Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Sobre la sentencia: (1) Y Marchena parió un ratoncito muerto

Y Marchena parió un ratoncito muerto

No hubo remedio, como decía Goya. Una sentencia escandalosa, mohatrera, por no decir que muchos españoles hartos de injusticias incluso la calificarían de prevaricadora. La Justicia se administra en nombre del Rey, de la dinastía entronizada por el anterior Jefe del Estado cuya memoria desagradecidamente han traicionado consintiendo cobardemente su actual agravio. Probablemente, visto lo visto con la infame sentencia que daba vía libre a la profanación de la tumba de Franco, no cabría esperar nada mejor, ni más ejemplarizante en la idea de proteger al pueblo español, porque los golpistas hasta ahora formaban parte del mismo Régimen. De su núcleo intocable de corrupción oligárquica liberticida que le es propio. Pero conviene advertir que desde ahora estamos ante un cambio histórico que significa que, una vez deslegitimada la Monarquía que será el siguiente objetivo de acoso y derribo, la anterior tolerancia con los crímenes y desfalcos nacionalistas en el País Vasco y Cataluña deviene en suicida.

Se puede intuir que Marchena al final no ha podido resistir ese estar solo ante el peligro y se ha doblegado, arrojando su pretendido prestigio al muladar del deshonor. Es posible que estuviera sometido a presiones insoportables y la triste realidad es que a los españoles de bien ya apenas tenemos nadie que nos defienda. Desde luego no el artificialmente obeso pero fláccido Estado que tiene la obligación de hacerlo. Con el gobierno y la prensa prostituida en contra, con las posibles ocultas trampas de sus domesticados compañeros togados que acechan cualquier descuido para perderle como a Gómez de Liaño, con el ominoso silencio del Rey que disimula y “narcisea” dentro de sus bonitos e impolutos uniformes como si nada fuese con él, la sentencia viene de suyo, tiene carácter fatal aunque casi resulte un escarnio que desmoraliza a los españoles patriotas honrados amén de dar aire a los golpistas. Y, pese a la cuantía de las teóricas penas, facilita la inmediata consecución de libertades condicionales, indultos, futuras prevaricaciones y más crímenes. Violencia sí, pero no, pero depende de lo que diga el Poder. No cabe castigar el atentar contra la supervivencia de la Nación española y el sistema constitucional. Que eso no se considere rebelión si no como mera cuestión de orden público no colaría ni como distingo escolástico bizantino en sínodo amazónico, pero resulta una cobardía, un deshonor y una vergüenza.  Pero no solo de Marchena, sino de todo el Fuenteovejuna, señor.

Y es que hay que ser justos. Seguramente lo peor, pese a todo, no está aquí, en el sector togado del declinante Régimen, sino en la clase política propiamente dicha que no enfrenta ni combate los problemas, ni promueve leyes previsoras y justas, ni defiende la legalidad constitucional como Ejecutivo y, al cabo, encarga al sistema judicial que resuelva lo que no quiere o se atreve a resolver por cálculo, traición o cobardía. Un ejemplo: el papelón del bizarro ministro del Interior del falsario desautorizando ¿y acaso saboteando? a las fuerzas de Orden Público bajo su mando por intentar hacer cumplir la legalidad y reprimir tremendos delitos, sería motivo de procesamiento por alta traición en cualquier país civilizado. Este personaje además es juez para mayor regodeo.

En todo caso, determinados delitos como los que nos ocupan pueden ser combatidos mucho mejor que con la jurisdicción civil con el Código de Justicia militar y mediante consejos de guerra sumarísimos. Rápidos, contundentes y ejemplarizantes.

Pero para eso hacen falta verdaderos hombres y no solo ideas. Decía don Miguel de Unamuno: “vida interior necesitamos… no tanto leyes como personas nos hace falta, no ideas sino hombres. …el instrumento con que los hombres hacen hombres son las ideas, y que sin hombres no hacen ideas las ideas. Pero aquí hombres necesitamos…y ¿se hace hombres con la palabra?, creo que sí. La palabra es el gran ariete contra el caciquismo

Hombres e ideas, ideas y hombres. Unidos por la voluntad y en defensa de los valores morales de nuestra civilización y de la propia Nación, hoy atacada impunemente por quienes más obligación tienen de defenderla.

 

 

 

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