Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Leonorcita no va a heredar

Creo es más fácil quejarse de los políticos, incluso con el recurso frívolo a chistes como efímeros fuegos artificiales, que tratar de entender el juego último  mecanismos que les mueven. A tratar de comprender algunas de las líneas de lo que nos ocurre dedico estas líneas. El caso es que un número creciente de compatriotas se va dando cuenta del verdadero papel mohatrero de la Monarquía en las instituciones españolas. Que hoy forma parte del problema institucional al facilitar una pátina de legalidad al proceso revolucionario en el que se encuentra inmersa España desde el golpe de Estado del 11 M. Y que no se opone sino que legitima, cohonestándolo como normal, el siniestro programa de destrucción de la unidad española que parece querer patrocinar los agentes del NOM. El último gesto desenmascarante ha sido nombrar candidato a presidir Su Gobierno a un personaje de la catadura del falsario en complicidad de bolcheviques, terroristas, presidiarios enemigos de España.

Hasta la abdicación de Juan Carlos I el tinglado de poder real recubierto con la máscara constitucional se basaba en la paradójica sintonía y complicidad entre el titular de la Corona y los dirigentes socialistas. Ambos se proporcionaban legitimidad y respetabilidad y aceptación ante sus respectivos públicos. Ambos se tapaban los abusos, desfalcos y la corrupción sistémica del Régimen. Para la plutocracia nacional e internacional la situación era muy conveniente. La demagogia del socialismo corrupto de falsa bandera con todo el aparato de control de la opinión pública permitía asoballar a la clase trabajadora, sometiéndola voluntariamente al régimen manteniendo el orden social, pese a que su situación en cuanto a derechos laborales y precariedad comparativamente fuese empeorando durante la supuesta democracia, poniendo en peligro a largo plazo incluso la estabilidad y continuidad de la clase media, el mayor logro del franquismo. O que, protagonizado o amparado por el socialismo biutifullero de falsa bandera, se perpetrara una radical desamortización del estratégico sector público español procedente de la política industrial, económica y social. Un patrimonio hurtado al pueblo español a precio de saldo que está en la base de muchas fortunas amparadas luego en el IBEX. Para colmo se iniciaba el proceso de generación de deuda mal llamada soberana, que precisamente destruye la soberanía nacional, arruina a los países, engorda el cáncer autonómico pero desde luego también los intereses y negocios de los usureros en la trastienda del tenderete. Era una época en la que el socialismo prefería cebarse y cebar a sus amos sin desmandarse. Este desmandarse significa caos, subversión, revolución, al servicio del NOM.

Pero ahora nos encontramos en otro momento histórico, claramente patente desde que se obligara a abdicar a Juan Carlos y se encaramara en el trono su inepto hijo. Ya el anterior paradigma no vale. La abdicación de Juan Carlos formaba parte de este proceso revolucionario porque la figura del anterior rey se consideraba un mayor obstáculo para tal desarrollo, que la que puede significar la inane en lo intelectual y moral de su hijo. Durante el desquiciante y lamentable reinado de Felipe, el condecorado con la Jarretera por el enemigo okupa de Gibraltar, estamos inmersos en un zoco árabe incluso con presidiarios y terroristas en la que se subastan cargos y cargas, se humilla a la nación y las mayores fechorías quedan casi impunes. Todo un fracaso que demuestra una ineptitud casi patológica, o que ¿se encuentra sometido a alguna suerte de chantaje?

Un personaje amargado, dominado, que se deja humillar impunemente en público. Que no actúa ni como debe ni como se espera de él en defensa de España. Y que si esto sigue así no va a tardar en ser barrido por la riada revolucionaria.

Algunos dicen que no es que no quiera, sino que Su Majestad no puede hacer nada. Si esto fuese así, que no lo creo, entonces su figura sobra. Se demuestra que la Monarquía no sirve para defender a la nación de las amenazas y agresiones que sus propias instituciones (Gobierno, Generalidad, Tribunal Supremo, partidos políticos…) perpetran. Si su papel en lo referente al artículo 99 de la constitución consiste en recibir en palacio a quienes les da la gana de visitarle, y funcionar con piloto automático, tal heroica misión podría ser realizada mejor por un robot o por un cruce de “guasaps” o correos electrónicos, ahorrando mucho dinero al saqueado contribuyente y desde luego emisiones de carbono a mayor gloria del cambio del clima climático, climatizable.

El éxito de Boris Johnson en su apuesta casi referendaria sobre el cansino asunto del Brexit parece una importante derrota, siquiera provisional, de Soros, de la élite financiera socialista globalista tecnoburocrática y de toda una forma de entender el globalismo NOM. Una UE socialista, sin control democrático, normativista, desnaturalizada de su visión original y puesta al servicio de intereses bastardos y contrarios a los de los ciudadanos de las diferentes naciones que la forman. Desde ese punto vista, de defensa del estado nacional frente a las agresiones globalistas, bienvenida sea.

Sin embargo, no se debe nunca olvidar que lo que ocurre en España, el presente proceso revolucionario que padecemos tiene una dimensión geoestratégica y está conectado con las escaramuzas del globalismo. Para compensar este contratiempo cabe esperar un contraataque sorosiano con sus formaciones títeres agudizando y radicalizando el golpe catalán y la subversión en toda España. En este desorden de cosas, si el paradigma de relaciones sistémicas entre Monarquía y globalismo socialista ha cambiado con el proceso que promovió la inopinada abdicación de su antecesor, cada vez es más probable que, siendo la traición pasada, el socialismo desmandado al servicio del globalismo ya no se reserve ningún papel político relevante a la Monarquía sino el de, tras la humillación pública y el ostracismo, disfrutar de un plácido exilio.

El problema para los españolitos de a pie, a diferencia de los británicos, es que al parecer no tenemos nadie que nos defienda. A Su Majestad, ni está ni se le espera.

 

 

 

 

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