Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Estéticas

Decía don Ramón María del Valle Inclán que España era una deformación grotesca de la Civilización occidental. No le faltaba razón al genial artista gallego, tan odiado por sus paisanos indigenistas de la banda galleguista arrebaña presupuestos. Pero dejemos al autor de La Lámpara maravillosa.

Así, de gentes que abordaban la Política o la Economía desde una inspiración e impulso ético como nuestros grandes tratadistas de la Escuela de Salamanca pioneros del Derecho de gentes o del Siglo de Oro, los Mariana, Suárez, los Saavedra Fajardo, Gracián, Quevedo, o incluso el Cervantes de Rinconete y Cortadillo, El Coloquio de los perros, Pedro Urdemalas o la segunda parte de El Quijote, hemos llegado, degenerando, degenerando, a las habilidades prácticas de un Trampeta o un Bocanegra denunciadas por la gran escritora Pardo Bazán. Otra repudiada en su tierra gallega por la mismas razones: ser culta, inteligente y escribir en español, hoy actualizadas por la bandería zurda o arrebatacapas de todos los partidos borbónicos menos VOX. Y ahora disfrutamos de un caciquismo con nuevas tecnologías en un marco estético atrozmente degradado.

Yo soy de los que creo que el origen del desastre español actual se encuentra en la quiebra estética. En lo grotesco sino esperpéntico del funcionamiento real de nuestras instituciones que hace juego con el no menor de las almas descarriadas de toda esa horrible chusma desarrapada de lumpen, horteras, busconas, maricas, tribadas, envidiosos igualitarios, trinca subvenciones, descuideros y amigos de lo ajeno que el sistema cría en abundancia tan contundente como sobrecogedora, y engorda en los partidos del prostituido consenso globalista progre y que, por desgracia para España y la civilización, mete frívola o irreflexivamente papelitos viciados en la urna.

Todo un modelo estético que las instituciones del Régimen se encargan de promover y establecer a mayor gloria y beneficio de la plutocracia escondida.

Porque aunque Aristóteles no lo explicase de modo tan directo mucho me temo exista una gran conexión de fondo entre modelos políticos e ideales estéticos. El bien común propio de las aristocracias del mérito no puede buscarse ni prosperar entre la deformidad de lo grotesco de las democracias degradadas, demagogias o tiranías.

Si acaso pudiera resultar comprensible que de las brumas norteñas, de esos cielos grises que desdibujan las formas nazca confusión o falta de criterio, surgiese abulia, anomia, entropía o falta de cánones, no se entiende cómo es posible que tal cosa ocurra en ambientes soleados donde la luz permitiría distinguir formas armónicas, establecer módulos y proporciones geométricas y matemáticas como in illo tempore sucediera en el solar griego, origen de nuestra civilización.

Un extraño universo, como tal de unidad en lo vario, dedicado a Belleza donde el arte resultaba una necesidad espiritual, una forma de ser y de estar en el mundo. Donde se erigían hermosos templos donde vivían los dioses. También hermosos dioses de armónicas proporciones humanas, de plenitud solar, lejos de las horribles imágenes de seres atormentados, torturados, ensangrentados, propias de nuestro Barroco tardío. Allí se alcanzó la gloria estética del equilibrio entre continente y contenido entre la armonía del templo exterior y la del templo interior en forma del dios o diosa ambos en equilibrio, bellos, sobrios, mesurados, hasta constituir un ideal de existencia.  Del ser y no solo del estar.

Algunos piensan que esa sublime Belleza basada en la Geometría no genera verdadera emoción, que es demasiado fría. Que la famosa Oración de la Acrópolis de Renan fuera más producto de alquimia alambicada que de genuino o sincero pasmo ante la revelación geométrica. O que la catedral de Siracusa, remiendo o palimpsesto arquitectónico del antiguo bello templo dedicado a Atenea y rival de la anterior, donde ahora las columnas dóricas están camufladas en las fachadas, es más interesante y emotiva que antes. No lo creo así. Dios geometriza.

Mas no basta con lamentarse. Es preciso recuperar los cánones clásicos de nuestra civilización que vemos en peligro, quizás en trance de pérdida definitiva. Si Dafne se transformó en laurel huyendo de un apasionado Apolo, mucho me temo que las hediondas plantas de hechicería o las industriales de diseño sean las nuevas formas de moda. En el camino al santuario de Eleusis en busca de la epoptia o revelación sobre el ser y la existencia en forma de iniciación, las procesiones de atenienses devotos atravesaban sin perderse un frondoso bosque de laureles. Hoy la cosa tiende a degenerar en el tugurio más cercano con mal viaje estupefaciente al astral inferior, según empareje.

Las criaturas majestuosas de Fidias ha sido sustituidas con indudable ganancia por las del excéntrico o atrabiliario Almodóvar de turno. Los héroes actuales a imitar son habitualmente personajes grotescos, atolondrados, desnortados, viciosos, esclavos sin voluntad, a merced de la tempestad. Tallados a troquel como autómatas más que como personas diferenciadas, maduras por su proceso de individuación psicológica. Algunos incluso tatuados como salvajes. El ideal del orden y ejercicio de voluntad sobre las propias pasiones coronado por el laurel de la victoria sobre sí mismo, ha sido sustituido por un dejarse perder en el intrincado y falaz laberinto de pasiones, no por el noble laurel protector sino entre siniestros estramonios y beleños negros. Y la búsqueda de la creación y del mérito por la jeremiada de un lamentarse como víctima en busca de la sopa boba o la paguita social.

Pero en la Antigüedad algunos grandes pensadores y artistas se planteaban las condiciones o atributos del desarrollo armonioso. Desde el Timeo de Platón sabemos que el número de oro nos enseña que la relación de una parte con el todo debe ser semejante como entre las partes entre sí para que se deduzca el crecimiento o la manifestación armónica. Tal Estética de las proporciones o de la armonía en la naturaleza y en las artes tiene su trasunto en otras actividades humanas como la Política. La democracia sólo puede funcionar cuando existe una mayoría de auténticos demócratas ilustrados. Sólo cuando las personas dirigen su propia conducta al Bien común es esperable que los sistemas políticos democráticos basados en la cantidad también lo hagan. El ideal estético, el reconocimiento y el culto a la Belleza, ayudan a la realización del universo de los otros valores metafísicos: el Bien, la Justicia, el Amor, la Sabiduría, la Libertad… No sé si es del todo cierto lo que decía Platón de que la Belleza es el resplandor de la Verdad. Tampoco si solo la Verdad en sí misma puede mantener un sistema político democrático dirigido al Bien común en el estado actual de la naturaleza humana. Sea como fuere, en la vieja caverna, hoy sobre todo electrónica, se muestran las sombras falaces a los cautivos presos en la mohatra que no aciertan a comprender el nuevo despotismo fatal que amenaza como un omnipotente espanto desatado. Un despotismo en el que la Virtud y el Bien común han sido derrotados fatalmente por el Dinero y el Poder sin contrapesos.

Para las oligarquías la democracia degradada por la demagogia es solo un paso intermedio para lograr la perfecta tiranía. Un régimen de esclavitud en el que los esclavos, en el fondo más sombrío de la caverna, ignoran que lo son. Pero por si la cosa aún tuviese remedio estaríamos a tiempo de seguir las sabias recomendaciones de El Greco o Kandisky en el sentido que el hombre puede liberarse espiritualmente gracias al Arte.

Sea como sea, el Erecteirion, en la Acrópolis, nos enseña el papel fundamental de la mujer para sostener la arquitectura de la sociedad equilibrada y en armonía. No es de extrañar que el ideal clásico de la mujer como Dama y alegoría de las virtudes metafísicas sea una de uno de los objetivos a batir por el nuevo feísmo. Atributo propio del mercenario pseudo feminismo desgreñado, tan horrible por dentro como por fuera.

No es el Amor quien muere…

 

 

 

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