Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Ministro a la fuga

Se ha sabido que el valetudinario ministro de cuota colauresa, un charnego filogolpista catalán made in Albacete, ha salido por patas para refugiarse en su lujosa mansión californiana. Natural perplejidad en su ministerio, seducido y abandonado. ¿Dónde está nuestro Manolito? ¿Lo habrán secuestrado? Pero, qué raro, ¿quién lo querría?

No parece haber tal. Sin encomendarse a Dios ni a Soros, el lisérgico ministro amigo de la meona Purita se ha cogido motu propio unas semanas de vacaciones para arreglar, dicen los más enterados, algunos asuntillos personales. Acogido a la malvada pax americana, a miles de kilómetros de distancia, rodeado de actores y actrices de verdad, lejos de los escándalos y morcillas de sus colegas gubernamentales.

En su hermosa mansión, lo de Galapagar es cosa de ambiciosos paletos presumidos, entre el lujo del comunismo bien entendido, aparecen toda una serie de recuerdos, emociones pasadas, logros y frustraciones. Además, Berkeley es mucho. Toda una generación desquiciada. Un desvarío estupefaciente, servido por servicios secretos inconfesables. La cosa no terminó muy bien pese a haber pillado Nobel de matute. Claro que aún podía haber acabado peor, a lo Easy Rider.  Pereza por el presente, si quedasen ganas habría que preparar las próximas movidas organizativas, ascensos y purgas, remover o crear poltronas, planear escandalosos dímes y diretes para mejor granjería de trileros.

Para ello nada mejor que contemplar el ir y venir de las olas. Un momento como entes individuales con entidad propia, al inmediato siguiente, perdidas en el informe nirvana oceánico.  Algo parecido, burguesas alegorías románticas aparte, a las oportunas sociedades instrumentales que ocultan identidades al fisco o al fiscal.

¡Qué lección!, dejar mecerse en el ensueño narcótico, en la melopea salada del caprichoso devenir del tiempo.

Hoy, nada más y nada menos que flamante excelentísimo señor ministro de la pertinaz monarquía para lo que el enemigo guste mandar. Mañana, acaso perdido en lo más sombrío entre las sombras. No en algún espacio maravilloso del paraíso psicodélico sino en el último círculo infernal que concibiese Dante.

¿Volver o no volver? He aquí la cuestión.

 

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