Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Un cuento del conde Lucanor

A algunos les va parecer que disparato. O que me he salido de la estrecha senda de lo políticamente correcto cuando digo que el viejo emérito hoy con un pie en el destierro y el otro en fuga de banquillo era mucho mejor rey que lo que está demostrando ser su acomplejado hijo. Un reinado en el que vamos de desastre en desastre, de calamidad en calamidad, sin ningún logro o satisfacción para España y sus súbditos. Aseguran que el emérito era un insaciable putero y comisionista. No sé si será así como cuentan, que yo no soy quien para discutirlo, pero me parece que tenía cierto carisma que empleaba en defensa de la cosa al menos cuando se sentía amenazado. Lo que por efecto colateral beneficiaba a los españoles. Algo es algo, o quizá mucho, teniendo en cuenta que son Borbones que van a lo suyo que no suele ser lo nuestro.

Ahora bien, su hijo parece un tragasables. No reacciona cuando se silba o se ultraja la bandera o el himno nacionales en su presencia. O cuando se cuelgan carteles con su efigie cabeza abajo. O cuando sus gobernantes le ningunean y atentan contra la constitución. Su comportamiento parece propio de imbeles, de gentes sin sangre en las venas. Un personaje al que de tarde en tarde parece que le dan larga para lucir bonitos uniformes hecho un brazo de mar y soltar extraños discursos estupefacientes. Se deja humillar por todos, consiente todo.

Su mujer ha destruido la armonía de su familia, todos y todas contra todas y todos. Recordando episodios nacionales ejemplares como el del numerito de la entrega de los pasados Princesa de Asturias, cuando desterró a la emérita al gallinero del teatro, nos maliciamos que está en trance de instaurar la roja dinastía Rocasolano en vez de la Borbón, y desde luego no se puede decir que colabore en la credibilidad y estabilidad de las instituciones que debiera servir.

 

Los apólogos de la colección del conde Lucanor, obra maestra del Infante don Juan Manuel, siguen constituyendo preciosos ejemplos de comprensión de la naturaleza humana. Aún conservo con todo cariño y devoción filial un ejemplar de la colección de apólogos editada por Aguilar que me regalara mi padre siendo niño. Pese a formar parte de lo mejor de nuestra Cultura, o acaso por eso mismo, es una pena que nuestro apuesto y acicalado rey no parezca conocerlos, ni menos poner en práctica sus lecciones.

Me viene a la memoria el del Ejemplo XXXV, De lo que le aconteció a un mozo que casó con una mujer muy fuerte y muy brava.

Un cuento muy famoso y comentado. E incluso plagiado por el mismísimo Shakespeare en La Fierecilla domada. Por cierto, no el único plagio de la gran Cultura española del supuesto bardo de Avon. Ruego al amigo culto lector me disculpe si resumo brevemente el texto citado para mejor comprensión de lo que hablo en honor de las pobres víctimas de la ignorancia programada por el pertinaz socialismo patrio.

Se trata de un mozo que quiere casarse con una moza de carácter intratable por lo que nadie quería casarse con aquel demonio. Su padre se lo desaconseja pero no consigue disuadirle, de modo que va a pedir la mano de la novia. El futuro cosuegro le confiesa que «si tal hiciera cometería una maldad muy grande pues su hijo es bueno y si se casa con mi hija le matará o le hará pasar una vida peor que la muerte». Al final, la boda se produce, pero el astuto mozo ha planeado su estrategia para someter a la fiera. Pide a varios animales que le traigan agua para lavarse las manos. Dado que ellos por supuesto no le entienden y no lo hacen, los mata con su espada. Muerto así incluso su propio único caballo por fin le llega el turno a su mujer que, visto lo visto, se asusta y le obedece sin rechistar para evitar las fatales consecuencias de la temible ira marital.

Dado el éxito de la estratagema, el suegro quiso repetirla con un gallo que como es natural tampoco le obedecía, pero su mujer le disuadió: «la verdad, don Fulano, que te has acordado tarde, pues ya de nada te valdrá matar cien caballos que tuvieras, antes tendrías que haber empezado, que ahora te conozco

Patronio termina la narración escuchada atentamente por el conde con esta moraleja:

“Si al principio no te muestras como eres, no podrás hacerlo cuando tú quisieres”.

 

Majestad, me temo que ya es tarde para hacerse respetar pero sugiero como Patronio que no estaría de más probar a intentarlo por el bien de España. Lo mismo cuela.

 

 

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