Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Sobre la Derecha y el ideal aristocrático

Si la democracia y el despotismo se excluyen mutuamente, no lo hacen la democracia y la aristocracia verdaderas. La aristocracia se suele confundir ahora con privilegio de casta cerrada, linaje, herencia o patrimonio material. En realidad en su genuino origen significa el gobierno de los mejores. Por tanto, no es algo opuesto al mérito. El falso aristócrata consume los valores y el verdadero los crea.

Por eso y porque es contrario al orden natural que un gran número gobierne y que los menos sean los gobernados, toda verdadera democracia y por tanto toda organización que en verdad pretenda servirla debe poseer y desarrollar los ideales aristocráticos.

La reforma política y social debería tener la finalidad, ahora cada vez más utópica y aparentemente más lejana, de posibilitar el gobierno y la organización de la sociedad para comprender y promover los intereses generales por medio de la intervención jerárquica de un número creciente de ciudadanos capacitados, pues como decía Tácito: “los mejores instrumentos para gobernar bien son los hombres de bien”. Así no es de extrañar que la educación en valores sea saboteada por el neomarxismo actual.

Nos encontramos en un momento delicado por no decir pavoroso para la humanidad en la que una reducida oligarquía, una plutocracia distinta de una auténtica aristocracia en el sentido apuntado, pretende imponer un orden esclavo sin lugar para el mérito ni la consecución de un ideal mejor por parte de los mejores. Pero aquí en España sin aparente visión geoestratégica de casi nadie los problemas se centran en batallas entre grupos sectarios por lograr un poder vicario en este Reino degradado. Escaramuzas  por un botín menguante entre ciegos y tuertos con mañas de tahúres.

Una vez más en la historia contemporánea de España, tras la progresiva desaparición de un orden basado en la alternancia que no en la alternativa de un mendaz bipartidismo mohatrero, se abre una nueva dinámica que no creo se cierre en falso con más de lo mismo, poniendo por delante los intereses electorales a corto plazo, a los generales y del bienestar de la población amenazada por el peor enemigo de la democracia que es la demagogia, antesala de una cada vez más inminente tiranía. Y no por falta de ganas sino, porque sea una u otra la resolución de la crisis globalista, el tiempo del bipartidismo clásico ya ha pasado. Bien por la disolución de lo nacional español en el globalismo, o bien por la toma de conciencia del carácter mohatrero de su sistema político y su incapacidad para promover el bien común o la acción bienhechora de verdaderas élites aristocráticas.

Y volviendo a lo más inmediato, sería cerrar en falso bendecir una especie de coalición encubierta en que lo único que esté claro es la defensa de los privilegios personales cara a mantener cuotas de poder, arrebañar para casa las ayudas europeas y ordeñar presupuestos sin definir qué es lo se puede y se quiere hacer.

Pero la pregunta que se han hecho los aristócratas desde Pitágoras hasta nuestros días sigue siendo: ¿cómo organizar tal ascenso y predominio de los mejores? Asunto muy difícil pero que está asociado al predominio real de un conjunto de valores de valores o ideas fuerza ya conocidas aunque o tanto practicadas: educación de la Inteligencia y de la Voluntad; respeto a la Ley natural, es decir, respeto a la Ley pero mayor aún a la Justicia; mérito personal y conocimiento de sí; control de las propias pasiones; dignidad y honor; transparencia; libertad de conciencia…

 

 

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