Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

La leyenda de la Virgen del Ara

                                        El negocio cristiano no consiste en ciencia, sino en experiencia. (Juan de Valdés)

 

En cierto paraje recóndito de la siempre sorprendente y preciosa Extremadura se encuentra una insólita por importante aunque no muy conocida ermita. Se trata del santuario de Nuestra Señora de Ara, a una legua del pueblo de Fuente del Arco, en la actual provincia de Badajoz, lindando casi con Andalucía en las estribaciones de Sierra Morena.

Se trata de un territorio ya bien conocido por la civilización romana. No solo de la entonces gran urbe Emérita Augusta. Cerca de allí está Regina, cuyo teatro romano aún se conserva. O la mina de hierro de La Jayona, hoy declarada monumento natural, antiquísima explotación, en un interesante paraje geológico con fallas y actividad kárstica, de la que hace sucinta referencia Tomás López a finales del siglo XVIII en su famosa descripción geográfica de “Estremadura”.

El santuario también es citado por Pascual Madoz aunque por error o errata la llama la ermita de Nuestra Señora de Lara.

La ermita se encuentra ubicada en un lugar sagrado romano probablemente donde ya estuviera antes un templo o lugar de peregrinación pagano. Dado el importante nivel vibratorio del lugar, y la propia orografía de valle entre colinas, en un área con aguas subterráneas y una fuente.

La fuente es uno de los elementos importantes de la leyenda de la Virgen de Ara. Una leyenda cargada de profundo simbolismo como trataremos de explicar.

La finca donde está la ermita tiene un paisaje muy sugestivo. Aunque logró permanecer fue objeto de la nefasta desamortización de Mendizábal que tantos desastres artísticos provocaría. Hoy es de propiedad privada, excepto la ermita santuario propiedad del arzobispado y de la Hermandad o cofradía dedicada a la Virgen, entidad que tiene su cargo la conservación y gestión de visitas. También superó la desaparición en la práctica de la Orden de Santiago que la protegiera y dotara a lo largo del tiempo.

No sin alguna exageración al santuario de Nuestra Señora del Ara se le califica de la Capilla Sixtina de Extremadura. Desde luego, no estuvieron aquí ni Boticelli ni menos Miguel Ángel, o demás artistas biografiados por Vasari, pero el conjunto de pinturas de la decoración de variado mérito y calidad resulta hermoso y sorprende en un lugar tan alejado de núcleos importantes de población. La mayoría de ellas relacionada con temas bíblicos. Algunas dedicadas a originales exvotos que aquí son pinturas en vez de esculturas en cera. Muy interesantes, entre ese conjunto de pinturas, las de las bóvedas del coro con sus insólitos temas geográficos de continentes y puntos cardinales. Y los frescos con motivos geométricos.

La visita merece la pena y no puede por menos de hacernos recordar la sugestiva peripecia de los alumbrados españoles, alguno de cuyos centros más importantes se hallaban precisamente en la vecina Llerena, en especial desde 1570 a 1582. Una ciudad de importancia cultural entonces, calificada de “pequeña Atenas de Extremadura” por Rodríguez Moñino.

Probablemente, lo más importante a recordar hoy sobre el fenómeno de los alumbrados sea la experiencia del lenguaje sagrado y su incierta traducción a códigos religiosos, teológicos, poéticos conocidos por comunes o canónicos en cada Cultura. En el iluminismo de los alumbrados se da una hegemonía de lo emocional, sin límites críticos de la Cultura o de la Razón. Y para el alumbrado se prioriza la aspiración de lo sagrado como ser una especie de criatura entregada al deseo para conseguir identificarse con el Absoluto, con lo incondicionado.

En la decoración de la ermita se muestra una Biblia expuesta al libre examen pero en imágenes. Los frescos del zócalo con motivos geométricos se habrían realizado en el siglo XVI mientras las pinturas de la bóveda de cañón proceden del siglo XVIII y se deberían al maestro Brieva y su hijo.

Pero para mí lo más importante o significativo es la contemplación del conjunto. Y desde luego, del paisaje, el propio centro de poder telúrico, la leyenda originaria, así como la peregrinación que recuerda a la famosa del Rocío.

Como afirmaba el doctor Eduardo Alfonso, médico y amigo de Mario Roso de Luna: “Las leyendas y tradiciones son tan “restos arqueológicos” como las estatuas, estelas y ceramios. Lo importante, como sucede en éstos, es saberlos interpretar… lo que ocurre es que los investigadores positivistas que siguen la línea del conocimiento discursivo, basado en la observación y deducción, parecen olvidar que hay también una forma de conocimiento “intuitivo” o suprarracional, que es tan legítimo como el otro; aparte el camino inductivo del conocimiento racional que empleamos muchos como formas de llegar también a la verdad. Y no creemos que deje de ser “racional” buscar soluciones en la voz del espíritu de los pueblos, buscando en la masa psíquica ancestral de la humanidad, fuente del pensamiento fantástico, mítico simbólico, con el cual se ha expresado invariablemente la humanidad primitiva, y que a nosotros nos toca descifrar ante las exigencias racionalistas de nuestra ciencia actual…”

 

La leyenda de Nuestra Señora de Ara plantea un conocido e importante problema epistemológico. El sentido y naturaleza del conocimiento y de sus relaciones con el universo espiritual.

La leyenda se describe en un bonito y sugestivo cuadro de origen gótico renovado varias veces, la primera ya en un lejano 1488, según refiere el investigador Francisco Tejada. Sin embargo, el este cuadro paradójicamente no se encuentra situado en un lugar preeminente del templo sino en la sacristía, un lugar con fuerza telúrica. En el camarín de la parte superior del retablo, parecido al de Guadalupe, al que también se puede acceder desde atrás, se presenta una talla un poco anodina, a mi juicio de menor interés estético y simbólico que la imagen del cuadro, “desterrada” a la sacristía.

En una cartela explicativa del cuadro cuyo texto copiamos al margen se resume la leyenda de muy alto contenido simbólico y espiritual.

En resumen, la princesa mora Erminda consigue la cura de la ceguera de su padre el reyezuelo Jayón quien tras la revelación o apertura al mundo espiritual también se convierte al Cristianismo.

Aparecen varios arquetipos tradicionales. El agua y la fuente. La doncella que va al manantial. La fuente como centro. Según Justino mártir “como una fuente de agua viva de Dios manó este Cristo en los paganos privados del conocimiento de Dios, el Cristo que se manifestó también a vuestro pueblo, y que curó a los que por nacimiento y por la carne eran ciegos, mudos o paralíticos…”.

Y el gran poeta místico español nos lo explica:

Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche.

(Toledo, cárcel calzados, 1578)

 

¡Oh cristalina fuente

Si en esos tus semblantes plateados

Formases de repente

Los ojos deseados

Que tengo en mis entrañas dibujados!

(Cántico, 11 Sanlúcar, A; 12 Jáen, B)

 

Entréme donde no supe

Y quedéme no sabiendo

Toda ciencia trascendiendo

(Ávila)

El árbol es en este caso un alcornoque, especie del género quercus adaptada a las condiciones de sequía estival. El moro con poder político como indica su cetro, pero ciego tanto en lo fisiológico como en lo espiritual.  Y en la copa del árbol, la revelación de lo sagrado, en la imagen de Nuestra Señora con el Niño, rodeada por ángeles. El árbol da una imagen de verticalidad, de eje de la existencia, que conduce desde lo subterráneo hasta el cielo. Este tipo de representación hilozoísta de una figura arquetipo espiritual sobre una planta florecida, no es exclusiva de la tradición cristiana sino que es muy habitual en Oriente en la forma de un loto en flor. Allí suele ser una figura budista femenina, Kuan Yin o un Avalokitesvara, Bodhisattva o Buda de la Compasión. El loto nace en el fango, atraviesa las tinieblas del fango y se abre a la luz.

El árbol sefirótico es resumen o diagrama de la antigua tradición de la Cábala. El hombre puede regresar a su verdadero mundo originario. El verdadero árbol posee sus raíces en el espíritu y las ramas en la ilusión de la existencia tangible. El Árbol de la Vida en la columna central indicaría el equilibrio espiritual y la inmortalidad. El Árbol del Bien y del Mal, o de la Dualidad, la polaridad y el desequilibrio, lo perecedero, en sendas ramas laterales.

También Mozart nos cuenta en su última ópera que la flauta mágica que abre el acceso al mundo espiritual estaba escondida en otro quercus. La flauta según algunos cuentos sufíes se relaciona con las cañas y con el agua, y trata de decir lo indecible.

En el Pórtico de la Gloria de Santiago el árbol de la Vida, con el linaje de Jesús, es de piedra esculpido en el parteluz y por encima de él, en el tímpano semicircular se presenta la Apocalipsis o visión sagrada en este caso con una figura de Pantocrátor en vez de la Virgen.

La representación del árbol como medio de evolución espiritual, de trasformación de lo grosero en lo elevado, aparece en los grabados de muchos libros de alquimia de esa época. Así, por ejemplo en el Tractatus qui dicitur Thomae Aquiniatis de Alchimia. O en Miscellanea d´Alchimia. En este último texto se muestran sendos grabados, uno con el árbol naciendo del falo de Adán; otro con el árbol naciendo de la cabeza de Eva, como un arquetipo de lo sagrado. En cierto modo recuerda el nacimiento de Atenea desde la cabeza mente de Zeus.

En la mitología nórdica también existe un árbol sagrado, el gran fresno Yggdrasill, que crece en el centro del Cosmos, protegiendo y nutriendo los mundos. Y de algún modo, diríamos ahora, conectando universos de diferentes dimensiones y tasas de vibración. Esa misma idea la encontramos aquí: en la copa se encuentra la imagen de la Virgen, aparecida o manifestada desde el mundo espiritual al nuestro.

 

El santuario se encuentra en un antiguo olivar con su dotación de almazara. El olivo es el árbol de Minerva, que la diosa donara a los mortales, el árbol de la Paz y de la Sabiduría. Una de las formas de su protección. Es posible que la procesión actual al santuario del Ara, además de por ser un centro o punto de poder, tenga su remotísimo y olvidado origen, trasmitido por los romanos, en las antiguas procesiones inmortalizadas por la escuela de Fidias en el friso del Partenón que subían desde Atenas a la Acrópolis para lleva a la diosa protectora un delicado peplo de lana teñido con azafrán.

 

La pervivencia de antiquísimas tradiciones como ésta nos mueve a la reflexión sobre su sentido último en el actual ciego mundo posmoderno instalado en la simulación y la mentira. El arte tradicional conmueve, mueve hacia. Tiene un componente práctico. Creo que nos indica que debemos prestar atención a lo sagrado, a la contemplación de lo numinoso. Al mundo que se abre cuando renunciamos a nuestra ceguera voluntaria. A como dice la leyenda: «a ser esclavos del infernal Dragón«.

 

Este texto es una interpretación personal de la leyenda, para saber más sobre el santuario

Web del ayuntamiento de Fuente del Arco

Explicaciones de la guía Ara María Martín

El Santuario de Nuestra Señora del Ara de Fuente del Arco por Francisco Tejada Vizuete

(Fotografías del autor, tomadas durante su visita en julio de 2019)

 

Entradas feeds. XHTML y CSS válidos. Tema WordPress basado en GimpStyle diseñado por estudiocaravana.