Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Once de Febrero

Hoy martes once de febrero no está de más recordar que tal día como hoy de 1873 se iniciaba la agitada Primera República tras la salida de España de Amadeo de Saboya. Pese a ser una persona bienintencionada y ajena a corrupciones, parcialidades y camarillas palaciegas, o quizás por eso mismo, su reinado fue saboteado y no llegó a cuajar. También es verdad que su principal valedor, el general Juan Prim, había sido “oportunamente” asesinado unas horas antes de su llegada a España.  Un magnicidio, el primero de una serie de estratégicos asesinatos de presidentes del gobierno españoles que nunca llegaría a esclarecerse del todo, acaso por ser resultado de una conspiración de gentes muy poderosas.

En setiembre de 1868, tras La Gloriosa la reina Isabel II había huido según cuenta el experto en esperpentos borbónicos y de lo otros, Ramón María del Valle Inclán: “Doña Isabel puso píes en polvorosa, tirando los trastos de reinar, porque el cristo revolucionario la sorprendió en lugar vecino a la frontera, donde tomaba los baños de mar tan saludables para el humor herpético”.

Don Amadeo fue el único que se prestó a ser rey de España casi por caridad, tras una pintoresca búsqueda de candidatos a la Corona española por diversas cortes europeas, a la que no es ajena como resultado indeseado la guerra franco prusiana de 1870.

Pese a que frases célebres triunfalistas como la de que “los directores de los partidos republicanos estamos unidos para todo”, el mismo Valle ponía las cosas en su sitio: “¡Bah! Desengáñese El Motín, las cosas suceden cuando Dios quiere, y peor que la desunión republicana es hablar de ella como lo hacen algunos periódicos de la cáscara amarga, pinto el caso que diría el novelista montañés”.

La Primera República no llegó a durar un año. Apenas once meses de sobresalto en sobresalto y de violencia en violencia hasta que a primeros de enero de 1874 se pusiera piadoso fin a la aventura.

Su fracaso no es de extrañar porque se trataba de imponer una República federal. Cuando se proclama la I República, España parece estallar en pedazos, dando lugar a una abigarrada pepitoria de cantones, y localismos que impiden el gobierno. Dos presidentes catalanes, Figueras y Pí y Margall; y dos andaluces, Salmerón y Castelar todo ello en menos de un año. Y don Emilio gobernando por decreto con las Cortes suspendidas desde finales del verano. Catalanistas federalistas supuestamente progresistas, aliados con la irredenta carcundia carlista y la ayuda de violenta gente del bronce, protagonizaron una etapa especialmente siniestra de la Historia de España.

La desconexión entre las instituciones oficiales y la sociedad real era apabullante. Se gobernaba a trompicones sin el control efectivo del aparato de Estado, mientras el caos agravado por la subversión violenta de carlistas y federalistas se cebaba contra la población civil.  En setiembre, Castelar intentó reconducir la situación pero ya era demasiado tarde. Clausuró las sesiones parlamentarias y gobernó por decreto. Cuando ya en enero de 1874 quiso someterse a una moción de confianza, su amigo el gobernador militar de Madrid, el general Pavía, le aconsejó que no lo hiciera porque la iba a perderla y entonces «no iba a quedar más remedio» que intervenir. Así fue.

Ahora que una nueva feroz tropa desarrapada y santiguadora de bolsillos ajenos trata de imponernos otra constitución federal conviene recordar las peripecias del debate parlamentario mientras se discutía.  Y la voz del diputado canario don Fernando León y Castillo sigue siendo de plena actualidad.

Y es que había gente sensata y no todos los republicanos estaban afectados por las ideas federalistas del barcelonés Pí y Margall entre otros. Los sectores más conscientes de la situación ven venir el desastre en la impotencia. El proyecto de nueva constitución republicana federal es arrumbado en agosto tras las intervenciones entre otros de diputados como León y Castillo, cuyo lúcido discurso en las Cortes durante una memorable sesión de debate acerca del proyecto constituyente debiera ser recordado para una mejor memoria histórica y educación para la ciudadanía.

Insistimos. Este asunto no acaba en el siglo XIX. Contra la opinión de Ortega, los defensores del Estado integral republicano como Azaña pensaban que los estatutos de autonomía servirían para reforzar a España y la república, pronto se vio que los sectores más extremistas los consideraban como una plataforma para la escisión. Ortega demostró conocer mucho mejor lo que son capaces de dar de sí nuestros separatistas que el polémico político alcalaíno.

En ninguna de las experiencias republicanas anteriores cabe hablar de una constitución federal. La idea “federal” en la tradición española, salvo los pimargalianos y los anarquistas bakuninistas, como mal menor,  probablemente era más frecuente entre los monárquicos partidarios del Antiguo Régimen. En efecto éstos contaban con el régimen de fueros, jurisdicciones locales y privilegios como una barrera para la libre circulación de las ideas, las mercancías y los hombres propias del sistema liberal, si se evitaba la unidad de acción en todo el territorio, sería más fácil mantener los privilegios y en general el status quo pre-existente.

Estamos ahora en periodos tumultuosos con una cierta sensación de final de etapa.  Las instituciones fallan de nuevo. La gente más lúcida o conocedora de nuestra Historia cree necesario un cambio en profundidad. El presente sistema autonómico se revela insostenible o incompatible con la conservación de logros sociales, o con una salida pronta y razonable de la crisis del Régimen para la mayoría de la gente que sufre sus consecuencias.  Sin embargo, algunos partidos, bien que en cierta decadencia intelectual y de influencia política siguen proclamando su federalismo. Un federalismo asaz curioso porque a diferencia de otras naciones y procesos históricos se hace para separar no para unir o integrar.

Uno de los precedentes autóctonos de la actual deriva confederal autonómica o de la unión contra natura entre el socialismo hispano y sus aliados nacionalistas y golpistas son los cantones decimonónicos, una especie de átomos de soberanía radioactiva resultado de la fisión nuclear de la antigua soberanía española. Los cantones son una manifestación del particularismo ibérico en un tiempo que como decía el portugués Ramos Oliveira, “cayó el gobierno de España en manos de Cicerón cuando más hubiera necesitado a César”.

Aunque hoy las luchas entre CCAA son pacíficas, limitadas por el momento al mejor saqueo o arrebañado de presupuestos a la mejor gloria de los caciques territoriales que las dirigen, durante la Primera República hubo combates violentos entre los cantones. Por ejemplo entre el cantón de Sevilla y el de Utrera. La escuadra fondeada en Cartagena, la más moderna y con planchas de acero en el casco, fue confiscada por el cantón cartagenero rebelde al gobierno republicano y se fue a bombardear a la peligrosa potencia extranjera de Alicante. Cuando el pueblo de Jumilla se declaró soberano anunció solemnemente que:

“Jumilla desea estar en paz con todas las naciones extranjeras, y sobre todo, con la nación murciana, su vecina; pero si la nación murciana, su vecina, se atreve a desconocer su autonomía y  traspasar sus fronteras, Jumilla se defenderá, como los héroes del dos de mayo y triunfará en la demanda, resuelta completamente a llegar, en sus justísimos desquites, hasta Murcia, y a no dejar de Murcia, piedra sobre piedra.”     

No sabemos si los intereses beneficiarios de la España autonómica se encastillarán al modo numantino hasta que del llamado Estado del Bienestar tampoco quede piedra sobre piedra. Pero sería bueno aprender de nuestras anteriores experiencias históricas, sobre todo cuando resultaron fallidas como nuestra Primera república.

En estos momentos en que el presente desencuadernado Régimen monárquico, amenazado por la abigarrada patulea sorosiana, se desacredita y deslegitima a la vista del más topo, uno de los factores fundamentales a tener en cuenta es el del mal llamado federalismo. Un vicio interesado de catalanes pero azuzado por conocidas potencias extranjeras que pueda terminar de acabar con lo poco que nos queda de soberanía.

Cabe hacerse una vez más las dos preguntas básicas:

¿Para qué federar lo que ya está unido?

¿Cuál es el átomo indivisible de soberanía a federalizar?

Bajo el chantaje, cabe la posibilidad de que ya esté apalabrada en secreto una modificación de la lamentable constitución del 78, pero en un sentido en verdad contrario al deseable para el bienestar de la nación y de los españoles, que es el refuerzo de la unidad y de las fuerzas centrípetas.

Y es que el conocimiento de la Historia parece que sirve de poco salvo para particulares vendettas sectarias.

 

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