Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

El nuevo Rey Lear

Lear

Silencio Kent, no te interpongas entre el dragón y su furia

Kent

¿Piensas que el deber tendrá miedo de hablar, cuando el poder se doblega a la adulación?

El honor debe rendirse a la sinceridad cuando la majestad se humilla a la locura.

Gonerila

Te ruego nos pongamos de acuerdo. Si nuestro padre ejerce autoridad alguna en la disposición en la que se halla, la resignación que acaba de hacernos de su poder no servirá sino para perjudicarnos…

¡Viejo inútil que todavía quisiera hacer alarde de aquellas preeminencias de que abdicó!

Gloster

El amor se enfría, la amistad se disuelve, los hermanos se dividen. En las ciudades, rebeliones; en los campos, discordias; en los palacios, la traición; y los lazos entre los hijos y los padres, rotos.

¡Y el noble y franco Kent desterrado! ¡Su delito fue la honradez!

Bufón

Deja tu bebida y tu puta y estate dentro de casa.

Si no sabes sonreír según el viento que sopla, pronto te aterirás de frío.

(Shakespeare, El Rey Lear, Acto I; Escenas I, II, III y IV)

 

Pocas escenas más desoladoras y al punto reveladoras de la condición humana que la del decrépito emérito después de empinar el codo dando tumbos, solo, por las no menos empinadas calles de Vigo. Acaso huyendo de su conciencia, que se niega a ser ahogada en alcohol, a merced de ser humillado por el populacho, los volubles y cobardes súbditos que otrora, cuando era poderoso, ditirambo alabanciosos le aplaudirían.

El espectáculo no llega a la grandiosa, terrible y hermosa tragedia de un Rey Lear o un Ran, pero nos ofrece sugerencias inacabables para la reflexión. Sobre el Poder, la Justicia, el Honor, la Lealtad, la Dignidad moral y la misma naturaleza del hombre.

La traición está en los palacios como decía Gloster. Es consustancial a la dinastía que el padre traicione al hijo y que el hijo traicione al padre. Tanto el padre de sangre como el padre adoptivo o benefactor al que se deben la posición y fortuna. Así ha sido, es y, probablemente, será. Resulta fatal cuando la soberbia, la ambición, la codicia, la hipocresía, la lujuria, el apetito desordenado de poder carece de barreras, ni siquiera se subordina ante lazos apenas existentes de amor filial o conyugal, salvo el del miedo común a la perdición final de todos. A que les sean arrebatados los inmerecidos privilegios de la tribu.

Como aprenderían con gran dolor en sus propias carnes el Rey Lear o el señor Hidetora Ichimonji  es muy peligroso abdicar cuando se tienen tantas fechorías perpetradas en el pasado. O cuando la autoridad constituye imposición legal o externa y no se basa en el propio mérito y la limpieza de ejercicio, en la auctoritas. Si hubiese sido un hombre culto el emérito debiera haberlo sabido cuando fue obligado a abdicar. La absoluta impunidad se acababa. Era cuestión de tiempo. Y no mucho.

¡Qué arda la casa, pero que no salga el humo!” Acostumbraba a decir mi sabia abuela que por méritos profesionales propios y no por injusta cuota feminista alguna fuera directora general de Instrucción pública. Pero la naturaleza nos indica que pese a las barreras artificiales es raro que el humo no termine saliendo, denunciando la situación real a vista del más topo.

Hoy, el heredero, en plena crisis del Corinavirus que se puede llevar por delante a la Dinastía, o al menos el poco honor y dignidad que le quedaba, ha perdido otra oportunidad de hacer frente a la situación. Ha salido en la tele a leer malamente cuatro obviedades, demostrando una vez más que es un pésimo actor, que el reino le viene muy grande o que está sometido a chantaje. O todo junto. Una soflama huera, tópica, tan inútil y prescindible como él mismo. Pese a sus contrastados vicios históricos al final los Borbones lo que dejan es una sensación de esperpento grotesco y de falta de grandeza incluso para el mal.

Ran, la tremenda adaptación de El Rey Lear realizada por Kurosawa es una gran obra maestra. En ella se muestra como las intrigas vengativas de una mujer envilecida, Kaede, esposa sucesiva de los dos herederos mayores del señor Hidetora, Taro y Jiro, trasuntos japoneses de las malas hijas de Lear, Gonerila y Regania, termina destruyendo el clan Ichimonji. El hermano bueno, Saburo, el equivalente a Cordelia, también resultará asesinado.

Al final de Ran, que en japonés significa caos o miseria, el gran artista, el sabio humanista, Akira Kurosawa nos da una última e inolvidable lección. Huyendo de la violencia y el espanto desatados, Tsurumaru, el pobre joven cruelmente cegado por orden de Hidetora, se encuentra peligrosamente al borde del abismo de su antiguo castillo destruido. Y, para colmo, ha perdido la imagen de protección de Buda que le había dado su bondadosa hermana Sue, el contra arquetipo de la maléfica Kaede, poco antes de ser vilmente asesinada. ¿Caerá?

 

La humanidad está cegada, al borde del desastre y ha perdido el sentido espiritual, la concepción metafísica del Ser, de la vida y de la muerte. Es decir, de la Cultura.

Urge recuperarlos.

 

 

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