Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

De entierros y desmemorias

Mientras asistimos a las exequias corpore insepulto del Régimen del 78, tal parece que las neuronas recalentadas de algunos personajes no les permiten comprender cual es su verdadero papel en el entierro, que no es precisamente el de presidirlo sino el de exquisito finado con corona de hojalata sobredorada, vistoso terno marcial y florido morrión con plumero a juego.  No caben más pintorescas condecoraciones en el pecho del majestuoso y heroico difunto. Como tantas otras veces en el pasado, fracasadas las instituciones, traicionados los súbditos, quedamos en manos de la Providencia divina, hoy oscurecida por los Soros o Bergoglios de turno y sus amos usureros.

Sin embargo, en esta Galicia de eterna lluvia prodigiosa, barcos destripados a la deriva, sortilegios, elecciones de alquitara y botellones bravíos, quedan lugares donde se reciclan equipos de finados. Antros oscuros donde euro arriba o abajo se pueden obtener bizarros ternos con que fueran vestidos los difuntos para su última travesía. Por ejemplo, un equipo completo de cacique autonómico enterrado junto con las correspondientes obras del obtuso Castelao, fumador y mártir. La levita de tal prócer desconocido, premio de las Letras gallegas, rama de hostelería. Los zapatos donados por el ganador de la última típica carrera de ataúdes disputada en santa Marta de Ribarteme. El birrete rectoral de las grandes inauguraciones, la sotana nueva de cierto piadoso prebendado del cabildo compostelano, el frac usado indistintamente en sendas ofrendas al Apóstol o para desacreditar morosos. Las promesas electorales muertas, los presupuestos enterrados con sus legislaturas.

Se cepillan un poco para eliminar los restos de tierra sagrada que se hubieren podido adherir y ya están listos para su meritorio y ecológico reciclado.

No todos están de acuerdo con tan caritativa labor. Muchos se indignan por tal comercio macabro, sin caer en la cuenta que, avalado por el Supremo, el oficio de asalta tumbas es tan digno como otro cualquiera cuando está dado de alta en autónomos, siquiera a tiempo parcial y además permite vestir a los vivos sus vergüenzas. Mucho más aún cuando lo realizan autoridades rendidas que no hallan mejor forma de sufrir el dolor de sobrevivirse a sí mismas.  Gentes, tan querenciosas de aduladores y ditirambos que no se resignan a no colocar su propia tesela en el gran mosaico de la ignominia española. Tal las memorias desmemoriadas de un beodo galleguista invertido.

Eso sin tener en cuenta que no se puede decir de esta agua, con güisqui, no beberé, ni tal presupuesto no ordeñaré, en los presentes y azarosos mundos de globalización impía, donde el desarraigo propio de la modernidad líquida nos puede condenar, como decía el hoy proscrito en su tierra Valle, a la práctica de la voluptuosidad del ayuno, en el momento más inesperado o inoportuno.

 

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