Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

El nuevo Rey Lear

El malaconsejado rey Felipe se encuentra inmerso como Hamlet en una duda: ¿qué es mal elevado para el Espíritu, echar o no echar de Palacio a su padre y con él, a todos sus fantasmas? Todos sus fantasmas menos la propia herencia del Reino entregada por el hoy malvado benefactor, el general Franco, cuya tumba ha consentido sea profanada por Su Gobierno. Pero en realidad, más que hablar de Hamlet, en esta futura tragedia de resonancias shakesperianas convendría recordar El Rey Lear, bien en su versión primigenia con la historia del rey abdicado y sus tres hijas o en la hermosa, deslumbrante, obra maestra del cine, versión del gran Kurosawa: Ran. Aquí llevada al Japón feudal, con tres hijos herederos en lugar de hijas.

El cruel y libertino señor Hidetora abdica y reparte su feudo entre sus tres hijos varones pero la cosa no ocurre según sus planes, ni los papeles de buenos y malos a priori resultan bien repartidos. Tanto en la obra de Shakespeare como en la de Kurosawa el menospreciado e incluso calumniado hijo menor es el que al cabo, además de advertirle de lo inconveniente de tal decisión de abdicar, mantiene sentimientos filiales sobre el padre fuera del poder.

La profecía se cumple. El desastre fraticida se produce. El propio anciano Hidetora es expulsado de su castillo y termina huyendo para evitar ser liquidado, acompañado solo por un bufón. En este desastre del clan con su pérdida final existe una influencia maléfica femenina que resultaría decisiva. Kaede, la esposa del segundo hijo, el usurpador. Una mujer maléfica que consagra su vida a la destrucción y la venganza. Envenena las relaciones entre los hermanos hasta que consigue que el segundo asesine al primero y se declare la guerra, la descomposición y el desastre total hasta la ruina definitiva de la dinastía. Aunque ella también terminaría mal, ajusticiada in extremis por uno de los generales leales al clan. La humanista obra de Kurosawa termina con una secuencia magistral: la humanidad cegada por la crueldad y la ambición de los poderosos, indefensa al borde del abismo, ha perdido el relicario de protección espiritual con la figura de Buda.

No se hizo caso a tiempo a las advertencias de la figuras bienintencionadas. Y es que, como decía Lao Tsé, las palabras agradables no son veraces, ni las veraces, agradables.

Hoy en el Reino de España no tenemos un buen y noble Saburo que llevarnos al consuelo, aunque el papel maléfico principal se reparte entre la corrupta, liberticida, envidiosa, vengativa y resentida Zurda española en abstracto y a nivel personal la de una intrigante figura femenina generadora de discordia familiar de lamentable influencia sobre su marido. Aquí, de momento y gracias a Dios, la cosa aún no es tragedia sino vodevil o sainete tragicómico.

Sí, este ataque de repentina honradez que padece el heroico Rey, que al parecer llevaría medio siglo viviendo en Babia sin enterarse de nada, me recuerda la frase de otra joya gloriosa del cine. Cuando el cínico aunque simpático capitán Renault para justificar el cierre del garito de Rick en Casablanca explica: ¡Qué escándalo. He descubierto que aquí se juega!  Muy serio y puesto en razón mientras con la otra mano recibe su parte en el tinglado del poder.

Felipe y Pedro, sin duda, también ¡el principio de una hermosa amistad!

Nota:  las palabres resaltadas en granate abren enlaces a secuencias.

 

 

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