es de desear no resulte premonitorio. Otro símbolo de rendición y ¡con bandera blanca! Uno de los aviones dejó en el cielo velazqueño de la agredida capital de la no menos humillada nación una estela blanca de rendición en vez del esperado rojo junto al gualda. Sin embargo, para compensar Su santa esposa lucía abrigo de entretiempo color rojo pasión.

Como ya hemos indicado en claro simbolismo de lo que hoy representa el Régimen borbónico, el pueblo, dicen que soberano, había sido alejado de la función no fuera a deslucir ni la tramoya ni la guardarropía. Pero no se pudo evitar que el comprensible entusiasmo del público estratégicamente desterrado se desbordara cuando apareció el falsario testaferro de Soros y su banda ministerial. Enardecido, fueron aclamados al grito popular de “Asesinos” y “Dimisión” y otros que el lector puede imaginar…

Sin embargo, el desfile popular por las calles de Madrid fue propuesto por VOX y gozó de importante éxito.

Despechugao, descamisao, descorbatao, horroroso y tan espantable como es él, con guisa más propia de jaque tabernario o chulo de putas, lucía el Excelentísimo Señor Vicepresidente comunista posmoderno. Ninguneó su saludo de sucio gañán de majada universitaria al educado monarca. Sin embargo estuvo solicito y graciable con el Presidente del Supremo que ha de juzgarle y con el que departió a solas. Lástima que un tipo de tal jaez se haya escapado de la mili, donde cualquier eficiente cabo cuartel le hubiera enseñado a guardar el debido respeto al protocolo o la liturgia. Lo que le hubiera venido bien conocer en su actual poltrona.

Aclarado el argumento principal de la farsa, más simple que el mecanismo de un chupete, entre algunos enterados había cierto morbo por comprobar si el Emérito escapado también ofrecía espectáculo y se tiraba en paracaídas en plena ceremonia para denunciar a los diabólicos usurpadores ministeriales. Sus hinchas más alabanciosos y entregados sostenían que seguro se iba a aparecer en ocasión tan patriótica y solemne con papeles comprometedores para el enemigo. No ha sido así.

Vengan días y vengan ollas. Desde los tiempos de las capitulaciones de Bayona, las felonías de Fernando VI, o los más recientes crímenes de los rojos del anterior Frente Popular, o la profanación de la tumba del estadista que con su testamento originase el presente Régimen borbónico, parece constatarse una vez más que nunca más bajo habría caído España.

 

 

 

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