Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

La Peste

“Pues sabía lo que la muchedumbre en fiesta ignoraba y puede leerse en los libros, a saber: que el bacilo de la peste no muere ni desaparece nunca, que puede permanecer adormecido durante años en los muebles y la ropa, que aguarda pacientemente en las habitaciones, las cuevas, las maletas, los pañuelos y papeles y que quizá llegue un día en que, para desdicha y enseñanza de los hombres, la peste despierte sus ratas y las envíe a morir a una ciudad alegre.”

(Albert Camus, La Peste)

Premio Nobel de 1957, admirador de Unamuno y Ortega, con preocupaciones acerca de la conciencia humana que nos recuerdan las de Dostoievski, Albert Camus fallecía en trágico accidente de tráfico el 4 de enero de 1960. Dicen que en su coche siniestrado se encontró un ejemplar de El hombre y lo divino, obra fundamental de la eximia pensadora María Zambrano. Una obra que quizás le había llegado demasiado tarde, justo a las puertas de la muerte: la conciencia misma se agranda tras un desengaño del amor, como el alma misma se había dilatado con su engaño. Si naciésemos en el amor y en él nos moviésemos  siempre, no hubiéramos conciencia.  Y esta luminosa sentencia convertida en una suerte de epitafio resume toda vida de plenitud, también la del gran humanista tan prematuramente arrebatado por la muerte.

Por una muerte absurda, como tantas de ahora, o de siempre, que sin embargo no le impidió constituirse en uno de los más notables y honrados testigos de su tiempo. Tiempo de búsquedas y desengaños, dirigido al alba pero arrumbado en el ocaso, en que, arrumbada o abandonada la metafísica, el hombre desligado resulta un extraño para sí y para su mundo verdadero: el que tiene que ver con el alma y el amor, auténticas medidas del universo.

Símbolo moderno de la conciencia, Albert Camus es testigo de los actos que se ejecutan sin ser demasiado consciente de ellos como los del señor Meursault, el protagonista de El extranjero (o El extraño, según la traducción de Sainz de Robles). Una vida en la ceguera, sólo aliviada por sensaciones placenteras como la tibieza del cuerpo desnudo de Marie, y que quizás ha de cerrarse con la furia o el insulto.

El drama personal de Camus es también el drama del propio y lamentable siglo XX, un siglo que había traicionado tantas esperanzas: así la del sometimiento de los demonios personales que se pretendía gracias a la psicoanálisis o la del comunismo que presuntamente habría de poner fin a la Historia con una civilización sin amos ni esclavos, pero que el cabo se ha revelado como lo que es: una ideología genocida que el humanista Camus abandonó asqueado. Una ideología que permanecía agazapada pero que hoy vuelve como la peste.

Albert Camus nació en Argelia donde trascurre su juventud. De ascendencia española por parte de madre que le enseñó nuestra lengua, su padre emigrado alsaciano, murió cuando Albert iba a cumplir un año, durante la Primera Guerra Mundial. No olvidaba los problemas de su Argelia natal. La búsqueda de una solución lejos de una imposible “reconquista” o del desarraigo de los franceses de Argelia, que si no tienen el derecho de oprimir a nadie, tienen el de no ser oprimidos  y el de disponer ellos mismos de la tierra en que nacieron. Para restablecer la justicia necesaria hay otros medios que el de reemplazar una injusticia por otra.  La sensación de la propia civilización amenazada. La descolonización no solo de Argelia ha resultado un desastre, acaso cada vez más complejo y difícil de manejar con el actual auge del islamismo fanatizado y propugnador de la sharia como código civil. Un Islamismo que ha pasado al ataque no ya en la Argelia pretendidamente ganada para la causa del laicismo neutro oficial, sino que está degradando la metrópoli republicana francesa con su indeseable multiculturalismo.

En las sociedades en las que se van difuminando las jerarquías y los órdenes morales, intelectuales y estéticos, en las que no hay modelos, o estos se encuentran deformados, se desvirtúa también el concepto de tolerancia y por tanto de sus límites. Tolerar no es consentir. Pues la tolerancia tanto como virtud moral como en su sentido técnico referido a los sistemas de calidad representa un ámbito en que se puede aceptar la diferencia o discrepancia de algunas de las características básicas de un integrante del sistema. Así, tal pieza puede aceptarse si no pone en peligro el funcionamiento del conjunto en su integridad. Lo primero que hay que conocer es el sistema axiológico en que la civilización se basa. Luego la capacidad de integración por la cantidad o por la calidad: por fallos no detectados, o si detectados no corregidos por diferentes intereses, en los subsistemas de educación, socialización e integración social que permiten la reproducción del sistema principal en el tiempo, impidan ésta y pongan en peligro la supervivencia de una forma de civilización. No puede funcionar bien un sistema democrático sin demócratas. Ni una república sin republicanos. Es decir: una sociedad solo puede ser crecientemente libre, próspera y justa si estos valores son vividos por las gentes que la integran. La progresía andante y mandante considera asaz impropio aspirar a la perfección. Son valores antisociales que degradan al ser humano los que promueve.

En su obra maestra, La Peste, Camus nos habla de una plaga que amenaza la ciudad alegre y confiada como diría otro premio Nobel, Jacinto Benavente. La ciudad dichosa e inconsciente hasta que se manifiesta el mal latente, oculto a los ojos de la sociedad. Cuando apareció la obra se consideró una alegoría del nazismo, esa peste que infectó cuerpos y almas antes de arrasar Europa. También de otro movimiento totalitario, el comunismo, causante aún de más muertes y desgracias. Pero no es cosa del pasado sino asunto de extraordinaria actualidad, la alegoría profética de un mundo que se nos desmorona desde hace unos años sin que hasta ahora hayamos advertido la profundidad y gravedad de la amenaza. En lo que llevamos de siglo XXI parecen volver en toda su virulencia muchos males que creíamos ya erradicados. Como nos advierte Camus: el bacilo de la peste ni muere ni desaparece jamás.

El siglo XXI nos muestra un nuevo proceso radicalmente revolucionario. La emergencia del mal ahora en forma de una nueva especie de comunismo devastador pero sin uniformes, cánticos ni correajes como en los años treinta. Un proceso de disolución del orden social, de la familia, de destrucción de la clase media, víctima de la hipertrofia de lo financiero, transformado en poder absoluto y autónomo, inaccesible en castillo desligado de lo real. Y es que Sánchez, Iglesias y sus bandas no aparecen con correajes ni desfiles uniformados. Ni siquiera se identifican con lo que son: comunistas despóticos y totalitarios o meros oportunistas del Poder. Los nuevos servidores del despotismo y mercenarios del gran capital reniegan de los símbolos patentes de orden y jerarquía. Son agentes de entropía moral, intelectual, económica y social. En el caso de España la situación se agrava con los intentos de descomposición nacional y disgregación en partes independientes y enfrentadas.

El mal se manifiesta y ataca a todos, sin respetar a los inocentes. Mas varían las actitudes de los diferentes personajes ante la peste. Así, el patético y abnegado Tarrou que la combate contra toda esperanza. Me quedo con la actitud del heroico y lúcido doctor Rieux, quien decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar a favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay más cosas en los hombres dignas de admiración que de desprecio.

Ojalá sobrevivamos a la peste que se manifiesta. Ojalá, esta nueva aparición de la peste posea una faceta buena, útil, educativa. Y nos sirva como al doctor Rieux para reconocer y promover las cosas dignas de admiración en el hombre. Un hombre y una civilización que debieran combatir la peste amenazadora con la educación y la escuela. Y promover como vacuna contra la peste y las ratas que la expanden una opinión pública ilustrada y consciente digna de tal nombre.

 

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