Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Navidad en Kali yuga

Con el solsticio de invierno vuelve la Navidad, fiesta principal del Cristianismo. El nacimiento del Salvador se encuentra envuelto en densas brumas históricas. Los evangelistas Mateo y Lucas escriben sendos textos legendarios, no sin algunas contradicciones entre ellos, donde predomina la parábola o leyenda teológica sobre la historicidad de los acontecimientos. Por no saber, no se sabe si fue Nazaret o Belén el lugar de nacimiento, ni tampoco su fecha exacta.

Sin embargo, pese a las amenazas islámicas, las degradaciones y granjerías de los mercaderes o los intentos sionistas de desnaturalizar antes de acabar con la festividad de la Navidad y lo que representa para buena parte de la Humanidad, ésta aún sigue viva en mucha gente, entre los que me incluyo.

Me parece que influyen varias causas. El hombre es un animal de nido. La nostalgia de nuestra infancia en una familia protectora donde identificarnos con el Misterio de un Bien vencedor de las injurias y las tinieblas. El Amor como protección. Para mí, no sé si el amigo lector comparte esta inquietante sensación, estos tiempos traen un cierto componente de pena, de fracaso. No solo por la desaparición de seres queridos, sino a nivel personal y generacional al comprobar el deterioro de nuestra sociedad por lo que se podría haber hecho y no se hizo.

Pero, porque desde el punto de vista psicológico la Navidad constituye un arquetipo de la divinidad, de lo sagrado. Una forma de epifanía o de manifestación de lo numinoso. Porque la figura de un Mediador constituye una necesidad psicológica del alma humana, mayor cuanto más conciencia de criatura contingente, falible, inmersa en el Kali yuga, se tenga.

La desnaturalización o erradicación de la Navidad por el neomarxismo sionista cultural supone una amputación de nuestro Ser. Y el emborronamiento del dasein, del Ser ahí que decía Heidegger. De una forma de revelarse en el hombre y en la Historia el arquetipo del Bien. Y también de una forma de salir de sí hacia el mundo.

La destrucción impune de nuestra Cultura sin que se construya nada mejor, ni siquiera igual, sobre sus escombros. Algo parecido a como si terroristas iconoclastas arrojasen botes de pintura roja sobre los cuadros más hermosos de los grandes autores. O se acompañase con pitidos, consignas o matracas de lumpen embrutecido la audición de La Pasión según San Mateo. Los protagonistas de nuestros mitos, en el sentido griego, de revelación espiritual del término, son cambiados o desnaturalizados. Los ángeles son sustituidos por “elfos” en los anuncios mercantiles. Los majestuosos reyes magos por un gordo gritón de la cocacola.

Ahora, bajo la tiranía de la posmodernidad y de la posverdad, estas reflexiones sobre arquetipos, Mediadores, lo sagrado, ya no son correctas y deberían ser desechadas por anticientíficas, por no ser mercancías para el lucro, por ser cosa de malvados fachas sin remedio. Pero la Navidad es una invitación a la Resistencia.

Nuestra condición psíquica se halla amenazada por los agentes dominantes y manipuladores ce una civilización en trance de dejar de serlo. Las luces y adornos exteriores de las ciudades en campaña comercial no pueden suplir la propia luz interior, ni menos, en una visión hilozoísta la de la Naturaleza en el baile cósmico del Sol y La Tierra en la eclíptica.

No es la Luz quien muere o renace, somos nosotros mismos.

 

 

 

 

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