Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Capital intelectual y empresas políticas. Cataluña y Cayetana

En cierto mundillo empresarial muy influyente en España que considera que aumentar la productividad consiste en bajar el sueldo o empeorar las condiciones laborales de sus empleados, todas estas modernidades tales como el fomento del capital intelectual o el estudio y control de factores higienizantes, que son los que producen insatisfacción en el trabajo, suenan a herejía protestante, cosa quizás buena para entretener a los alumnos en Universidades y Escuelas de negocios aunque lejos de las prácticas cotidianas de las empresas.

En general, se considera por parte de la élite directiva que lo mejor es que el subordinado ofrezca un culto absoluto al jefe. Digo culto y no lealtad, que esa es una virtud notable aunque rara, habitualmente sustituida por la complacencia perruna de carácter ditirambo alabanciosa, en la idea de que tal actitud permita medrar e incluso heredar poltronas y prebendas algún incierto día cuando el líder actual se caiga o sea oportunamente empujado fuera de la poltrona.

Tal tipo de organización y de relaciones de poder son características de las organizaciones mafiosas, nuestro lenguaje de germanías es pintorescamente rico en dar nombres al escalafón, como he destacado en algún otro lugar. Incluso el lector más desavisado puede enseguida comprender que tal sistema es malo y sus resultados aún peores. Especialmente cuando el líder ocupa la poltrona por razones ocultas e inconfesables, está lejos de querer promover el bien común o al menos de la organización y le gusta rodearse de gentes aún peores que él.

Un patético mentís a la importancia del capital intelectual como fuente de ventajas competitivas, y, por tanto, como factor determinante del éxito de las organizaciones que está siendo objeto de estudio tanto para los académicos como para las empresas de esta nueva economía del conocimiento. Y es que la preocupación por el buen hacer, por el buen gobierno de empresas, instituciones o Estados, no es cosa solo de ahora. Platón o Aristóteles ya se ocuparon de ello. Y en nuestra cultura española, especialmente durante nuestro Siglo de oro, son muchos los grandes autores que han explicado su forma de entender la cuestión sin tener que caer obligatoriamente en el reduccionismo cínico y positivista de un Maquiavelo.

Así, por ejemplo, Cervantes, Gracián o Quevedo explicaban su visión en varias obras célebres. Especialmente certera amén de divertida la descripción de la “economía de mercado a la española” que hace Cervantes en Rinconete y Cortadillo. Pero Huarte de San Juan desarrollaba su Examen de los Ingenios, donde nos establecía los primeros sistemas de selección de personal. Y Saavedra Fajardo explicaba en su famoso tratado de emblemas comentados: Empresas políticas o Idea de un príncipe político-cristiano los criterios que debían regir el buen gobierno de un dirigente que quisiera hacer bien las cosas sin dejar de inspirarse en principios éticos de orden superior.

El uso de emblemas, es decir del lenguaje simbólico junto con un lema con una frase resumen o explicativa es en sí mismo un exponente de sentido de la pedagogía. Habla tanto al consciente como al subconsciente. En efecto, en la educación hay dos aspectos principales, el saber y el querer, la inteligencia y la voluntad, que deben ser ilustrados y fomentados. Por eso no es de extrañar que se ocuparan de este lenguaje intelectuales como Cesare Ripa, llamado El Perugino; Juan Bautista Porta o sir Francis Bacon.

 

Saavedra Fajardo, formado en la Universidad de Salamanca, polifacético, diplomático, hombre de su tiempo, desarrolla su tratado citado en 101 empresas o emblemas: “toda la obra está compuesta de sentencias y máximas de Estado, porque éstas son las piedras con que se levantan los edificios políticos. No están sueltas, sino atadas al discurso y aplicadas al caso por huir de los preceptos universales”.   

Las diversas empresas de Saavedra desarrollan temas tales como: Educación del Príncipe, Como se ha de haber el Príncipe en sus acciones, Como se ha de haber el Príncipe con los súbditos y extranjeros, Cómo se ha de haber el Príncipe con sus ministros, Como se ha de haber el Príncipe en el gobierno de sus Estados, Como se ha de haber el Príncipe en los males internos y externos de sus Estados,  Como se ha de haber el Príncipe en las victorias y los Tratados de Paz, Como se ha de haber el Príncipe en la vejez.

Esta disgresión creo que no deja de ser oportuna viendo lo que tenemos que ver.  Por ejemplo, en el caso del reciente cese de un importante talento, el mayor de los públicamente conocidos, de Partido político más numeroso de la oposición. Una organización que desprecia el capital intelectual con el que se levantan los edificios políticos, como diría Saavedra Fajardo. Una falsa oposición, todo hay que decirlo, porque más parece que funciona como gancho o mohatra falsamente antagonista para el timo electoral de dar una y otra vez gato por liebre. Y tal sería su contribución a revestir de forma mohatrera como Monarquía parlamentaria lo que es poco más que una oligarquía con mañas cleptocráticas o monopolistas, sin división de poderes pero con reparto de papeles y trinques. El akelarre mañanero en la Casa de América es un ejemplo reciente de esta farsa.

El cese de doña Cayetana resulta un acto mucho más revelador que el más florido y retórico de los discursos. Y espanta y preocupa con razón al más preparado por lo que supone de cobardía y desprecio del capital intelectual.

Vamos a ver otra curiosidad de especial aplicación a estos tiempos de embrutecimiento promovido y generalizado. Y también oportuna otro 11 S en la que la fementida nación catalana se lamenta de haber elegido el bando equivocado en la guerra civil por la que dos dinastías extranjeras se disputaban el botín español.

Para ello volvamos a Saavedra Fajardo. A continuación podemos citar algunas líneas de la empresa 73 de su tratado, en la que afirma que las sediciones se tratan con la celeridad y con la división. Veamos algunas de sus observaciones más notables:

“Ocultas son las enfermedades de las repúblicas. No hay juzgallas por su buena disposición, porque las que parecen más robustas suelen enfermar y morir de repente, descubierta su enfermedad cuando menos se pensaba…

… por esto conviene mucho la atención del príncipe para curallas en sus principios, no despreciando las causas por ligeras o remotas, ni los avisos, aunque más parezcan opuestos a la razón. ¿quién podrá asegurarse de lo que tiene en su pecho la multitud?..

nacen las sediciones de causas pequeñas y después se contiende por las mayores. Si se permiten los principios, no se pueden remediar los fines. Crecen los tumultos como los ríos. Primero por no mostrar flaqueza los suele dejar correr la imprudencia, y a poco trecho no los puede resistir la fuerza…

… el remedio de la división es muy eficaz para que se reduzca el pueblo, viendo desunidas sus fuerzas y sus cabezas….

…es también eficaz remedio la presencia del príncipe, despreciando con valor la furia del pueblo, …

…si bien se debe considerar mucho este remedio y pealle con la necesidad porque es el último. Y si no obra no queda otro….

Con pretexto de de libertad y conservación de privilegios suele el pueblo atreverse contra la autoridad de su príncipe, en que conviene no disimular tales desacatos, porque no críen bríos para otros mayores.  Y si se pudiese, se ha de disponer de suerte el castigo, que amanezcan quitadas las cabezas de los autores de la sedición y puestas en público antes que el pueblo lo entienda…

… pero también se debe advertir en que sea tan suave la forma, que no la reciba el pueblo por afrenta común de la nación, porque se obstina más….

…no suelen ser menos dañosos los favores y mercedes para quietar los Estados, hechas por el príncipe que ha perdido la estimación, porque quien la recibe las atribuye a flaqueza o procura mantenellas con la revuelta de las cosas, y a veces busca otro rey que se las mantenga…

En estos y en los demás remedios de las sediciones es muy conveniente la celeridad, porque la multitud se anima y ensoberbece cuando no ve luego el castigo o la oposición. El empeño la hace más insolente y con el tiempo se declaran los dudosos y peligran los confidentes.” 

Como se deduce de estas líneas todo parecido entre la actitud de nuestros gobernantes para tratar la sedición catalana y los sabios y prudentes consejos de Saavedra Fajardo es mera coincidencia. Tampoco se sigue la contundente receta de Gracián, «Contra malicia, milicia». Si nuestra devastadora casta política actual en vez de sostener tanto oneroso asesor a costa del erario buscase el consejo de los más importantes autores de nuestra cultura nos ahorraríamos muchos problemas, muchos dineros y muchos desastres.

Pero el tinglado es el tinglado y de momento no hay empresa ni menos capital intelectual que lo tumbe.

 

 

 

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