Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Cuentos chinos

n un remoto e inaccesible lugar, rodeado de las altas cordilleras de Asia Central menos por el Oriente, dormitaba un antiquísimo país cuyo nombre se ha borrado o en todo caso prefiero no acordarme. Un viajero europeo llamado Krause que durante varios meses siguiese la legendaria ruta de las caravanas olvidó un manuscrito de preciosa caligrafía en artísticos ideogramas que se hacía eco de una pintoresca crónica imperial. No se sabe bien qué pasó, pero el viejo manuscrito incompleto y en regular estado de conservación apareció unos años más tarde en una de esas tiendas de tipo bazar oriental donde luego fue rescatado.

La historia que cuenta resulta bastante increíble, al menos para el occidental crítico que se supone es amante de sus propias instituciones y tiene conciencia del propio valer como hombre libre. Pero sin duda éste debe ser uno de esos paradójicos apólogos orientales narración de tierras raras y gentes aún más raras en las que pasan cosas absurdas para nuestra comprensión. Tan absurdas que parecen imposibles. La traducción de lo queda del texto, modernizada al gusto occidental, vendría a decir más o menos lo siguiente:

En ese país, muy, muy lejano, miembros de una peligrosa secta diabólica convencieron al emperador que para evitar futuras revueltas o la pretendida superpoblación ordenara que todos sus súbditos fueran emasculados.

Alarmado, el Supremo Comité de los Trescientos Mandarines, reunido en el Templo de los dragones, en un intento de ganar tiempo hasta ver si se le pasaba la peligrosa majadería, opuso muy puesto en razón que estará bien que con carácter previo Su Majestad, el Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno, diera ejemplo a sus súbditos cortándose el mismo públicamente sus atributos imperiales.

Entretanto, sesudos magistrados de la Suprema Corte Imperial buscarían las vueltas, dímes y diretes jurídicos para tratar evitar in extremis la testicular escabechina.

Su Majestad, el Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno, bien por la mala influencia de su despechada señora madre la vieja y anorgásmica emperatriz consorte, bien por la aún casi peor de su concubina favorita, otra especie de intrigante ambiciosa Teodora de abundoso pasado en mala fama, acaso por su asaz demostrada poco brillante inteligencia rayana en la imbecilidad tan propia de la Dinastía, siguió en sus treces.

Dado que en ese lejano reino y anticuado reino no se habían inventado aún los psiquiatras, los astrólogos consultados llegaron a la conclusión que cierta extraña influencia de Venus con Mercurio en cuadratura y de Marte en oposición en el momento de su nacimiento incitaban al Emperador, Su Majestad, el Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno a sufrir mucho en modo imitación de su progenitora B. Sí, a seguir la senda de su despechada y sufridora señora madre, la vieja amargada emperatriz consorte, quien para compensar sus humillaciones públicas mantenía en Palacio y fuera de él a toda clase de infinitos parientes con cargo al erario.

Otros achacaban su extraña postura al Padre ausente, ocupado en aumentar y aumentar estancias de Palacio para albergar con algún decoro y discreción a las infinitas concubinas del creciente harén imperial. O también enredado en trapicheos o desfalcos menos heroicos ni confesables. Pero un día se perdió su pista. Según sus más entregados y alabanciosos hagiógrafos habría muerto mártir por la Causa patriótica en uno de sus terribles países de arenas ardientes donde se reproduce y vegeta la más fanática morería. Según otros, huyendo a esconderse a causa de sus desfalcos más sonados perpetrados para favorecer y contentar a su última favorita. Pero, no deja de ser raro el asunto pues los más antiguos cronicones los sablazos, trapicheos y desfalcos impunes resultan consustanciales a la Familia imperial, dado que el pueblo amaestrado a palos o píos embustes tragaba con todo.

Pero volvamos a lo que estábamos: para tan sabia y sublime decisión castradora, punto cénit de Su Feliz Gobernación, Su Majestad, el Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno contaba con el Cuerpo de legos emasculados que cuidaban el harén imperial. Gente que para ingresar en el Cuerpo y ascender en el escalafón llevaba sus bolitas en una cajita precintada.

No eran los peores, al cabo simple funcionarios de la anquilosada, onerosa e inútil administración imperial. En aquel tiempo medraba otro grupo de peligrosos demagogos intrigantes procedentes del hampa y escoria social que, con el ambicioso traidor Gran Visir Imperial a la cabeza, jaleaba a Su Majestad, el Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno, a fin de enajenarle el amor o al menos temor de su sufrido pueblo y así mejor perderle. Y de ese modo se mantenía dispuesto a castrar a quien fuese menester para heredar como único Gran Prócer con todos sus atributos conservados y en el sitio que le corresponde según naturaleza.

El ambicioso traidor Gran Visir Imperial manejaba con toda soltura y facilidad a Su Majestad, el Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno, tanto era así y con tanta falta de dignidad o mínimo coraje viril que barruntaba que Su Majestad, el Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno, lo que se dice cortar en verdad acaso debía tener poco que cortar.

Un malicioso y amanerado magistrado, cruel invertido a la violeta, encumbrado para la ocasión en la cucaña de la represión imperial, azuzaba a sus rudos hombres de estaca y tente tieso contra el desvalido pueblo indefenso, destruyendo su impostada coartada de que estaban allí y los castraban por su propio bien, para su mejor protección suya y de su ya abortada descendencia.

Lo último en sadismo, represión y felonía era la astuta creación de un pintoresco ejército de rastreadores, o sádicos huele braguetas, encargados de inspeccionar las partes pudendas y ajusticiar in situ a los rebeldes osados que hubieran desobedecido la sabia orden castradora del valiente Emperador, Su Majestad, el Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno.

Las cabezas cortadas eran enviadas a Palacio, para que Su Majestad, el Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno comprobara lo mucho que mandaba vicario o que le dejaban mandar así como la sabiduría, justicia y sabia rectitud de sus deseos y caprichos inducidos por el maligno que debieran ser obedecidos sin rechistar como si procediesen de su propia minerva. Mandó premiar con una eminente condecoración imperial a un conocido castrador filantrópico.  Hubo un momento que ya no cabían más cabezas y hubo de ser habilitado sitio en el harén imperial entre algún pronto disimulado gesto de desagradado por parte de los complacientes mancebos y sulamitas bigotudas para imperial uso de Su Majestad, el Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno.

El Gran Visir iba consumando su asalto al Trono dispuesto rebanar el imperial pescuezo antes o después de hacer lo propio con las majestuosas criadillas de Su Majestad, el Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno, que bostezaba en Palacio pero estando en esta operación se llevó un chasco morroc….

 

or desgracia, el viejo manuscrito, víctima de la humedad y de las incurias del tiempo acaba abruptamente aquí, dejándonos in albis, sin saber el final. Los ideogramas corridos por la humedad resultan ya ininteliglibles.

¿Se quedaría Su Majestad, el Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno, sin criadillas, antes o después del imperial pescuezo?

¿Sobreviviría con todos sus atributos algún rebelde escondido en alguna remota montaña o shambalá oculto en el desierto?

¿Se saldría con la suya el traidor felón Gran Visir de Su Majestad, el Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno?

¿Sería ajusticiado al cabo el cruel y cobarde invertido por sus propios hombres de estaca?

El lector podrá poner el final que mejor desee o más prefiera a tan inquietante relato salvado por el explorador Krause. Yo propongo una bonita solución tomada del final de otro apólogo oriental, Cómo se salvó el pintor Wang Fo según nos la cuenta la Margarita Yourcenar.

Otro cruel emperador, en este caso no sabemos si también Hijo del Cielo, Demiurgo del Trueno como el de nuestra anterior historia, en un arrebato de soberbia y celos había mandado cegar a su gran pintor de Cámara para evitar que nunca más pudiera pintar otros cuadros mejores que el suyo. El discípulo intenta proteger al maestro y es degollado en el acto. El último deseo del artista antes de despedirse definitivamente de la luz fue que le dejaran pintar un último lienzo donde dejar como testamento artístico el testimonio final de su maestría. La Corte reunida junto al cruel emperador asiste al portento. El cuadro representa una pequeña barca solitaria en medio de un gran lago. A medida que lo va acabando la sala de Palacio se va inundando, hasta que el discípulo con un paño rojo en el cuello recoge al maestro en la barca y ambos se alejan solemnes y a salvo por el horizonte de la pintura.

 

 

 

 

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