Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Mutus liber, Silent spring

En 1962 Rachel Carson publicaba Silent Spring (Primavera silenciosa) un libro pionero de denuncia ecológica en el que alertaba sobre las consecuencias del uso indiscriminado de pesticidas sobre la cadena trófica. En especial advertía de una no muy lejana primavera en la que ya no se pudiera oír el canto de los pájaros. Y menos comprenderlo. El lenguaje de los pájaros es una metáfora tradicional del lenguaje sagrado, que permite la comunicación del hombre con la divinidad.

Hace más tiempo, en 1677, se imprimía un raro libro de Alquimia formado por quince planchas grabadas. De autor anónimo es el conocido Mutus Liber.  Un libro mudo de gran interés y de difícil interpretación pese a que en una llamada al lector explicaba “que aunque se titule mutus liber, sin embargo todas las naciones del mundo, los hebreos, los griegos, los latinos, los franceses, los italianos, los españoles, los alemanes, etc., pueden leerlo y entenderlo.”  La Alquimia, tan importante en la historia del pensamiento científico, posee unos aspectos iluminadores que hoy se suelen pasar por alto. Dentro del universo, de esa especie de teclado cósmico, muestra la posibilidad de moverse en la escala de vibraciones, desde las más groseras a las más sutiles. También en el plano del Alma y de la Conciencia. Tal es el último secreto de la Gran Obra, ascender en ese mundo como Jacob en su escala.

Ya nos decían los herméticos, los pitagóricos o los hindúes que el sonido, el Verbo, el Logos, tiene una cualidad vibratoria creadora. En Psicología y Alquimia, el Doctor Jung explicaba las relaciones entre la antigua ciencia alquímica, el inconsciente colectivo de la humanidad y lo que él llamaba el proceso de individuación psicológica.  En otro de sus libros, Psicología y Religión, sostenía que el arquetipo de Dios se encuentra en la conciencia humana.

Nos podemos aturdir con el ruido pero a veces conviene escuchar el silencio. ¿Qué queda cuando el diapasón se para?

En estos tiempos de zozobra e inquietud, con perplejidad, con horror y desolación contemplamos otro silencio en esta amarga y triste primavera. El aparente silencio de Dios. Bernanos afirmaba que el sufrimiento es el buen Dios.

Vemos horrorizados las filas de féretros, mentís a la ciudad alegre y confiada construida por los intereses creados. Tras una crisis de conciencia, Antón Chejov realizó una larga peregrinación iniciática a la remota y maldita isla de Sajalin. Viaje geográfico hacia el fin del mundo que tenía su trasunto en otro esotérico al fondo o las antípodas de su propia conciencia.  Al cabo, tras la búsqueda de sí mismo, explicaba: Yo todo lo que quería decir honradamente: ¡Echad una mirada hacia vuestras vidas y ved qué lamentables y desastrosas son!

Su estancia en la isla maldita provocó una reacción personal ante los horrores que veía. Le hizo aumentar su simpatía con los desheredados, con los humildes, con la humanidad que sufre. Chejov pensaba que las cosas no tendrían porqué seguir siendo así siempre, que era posible el progreso y confesaba a un amigo: Dentro de trescientos o cuatrocientos años, toda la tierra se convertirá en un jardín florido, y la vida será entonces extraordinariamente fácil y agradable. 

Pero el liberalismo humanista de Chejov: el de la libertad de conciencia y de expresión, los derechos civiles y la protección de los débiles, ha sido traicionado y convertido en otro, que representa todo lo contrario. El pensamiento único.  El despotismo de los poderes económicos oligárquicos que controlan a los media, cada vez más imposibilitados para ejercer su misión de contribuir a informar e instruir a la opinión pública, de controlar al Poder. El abuso de los poderosos grupos plutocráticos y sus gobiernos títeres contra los débiles y desamparados.

¿Cómo iniciar una vida nueva? La voluntad es el principio del cambio. El querer. Pero, ¿qué pasa con el saber que permita conseguir ese querer?

El pequeño Iván, protagonista de uno de los cuentos de Chejov más tristes y humanos, escribe una carta a su abuelo que vive en una lejana aldea: Ayer me gané una regañina. El amo me sacó al patio, tirándome del pelo, y me zurró, porque cuando les estaba meciendo al niñito en la cuna me quedé dormido sin querer… de comer tampoco hay aquí nada. Por la mañana te dan pan para tomar el kascha, pero no té ni schi. Se lo zampan los amos. … querido abuelito: ¡Hazme una merced en nombre de Dios! ¡Sácame de aquí y llévame a la casa de la aldea! ¡Ya no puedo aguantar más!… ¡Llévame de aquí porque me voy a morir! 

Y continúa suplicando su rescate: ¡Ven querido abuelito! ¡Por el amor de Dios te lo pido!… ¡Ten piedad de mí! ¡De este desgraciado huérfano! ¡Todos me pegan y tengo tantas ganas de comer!… Además, ¡Tengo una tristeza tan grande que no te la puedo contar!

Pero ¿qué pasó con el pobre y desamparado niño?

Antón Chejov continúa su narración. Tras acabar de escribir la carta, el pequeño Iván plegó la hoja escrita en cuatro dobleces y la introdujo en el sobre comprado la víspera… después de meditar un momento, mojó la pluma y escribió las señas: Para el abuelo que está en la aldea”. Luego se rascó y, tras un instante de cavilación, añadió a lo escrito: “Para Konstantín Makarich”.

Una hora después de introducir la preciosa carta por la ranura del buzón, mecido en sus dulces esperanzas, el niño dormía profundamente. Soñaba con una estufa caliente y que, junto a ella, su abuelito leía la carta de su rescate…

La desesperada carta del pobre niño no encontró respuesta porque no acertó a poner las señas. Cuando el hombre moderno deja de aturdirse con el ruido que genera, se desespera en su revelada orfandad. Y pese a todo, a tanta historia, tanta ciencia, tanta civilización no parece encontrar las señas del destinatario que le ayude a salir de la esclavitud.

En esta silent spring tenemos una nueva oportunidad de comprender e interpretar nuestro propio mutus liberLa Gran Obra es la transformación, el rescate de nosotros mismos. Así sea

 

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