Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

28 de febrero. Día de la matria andaluza

Hoy 28 de febrero se celebra el día de Andalucía o de la “matria” andaluza según pretenden podemitas, hembristas y demás terroristas de la Gramática. Una cosa remotamente inspirada en la fementida patria con chilaba moruna imaginada por Blas Infante en algunos de sus peores delirios. Infante es el proclamado Padre de la Patria Andaluza, un orate de igual servicio en Andalucía que Sabino Arana en Vascongadas, Prat de la Riba en Cataluña o el primer Vicente Risco en Galicia. Todos con rasgos comunes, integrismo, fanatismo, racismo, antiliberalismo, aunque con matices distintos según cada región española.  Y es que, en efecto, a Infante le vino una querencia moruna, que con personal desparpajo asimilaría al hecho diferencial andaluz. No deja de ser interesante la utilización del Islam para promover el nacionalismo andaluz. Cuestión que presenta paradójicas sinergias con el multiculturalismo promovido por el Gran Capital financiero internacional y que no menos paradójicamente promueven las presuntas y desde luego cerriles zurdas españolas para debilitar a las sociedades y a los Estados nación.

La cuestión de la Andalucía política y el Islam no es nueva. Además del precedente de la aventura de Infante, en 1978 el ex seminarista y ex miembro del PCE Antonio Medina, converso con el nombre de Abderrahman, fue impulsor del llamado Frente para la Liberación de Andalucía (FLA) y luego con fondos marroquíes de la Yama ´a Islámica y la Universidad Averroes en Córdoba. Habsawi, imán de Sevilla de origen melillense, trata de recrear un Islam deísta, más relacionado con la tradición mística heterodoxa del sufismo y acaso con ciertas tendencias de la New Age.

Ya en 1986, un tal Muhammad al Mu´tamid funda el Frente Andaluz de Liberación para recuperar el mito del Islam tolerante como base ideológica de una futura Andalucía independiente de la malvada España integrista y destructora. Una mohatra parecida a la de Arana, Prat de la Riba o Risco.

Hace años hubo gente bienintencionada que consideraba el sistema autonómico como motivo de esperanza. País Andaluz es un curioso documento no muy profético ni científico, paradójicamente publicado en Cádiz por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas también en ese mismo año 1978, durante el periodo preautonómico, cuyo autor es Manuel Ruiz Lagos. El documento citado, muy interesante para comprender ciertos anhelos y esperanzas depositadas en el entonces futuro y hoy fracasado régimen autonómico andaluz, presenta una serie de “ideas” fuerza relacionadas con la configuración de la “nacionalidad” andaluza. Así, contra la sabiduría popular basada en la experiencia y expresada en el clásico “del jefe, del político y del mulo, cuanto más lejos más seguro”, se denuncia lo intrínsicamente perverso que es el centralismo y lo bueno que sería una Andalucía autonómica para curar sus males endémicos. O la validez del fisiocratismo para Andalucía. O la “devolución” de poderes al “país andaluz”. O la glosa del pionero Blas Infante, nacionalista andaluz fusilado durante la guerra civil, incluso con fotos en las que aparece disfrazado de pintoresco moro fantasmón, y de sus planteamientos políticos: el “liberalantismo”. En el fondo adaptaciones o recreaciones locales del mito rousseauniano: el hombre salvaje, en este caso el andaluz, es bueno y el Estado, España (o Madrid), le hace malo.

Pero volviendo a Blas Infante, el ensayo de Ruiz Lagos glosa de modo detallado su figura y su obra a favor del nacionalismo andaluz. Su defensa de la “dictadura pedagógica” que ha de promover el comunitarismo social y conducir a la felicidad de los hombres, aumentar las riquezas del espíritu y el poder para liberarlas. Su intento de promocionar un alma colectiva de la liberación, su apoyo al programa colectivista de Joaquín Costa si bien matizado con una visión fisiocrática a la andaluza. Una contradicción porque el cacique medra especialmente entre los lugareños. Y Ruiz Lagos nos habla de la nostalgia de Infante por la Andalucía islámica expresada en su obra teatral Motamid: “Andalucía se presenta en la historia como un dorado exilio pacífico ante las fuerzas de la barbarie norteafricana, demoledora y dictatorial y el empuje fanático intransigente de los reyes cristianos de León y Castilla”. Curiosamente, Risco echa la culpa de los males gallegos a las razas morenas ibéricas norteafricanas que dominan a los inteligentes y puros ejemplares rubios celtas gallegos. El tal Motamid es un islámico trasunto del propio Infante, convertido al Islam en 1924 con el nombre de Ahmad. En efecto, para Infante, Andalucía sería el ejemplo de la liberalidad y de la tolerancia, el punto más distante de los extremismos y del fanatismo. Cosa que de ser cierta también podría achacarse, y con mayor propiedad, a la Castilla originaria de Fernán González y los jueces Nuño Rasura o Calvo Laín, o de las behetrías y fueros de libre albedrío. La calificada por el  historiador republicano don Claudio Sánchez Albornoz como “un islote de hombres libres en la Europa feudal”.

Es preciso reconocer que tras varias décadas de autonomía las cosas están comparativamente peor para Andalucía que cuando se editara el esperanzado panfleto del que hacemos mérito. Muchos de sus males tradicionales se han agravado con la misma, incluida la pavorosa corrupción rampante consustancial a la hegemonía socialista. Hay que admirar como logro insuperable de la autonomía socialista por ejemplo todo el asunto inacabado de los EREs que deja en pañales la cervantina cofradía de Monipodio.

Desde la publicación de País Andaluz han pasado ya cuarenta años y de algún modo los viejos problemas persisten aunque transformados. La Andalucía autonómica, hasta hace pocos meses siempre en manos socialistas, lejos de haber mejorado en términos relativos, y por mucha nacionalidad que sea, sigue a la cola de España y como gran campeona de magnitudes negativas, incluidas las lacras de la incultura, del paro endémico y de la falta de movilidad social. Así, pues, el problema se ha revelado que no era la autonomía del pueblo andaluz más o menos desligado de la suerte del resto del pueblo español. Ni tampoco se ha demostrado que los andaluces fuesen mejores que el resto del pueblo español y que bastaría con librarse de la servidumbre de Madrid para alcanzar una anhelada edad de oro a la andaluza. Al contrario, en la práctica, a la luz de los hechos, la autonomía ha servido para retroalimentar el atraso cultural, moral, intelectual y económico de esa querida región española.

 

 

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