Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

La plaga de la langosta

Con lo de la langosta no me refiero al brillante gobierno socialcomunista de Su Majestad con su abigarrada y voraz horda de sectarios, fanáticos, censores, represores, embusteros, cínicos, psicópatas, preciosas ridículas, catedráticos lisérgicos, astronautas en órbita excéntrica, vendedores de burras ciegas, agentes venezolanos, lúbricos íncubos nocturnos aeroportuarios, shoshos, pishas enmucetados y demás tropilla desconcertada.

Tampoco a una nueva inoportuna factura de banquete mariscada de heroicos sindicalistas con cargo a ERE o el erario.

No. Me refiero a un bicho pernicioso al que le ocurre como a los socialcomunistas que si es malo a nivel individual resulta terriblemente nocivo en grandes bandadas. Por eso fuera una plaga bíblica que hoy, bien por naturaleza o por premeditada ingeniería del crimen globalista, ataca de nuevo. Los onerosos expertos del habitual tente mientras cobro lo achacarán al cambio del clima climático climatizable o sorosiano, pretexto tan socorrido y “científico” que lo mismo vale para un roto que para un descosido.

Los animalistas las disculparán porque según su necia mentalidad los bichos que en realidad molestan y son perjudiciales y dignos de ser exterminados son los humanos, menos ellos claro está. De modo que las langostas, langostes y langostos están en su derecho de provocar hambrunas y penosas migraciones humanas. Claro que se ve muy bien la cosa desde la ciudadela urbana. Oportunamente protegidos por las barreras que la Civilización opone a las más indeseables acciones de la naturaleza.

Los urbanitas siempre han tenido una cierta querencia al tema pastoril. Una protesta sui generis de la cultura y una vuelta fingida y más falsa que la honradez socialista o el virgo de la Celestina, a lo elemental del vivir, al primitivismo indigenista amazónico o del Ampurdán. Querencia que se agudiza cuando la gente se puede permitir el lujo de sentir una suerte de fatiga, de cansancio en su vivir. Cervantes lo explica en la Galatea, Lope en la Arcadia, o Menéndez Valdés en sus Églogas pastoriles. Y nuestros ignorantes actuales se lo creen porque lo dice la tele y lo repiten la plaga de mercenarios tertulianos. Las estrofas cambian y ahora se emplea la prosa a la que se le da prestado toque «cientificista» para que mejor cuele. Y si no, el barriobajero habitual de la más refinada audiencia.

Pero desgraciadamente la amenaza de la langosta es real: los datos son escalofriantes según la FAO.

Solo uno de los enjambres de langostas del desierto compuesto por millones de insectos hambrientos observado en el norte de Kenia tenía unos 2.400 kilómetros cuadrados, tan extensa como la superficie del área metropolitana de París.

Al parecer la dinámica de poblaciones de esta plaga está muy íntimamente ligada al régimen de lluvias, de modo que la aridez frena el crecimiento de las poblaciones de langostas y la humedad lo potencia. Una barrera pluviométrica estaría en torno a los 200 milímetros anuales. En países desérticos como Arabia Saudita llovíó mucho más en años anteriores y es posible que tal sea una de las causas más importantes de la dimensión actual de la plaga.

Se calcula que podría afectar a unos trescientos cincuenta millones de personas en África oriental que ven terriblemente afectadas sus posibilidades de alimentación. Tras arrasar cultivos en Kenia, Somalía  o Etiopía, también se desplazan sus movimientos migratorios a Eritrea y Uganda. Y en dirección a Asia: Irán, Pakistán y la India, en donde ha devastado extensas áreas de cultivo.

Si no se pone freno a la plaga a partir de la primavera o del verano se podrían producir terribles hambrunas y una estampida hacia Europa de gentes desesperadas en busca de comida.

Tanto si se trata de una maniobra globalista premeditada en la línea del llamado Plan Kalergi o de una simple acción natural de escasa influencia antrópica, las consecuencias pueden ser terribles. Cierto flamante ministro sanchista acaba de sostener con cara de piedra, lengua de trapo y parece que en serio, que España necesita unos diez millones de invasores más. Él los llama migrantes, pero me temo que esa abundante remesa pudiera completarse en pocas semanas si no se hace nada para acabar con la amenazante langosta del desierto.

Para colmo, otro factor de preocupación o irresponsabilidad más. El Senado italiano va a permitir el enjuiciamiento del ex ministro Salvani no por ningún delito común sino por la opción política programática de intentar poner freno a la invasión de las costas italianas por gentes, triste mercancía de la nueva trata, procedente de África. Un aviso a los que se oponen a las funestas directrices globalistas de facilitar la invasión musulmana y negra en Europa.

Sin embargo, se acaba de conocer una buena noticia: la aprobación judicial internacional de la legalidad de las llamadas devoluciones en caliente de invasores violentos. Se trata de una cuestión doblemente paradójica. Primero, el que nadie ajeno meta sus narices y puñetas en lo que constituye, o debiera constituir, una decisión soberana de cada Estado, la forma de protección de sus fronteras. Segundo, el nutrido coro de plañideras bien alimentadas que se lamentan de algo tan elemental como la posibilidad real de proteger las fronteras y con ellas el estado de derecho y la convivencia pacífica amenazada por los invasores.

 

 

 

 

 

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