Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Jiménez Lozano y la nostalgia de un mundo deshabitado

Conocí personalmente a José Jiménez Lozano hace muchos años durante un breve encuentro en la librería anticuaria de mi amigo Rafael Molina, junto a la iglesia de San Sebastián. Me lo presentó, estuvo comentando algunas cosas en relación con el Siglo de Oro. Creo recordar que buscaba un libro sobre o de Teresa, Molinos o algún otro protagonista de la  Mística española. No sé.

Cuando Jiménez Lozano se fue, Rafael y yo seguimos charlando sobre literatura. Era un auténtico privilegio hablar con Rafael, que no era un mercader sino un librero de vocación, una de las personas más cultas, acogedoras y amables que he conocido. Tengo la impresión de que cuando vendía un libro se llevaba un disgusto solo mitigado por el consuelo de que el comprador iba a saber apreciarlo. Por amistad o fraternidad bibliófila cómplice que no por negocio, me recomendaba o me buscaba ediciones raras o descatalogadas de libros curiosos. Una vez me proporcionó una ejemplar de Los Borbones en pelota, la irreverente pero lúcida obra de los hermanos Bécquer, que presté al hoy director de ABC y no sé si aún la conserva dadas las obligaciones de su empinado cargo.

Rafael abominaba de los “discípulos aventajados de Robespierre”, como llamaba a los insensibles encuadernadores demasiado dados a guillotinar sin respetar márgenes. Pensaba que uno de los mayores crímenes del socialismo patrio había sido cerrar la antigua Editora Nacional y destruir sus publicaciones so pretexto de que el malvado dictador procuraba mantener la Cultura y Tradición españolas, crimen por lo visto imperdonable para los herederos del sectario Iglesias. Un tipo maniqueo bronco. Un paleomarxista poco amigo de matices y distingos culteranos o de posmodernismos neomarxistas que sostenía que “sólo quedan dos clases sociales. La burguesa y la obrera.”  Y “que el odio entre una y otra tienen forzosamente que existir”.

Era la época de Estudio Uno y luego de La Clave, terribles y peligrosos programas afortunadamente sustituidos gracias al pertinaz socialismo por los exquisitos y filantrópicos Sálvame o Gran Hermano.

Por desgracia, mi amigo Rafael murió muy joven cuando trasladaba sus queridos libros a otro local cercano de la calle Santa Isabel.

No es casualidad, por tanto, que Jiménez Lozano frecuentase su librería. Un centro de pensamiento y de amor a la literatura española en el barrio madrileño de Las Letras. Lugar que guardo con especial cariño pues fue donde yo viví de niño y de joven, en la vecina calle de Amor de Dios protegido por el de mi familia.

Decía Cernuda que no es el amor quien muere sino nosotros mismos. Ojalá. Vamos desapareciendo poco a poco las gentes de las más veteranas generaciones españolas y no me parece que vaya habiendo suficiente recambio.  Como lamentable signo de los tiempos cierran librerías de nuevo y de viejo. Cada vez se lee menos y se ignora más. La prodigiosa Cultura española se ve hoy amenazada por una instrucción pública y una educación cada vez más deficientes y degradadas. Si los arbitristas barrocos soltaban latinajos viniesen o no a cuento para demostrar su erudito estar al loro, ahora lo moderno es colocar alguna bárbara palabreja gringa. Como si el español no tuviese cientos de miles de palabras en su Diccionario y hubiera que usar el comparativamente paupérrimo inglés, lengua de piratas y boxeadores.

El desprecio al español y nuestra Cultura se ha convertido en prenda de honor entre nuestras ágrafas autoridades encaramadas a la cucaña o los infames personajillos de la subcultura de masas vilmente promocionados por los prostituidos media que, como bien sostiene cierta valiente y hoy denostada personalidad política, se enriquecen arruinando a la Nación. Y dando coces a la Gramática.

Jiménez Lozano es una de las últimas personalidades desaparecidas de ese mundo que poco a poco va quedando deshabitado.  Como homenaje a su memoria y como recreo del alma sugiero la relectura de una de sus obras Guía espiritual de Castilla en la que nos invita a un viaje por la Castilla inmensa y eterna. Ese islote de hombres libres que además de por un paisaje, también lo es por el tiempo, por nuestra historia.

Una guía que comienza con la semblanza de una de las joyas del arte español. Nada más y nada menos que la ermita de San Baudelio de Berlanga.  Con su mítico tronco de palmera pétrea de copa iniciática, trasunto del Árbol de la Vida.

Árbol cuyos frutos ojalá permitan un nuevo renacer espiritual, intelectual y cultural de España.  Lo anuncia el salmo hilozoísta: «El Justo florecerá como la palmera»

Descansen en paz.

 

 

 

 

 

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