Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Otra ocasión perdida

“¿Qué nos llevó a tal estado de cosas? La descomposición de los partidos políticos.” (Manuel María Arrillaga).

La subasta de votos da el triunfo, no al más inteligente, ni al más culto, ni al más prestigioso, sino al que mejor paga.” (Santiago Alba).

 “Cada elección es una calamidad, cada comicio, un mercado; cada elector, un esclavo; cada ministro, un sultán; cada candidato, un fomentador de la pública inmoralidad, y cada acta, un padrón de escándalo e ignominia.” (Emilio Castelar).

 

Los mismos problemas se repiten una y otra vez en nuestra Historia. Sin embargo, cuando se compara la biografía de Felipe BI con la de sus más cercanos antecesores acaso podemos notar como principal diferencia la falta de sentido del ridículo, de conciencia de la importancia de lo que representa. La vaciedad e irrealidad de su retórica estupefaciente que parecería una desconsiderada burla al oyente cuya ilusión o esperanza por algo mejor menosprecia. Su escaso sentido de la situación real en la Historia. El permitir las mayores humillaciones. El no gobernar en nada, y menos aún en casa, desde que la hoy poderosa Dinastía Rocasolano fuese entronizada con mando en Palacio. O su atroz confusión entre lo que significa tolerar y consentir. Tolerancia, virtud del valiente y del capaz que sabe discriminar lo que se puede o no aceptar. Consentir, defecto del inútil o del cobarde que no entiende, o no es capaz de oponerse a lo que entiende y es su deber hacerlo.

Tanto a su bisabuelo Alfonso XIII como a su padre Juan Carlos I se les pueden achacar muchos errores y desatinos, corruptelas o amoríos viciosos, pero no el que no quisiesen dejar impronta de su posición y de su teórico valor en calidad de reyes. El estar presentes en la realidad política nacional.  Es decir, un cierto sentido de patriotismo. De que representaban una nación de siglos, España.

No es el caso de Felipe. Carece de grandeza. Mediocre entre los mediocres, al que ni los mejores y dedicados de sus ditirambo alabanciosos podrían achacar, y eso con harta generosidad y suerte, otra forma de estar en la poltrona que la conocida como patriotismo constitucional, en su forma más funcionarial o de menor implicación. Como si la Nación española no fuese anterior a la improvisación consensuada entre próceres sin proceso constituyente de 1978. Y la propia chapuza constitucional no estuviese en la razón de ser de lo que hoy nos pasa, con una Patria, la de verdad no solo el tinglado normativo, en peligro cierto de desaparecer tal como ha sido durante siglos.

El tiempo juega en contra. Ahora no vale el famoso adagio taoísta de que quien no actúa todo lo gobierna.  Estamos cerca del punto de no retorno o de aquel que por el fenómeno de la histéresis haga que la fatiga de materiales sea ya tal que no pueda recomponerse ni volver a la situación de origen antes de la excitación o agresión.

Se podrá argüir que, en estos tiempos de sabotaje de descomposición inducida de los Estados Nacionales y de sus propias Culturas a mayor gloria del globalismo usurero, la desmembración de España y la posterior semi esclavitud de los hoy auto considerados ciudadanos ya ha sido decidida por los omnímodos poderes fácticos financieros internacionales. Que, en consecuencia, no vale la pena hacer nada, ni menos resistirse, sino hacerse el muerto como las zorras y esperar la orden para iniciar el anunciado exilio. Es posible, pero eso no exime de responsabilidad como último Jefe de Estado, aunque lo sea de un Estado en rápida descomposición.

El esperado discurso de esta noche, otro fracaso. Sin compromiso, tipo kitsch, sección coros y danzas, faena de aliño con capotazos con el pico de la muleta hasta atontar y luego secundar al perplejo respetable con estocada pescuecera. Anodino, sin embargo no le faltaron las consabidas matracas progres o hembristas del cambio del climático o la supuesta discriminación de la mujer española, entre otras falacias. Por contra, del multimillonario saqueo socialista andaluz o de las burlas de los golpistas, nada de nada. Un discurso decepcionante, malo en el fondo y también en la forma, leído de modo monocorde, como un autómata con poca inteligencia artificial y nula emocional. Otra ocasión perdida. Otro error, cuando el Trono se tambalea y cada vez hay más patriotas españoles que le vemos como parte del problema antes que esperanza de su solución. De poco sirve apelar a la fortaleza de la sociedad cuando son las propias instituciones de la Monarquía las que la amenazan.

No se entiende esa pasividad, esa aparente desidia, esa melancólica resignación salvo que se busque una jubilación anticipada. Un ERE por necesidades organizativas, tecnológicas o de mercado, que les permita disfrutar no ya de la cola del paro sino tranquilamente de su incalculable fortuna, tras un: Ahí os quedáis, mundo amargo.

 

 

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