Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

La plaga de la langosta y sus remedios

Sesudos miembros y miembras de los más diversos sanedrines y sanedrinas se encuentran reunidos en gabinete de crisis con suculentas dietas para tratar de averiguar si hay algo sobrenatural en esta pertinaz plaga de la langosta que acosa con extrema gravedad al infausto Reino de España desde que abdicara el Emérito.

Muchos se temen que en plaga tan persistente haya de algo de castigo divino por burlar tanto las leyes divinas como las humanas. Pese a sus encopetados discursos estupefacientes terminados para mayor INRI en un insólito e incoherente con su conducta ¡Coraje y valentía! Cuando lo cierto y contrastado es que no practica ni lo uno ni la otra, desde que Felipe BI se encaramó al trono vamos de mal en peor, en un concurso de calamidades, despropósitos, cobardías, humillaciones y ninguneos abochornantes que sólo se explicaría si el titular estuviera redondeando ahorrillos y preparando las maletas, pelillos a la mar. De Cartagena.

Los infinitos asesores de una parte de la abigarrada fauna política bombonera no saben qué hacer para combatir la plaga. En su pomposo master comprado todo a cien no venía la receta. ¿Qué hacer?: ¿lucha biológica o integrada? ¿insecticidas naturales? ¿DDT ahora que no mira Greenpeace ni la impertinente mocosa zumbada mohatrera? ¿Recurrir a MONSANTO o al Partido Demócrata que tanto saben de venenos mortíferos?

Lo que no presta posmoderno master ha de buscarse en la Tradición anterior a la posverdad.  Desde luego nuestra Escuela de Salamanca resulta demasiado noble, demasiado lúcida, demasiado subversiva, demasiado poco correcta para los castos oídos y pecaminosas manos de nuestros próceres y próceras de este fin de los tiempos.

Entre tanto, cierto erudito del cabildo rescata un raro ejemplar polvoriento, salvado de la última filantrópica quema de libros de arpías femicomunistas, titulado Reprobación de supersticiones y hechicerías, obra renacentista del maestro Pedro Ciruelo. En su Capítulo X de la Tercera parte: Disputa contra los que descomulgan la langosta y el pulgón y las otras sabandijas de las heredades, se explican los Juicios contra la langosta y el autor sentencia: “si no se van del término las condena a la pena de excomunión”.

Lamentablemente, la plaga ya no afecta solo a un término sino a toda España. Para colmo, la Conferencia Episcopal se muestra renuente a aplicar tan contundente medida ya que tienen los IBIs y demás prebendas en la cuerda floja. Remangándose oportunamente los faldones por lo del polvo, con perdón, del camino, van y alegan que esta forma de echar la langosta es supersticiosa y mala por dos razones. La primera es que son brutas y no pueden defenderse al no tener seso y razón para entender las cosas que dicen. La segunda es que las langostas son cosas que engendra la tierra española por causas naturales propias del Reino y no por operaciones de diablos. Luego los conjuros y amonestaciones canónicas de la Iglesia que el juez nigromántico les hace son en vano y la sentencia de excomunión contra ellas no es justa.

El remedio lícito y honesto para este peligro es que se hagan dos diligencias: espiritual y natural. La segunda es cosa de agrónomos. La espiritual es la misma que para los nublados. Que en los meses de primavera los clérigos cada mañana suban a bendecir los términos del lugar con los Evangelios. Pero tal cosa ha de hacerse desde luego sin que se entere la ecologista pachapapamama doña Francisquita no le vayan a fastidiar su lucrativa granjería cómplice.

Otros menos aseveran que también es muy útil la devoción a san Gregorio.

Sin embargo es preciso ir al origen de mal. Nada se puede hacer perdurable contra la plaga si no se ataca hasta intentar erradicarlo el foco de infección que se encuentra en el criadero de militantes. Y en las bajas pasiones de votantes y admiradores, obtusos, encanallados, envidiosos igualitarios, okupas, hembristas, drogadictos, amigos de lo ajeno y chusma en general.

Pero, sin duda, cabe recordar que para recuperar la voluntad divina la conducta de nuestros reyes ha de volver a ser ejemplar. Nada de estirarse los pellejos faciales, decir palabras mentirosas o dejar de penitenciar sus muchas vanidades. En cambio, es hora de disimulos y encomendarse a la modestia indumentaria popular del P. Ortega para mejor combatir las siete plagas que se avecinan.

 

 

 

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