Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Animalistas y progres contra Sistemas agrarios

En la posguerra española el conocimiento práctico de los recursos agrarios y de su gestión era muy elevado y trataba de enfrentar las condiciones de penuria existentes. Las antiguas publicaciones del Ministerio de Agricultura, incluidas las de divulgación y extensión agraria eran muy buenas desde el punto de vista del conocimiento de la realidad agraria y forestal. Sobre todo durante los primeros años, saqueado por los socialistas el oro del Banco de España y cuanto valiese para su pillaje, sin apenas divisas, y sin ayudas exteriores como las que recibieron la mayoría de los países europeos, salvo alguna de la Argentina peronista, la autarquía obligaba a gestionar lo mejor posible lo poco de lo que se disponía.

Para lograr auténtica sostenibilidad se trataba de distinguir lo que puede considerarse renta de lo que sería capital natural. Se conocía el medio al menos en su aspecto cualitativo porque a nivel estadístico existían notables lagunas. Especialmente desde que las magnitudes en términos reales van siendo progresivamente sustituidas por otras expresadas en términos monetarios, lo que dificulta el análisis y comparaciones en términos de biodiversidad, especies implicadas, o flujos de materia y energía de los diferentes sistemas agrarios.

Con posterioridad, cuando ya los sistemas tradicionales se habían desestabilizados por la emigración, o la creciente incursión de la agroindustria hubo un grupo de estudiosos españoles, como José Manuel Naredo, Pablo Campos, o Javier López Linage, con los que en otro tiempo tuve el honor de colaborar como ingeniero agrónomo. Eran investigadores preocupados por el conocimiento, mejora y en algunos casos rehabilitación de los sistemas agrarios tradicionales, incluyendo en este concepto una visión integrada  de diferentes aspectos de la vida rural tradicional como la vivienda, los aperos o los objetos útiles. Levantaron acta de un mundo perdido, en el que prevalecía el valor de uso sobre el valor de cambio, la escasez objetiva sobre la subjetiva, el ciclo cerrado y el largo plazo, y en que mal que bien, la gente a base de ingenio, conocimiento diferenciado de su universo y mucho esfuerzo, se apañaba para sobrevivir sin el uso intensivo de energía fósil.

Hace no tantos años se consideraba que la solución del problema social agrario era fundamental para la vida de los pueblos y especialmente para España. Durante la Segunda República este era uno de los problemas sociales fundamentales y muchos achacan al fracaso de la Reforma Agraria el posterior del propio del régimen republicano. Una Reforma instrumentada técnicamente entonces por el catedrático Pascual Carrión que resultaría demasiado lenta, desbordada por la acción revolucionaria de movimientos políticos y sindicales. Y también con un enfoque demasiado parcial, al centrarse principalmente en la Propiedad de la tierra en áreas latifundistas y carecer de una visión de conjunto o integral del problema, incluidos aspectos ecológicos relacionados con la producción.

Ya en la Transición se recrea un Instituto Andaluz para la Reforma Agraria (IARA) cuyo presidente fue José María Sumpsi, mi antiguo profesor de Econometría en la ETSIA de Madrid. Basado en la vieja mitología del reparto de tierras, y sin un apoyo adecuado de servicios, financiación y buenos gestores empresariales, su fracaso estaba anunciado y era cuestión de tiempo. En especial cuando la PSOE ideó otra forma de dominación menos peligrosa para sus intereses partidistas.

Como compensación de ese fracaso y para mantener su clientela de votos y pax social se estableció el sistema de las paguillas, el llamado PER, una especie de sopa boba frailuna actualizada en la que las gentes de la PSOE hacían de píos hermanos limosneros benefactores del convento. Los nuevos manijeros de la PSOE reparten el dinero entre afines como antes jornales los antiguos capataces del malvado amo. Una forma de mantener gentes dependientes y permanentes votantes del pertinaz socialismo.  Y también de no enfrentarse a los poderosos, a la vieja aristocracia o burguesía terrateniente. Un tinglado estable de corrupción, atraso e ineficiencia blindado con el lamentable sistema autonómico cuyo caciquismo estructural impedía la alternativa política.

En España ya no existe la antigua y dramática presión sobre la tierra pues la población empleada en la agricultura y residente en el mundo rural ha descendido enormemente, de modo que muchas extensiones de nuestros campos se hallan ahora solitarias, abandonadas, colonizadas por matorral o las primeras etapas de la sucesión ecológica y  los sistemas agrarios se han simplificado, perdiendo gran parte de su complejidad y riqueza ecológica, cuando simplemente ya han desaparecido.

Detrás de tan profunda transformación existen muchas causas, una de ellas es el cambio en la utilización de la energía y sus principales convertidores: plantas, ganado y máquinas en los sistemas agrarios. De singular importancia es, frente a la ganadería tradicional integrada, el desarrollo de la ganadería intensiva alimentada con productos propios del consumo humano como el maíz o la soja. Un combustible diferente del que usaban las máquinas vivientes de nuestra cabaña autóctona, más resistentes y mejor acomodadas al medio natural y capaces de aprovechar mejor los propios recursos pascícolas y la fotosíntesis no subsidiada con energía fósil, sirviendo además para la tracción en el caso del vacuno.

Hoy asistimos gracias a la manipulación mental de urbanitas ignorantes a otra vuelta de tuerca en el proceso aparentemente imparable de descomposición del mundo rural. La  nueva ofensiva bárbara y fanática se realiza contra actividades tradicionales de gran importancia ecológica como la ganadería brava o la caza. Actividades que forman parte de los hábitos y el ocio rural pero que constituyen actividades de extraordinaria importancia económica y social, también para el sector industrial y de los servicios.

La caza bien gestionada es fundamental en el equilibrio de los ecosistemas. El toro de lidia constituye una rara y preciosa joya zootécnica de gran importancia también para la conservación de las dehesas. Las dehesas constituyen un sistema agrícola, ganadero, forestal y cinegético de extraordinaria importancia ecológica en la España sujeta a las condiciones de la sequía estival. No obstante, su alto rendimiento medido en capacidad de producir proteína animal en relación con la energía fósil empleada ha ido reduciéndose con el tiempo como muestran los importantes trabajos con datos reales obtenidos con documentación contable de base por el investigador extremeño Pablo Campos. Un asunto muy importante que merece una garita aparte.

Pero el actual despotismo iletrado se mueve por prejuicios y o intereses bastardos y no admite razones. El nuevo gobierno de señoritos prepotentes e ignorantes al servicio de fuerzas que muchos ignoran es más de temer que un nublado o que la peste porcina o la plaga de la langosta, todos juntos. Probablemente, detrás de los actuales intentos de prohibir la caza se encuentre el deseo de los gobernantes despóticos de retirar las escopetas y rifles en poder de los ciudadanos, para evitar cualquier posible resistencia a la nueva tiranía que amenaza consolidarse en España.

 

 

 

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