Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Una Semana Santa singular

La Semana santa de este año 2020 resulta singular en extremo. Nada que ver con los habituales ritos primaverales propios de estas fechas. Ritos incluso anteriores al Cristianismo algunos de ellos.

En el lejano mundo mesopotámico de Sumer y Acad, origen remoto de muchas de nuestras tradiciones religiosas, la fiesta del Año Nuevo era precedida de una especie de Saturnales o Carnaval en los que dominaba el desorden y los demonios antes de que el Orden fuese luego así restaurado. La celebración del Año Nuevo tenía que ver con la renovación del fuego, como ahora también se produce con la del cirio pascual cristiano durante el sábado santo. Y también se celebraba la muerte y resurrección de un dios, Marduk, que descendía a los infiernos. Su estatua y la de la diosa eran colocadas juntas y salían en procesión.

Más allá de sus formas históricas concretas y de su emotividad iluminadora, la Semana santa es una fiesta astronómica en su origen que combina el Sol con la Luna. Como todo esto es bien sabido, no vamos a insistir más en ello. Pero lo de la Astronomía, aunque esté en los orígenes de la fiesta, y como tal convenga recordarlo como curiosidad de vez en cuando, suele quedar un poco lejos para el respetable consumidor miembro de la generación más “preparada” de la historia española.

Sin embargo, la singularidad de este año tiene una doble magnitud.

De un lado, el hecho de vivirla en medio de nuestra condena permanente revisable. El primer año en mucho tiempo, sin procesiones, celebraciones mistéricas y sin acompañamiento popular, habitualmente fervoroso. Una especie de relicto o permanencia del mundo espiritual en una sociedad materializada a la que se la intenta separar de sus tradiciones..

De otro, el hecho de que el calendario de este funesto 2020 coincida día a día con el del no menos funesto 1936. Incluso el calendario lunar de este año sólo difiere en un día del de entonces.

Dado que no podemos asistir a las celebraciones como otros años podemos intentar hacer nuestro propio homenaje particular. Convertir el encierro en unos momentos memorables gracias a una música sublime. Bonita palabra que  Casio Longino, de la Escuela neoplatónica de Alejandría explicaba así:

«En vano aspiran a ser libres los pueblos que no empiezan por vencer el tumulto de pasiones que perturban nuestra vida: la codicia, el amor a los placeres, el lujo, el fausto, la molicie, porque absorto el ánimo en lo vil, lo terreno y lo deleznable, nunca levanta los ojos a la altura, y se secan en él las raíces de lo sublime.

Lo sublime nos levanta a la esfera de los dioses.

Su piedra de toque es el efecto que produce en el alma, a saber, cierta majestuosa elevación y un noble aprecio de nosotros mismos, que nos alegra y levanta sobre nuestra habitual condición, y nos hace partícipes de las maravillas que entendemos como si nosotros las hubiéramos producido.

Cuando nada de lo que se oye llega al espíritu, y queda sólo el vano estrépito en los oídos, la grandeza es falsa y no va más allá del ruido de las palabras.

Otra condición de lo sublime es venir preñado de pensamientos que se graban profundamente en la memoria y ofrecen al espíritu copiosa materia de meditación.

El último carácter de lo sublime es su universalidad, puesto que produce efecto en los hombres de condición y estado más diversos, y de los tiempos y naciones más remotos y distintos».

 

El arte genuino de la Alquimia, con su lapis, que Jung identificaba con Cristo, nos permite elevar nuestra tasa vibratoria. Entre la música sublime adecuada a estas fechas, y en especial al Viernes Santo, podemos optar por dos obras maestras.

La Pasión según San Mateo, de Juan Sebastian Bach

El encantamiento del viernes santo, del Parsifal de Ricardo Wagner

La Pasión según San Mateo

Pocas emociones en la Historia de la Música pueden compararse a la serena sublimidad que inspira la magna composición del gran Bach, obra que estuvo a punto de perderse para siempre. Pocas como ésta llevan al oyente al mundo de la profunda emoción del contacto con lo numinoso. A la experiencia de lo sagrado.

Bach construye una primorosa catedral en la que la piedra, lapis, se adelgaza como el cristal, hasta hacerse tan sutil como el sonido. Una vibración de Amor, Luz y Belleza que ennoblece la música de las esferas. Por ello cabe considerar sin exageración a este Oratorio, pleno de símbolos musicales, de sabiduria y belleza, como una de las cumbres del Arte de todos los tiempos.

Parsifal

Wagner no suele ser santo de devoción musical española, acaso por el contenido simbólico y metafísico de sus obras, o por su duración. Creo que el Parsifal es una de sus obras menos apreciadas en España.

La música del encantamiento del Viernes santo forma parte del tercer acto del Parsifal, el testamento estético y filosófico de Wagner, estrenada en Bayreuth unos meses antes de su muerte en Venecia. Recordemos parte de su libreto.

Parsifal:

Cuán bellos me parecen estos lugares…flores maravillosas he visto, que con aroma insano perturbaron lujuriosos mis sentidos; pero nunca ví tan tiernos y delicados tallos, los retoños, las flores ni sentí tan íntimos y gratos los perfumes, como estos que hoy me hablan con infantil candor…

Gurnemanz

¡Son, Señor, los encantos del viernes santo!

Parsifal

¡Oh día de suprema amargura, en el que llorar debiera, y enlutar, cuanto aquí florece y respira, cuanto aquí vive y renace!

Gurnemanz

Ya ves que no es así. Son las lágrimas contritas del pecador las que con su rocío bendito dan benéfico riego a los campos y a la floresta, que así por ellas prosperan. Toda criatura de Dios se regocija al sentir la huella propicia del Salvador, a quien eleva sus plegarías, y a quien no puede ya contemplar en la cruz, pero sí admirar en la humanidad por Él redimida. Todos se sienten emancipados de la triste carga de sus culpas, sanados y purificados por el sacrificio amoroso de Dios. Lo advierten las plantas mismas, las mismas flores en las vegas, viendo que hoy no las destrozan las pisadas de los hombres; pues así como Dios del hombre se apiadó, y por él sufrió con celestial paciencia, así el hombre, movido a clemencia y bondad, hoy con la blandura de su andar parece acariciarlas. Eso agradecen, como ves, todas las criaturas, todo lo que florece, todo lo que fenece; porque la naturaleza, libre del pecado, alcanza hoy el día del perdón….

Parsifal y Kundry conducidos por Gurnemanz se dirigen al templo del Graal, o “de la cosa en sí” donde el Espcio y el Tiempo se confunden…

Ojalá estos tiempos de tribulación nos ayuden a acceder al Templo metafísico del Grial. El del mundo de la Cosa en Sí, donde tiempo y espacio se confunden, más allá de los fenómenos…

Notas:

Pueden escucharse versiones de las obras señaladas pinchando en los títulos resaltados en granate.

Sobre la metafísica del Parsifal,  puede consultarse el libro Buda, Parsifal y el Grial

 

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