Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Sófocles en el Valle

Con el título de Esquilo en La Coruña el pasado fin de semana glosaba la gran función de Rafael Álvarez, El Brujo, en el teatro Colón de La Coruña. Hoy debemos hablar de Sófocles y de otro escenario donde otro drama con resonancias de tragedia griega tiene el teatro: la basílica  benedictina del Valle de los Caídos.

Sí. Hablar de Sófocles y de uno de sus personajes más famosos, nada menos que de Antígona, considerada arquetipo o emblema de los valores más elevados de la civilización occidental. Un personaje arquetípico que desafía la orden del tirano Creonte de no enterrar el cuerpo de su hermano fallecido.

El tirano la acusa: “¿conocías el bando que prohibía eso?

Y la heroína le responde: “Lo conocía. ¿Cómo no debía conocerlo? Público era”.

Y así, ¿te atreviste a desobedecer las leyes?

Y la valiente Antígona le responde: «Como que no era Júpiter quien me las había promulgado, ni tampoco la Justicia, la compañera de los dioses infernales, ha impuesto esas leyes a los hombres, ni creí yo que tus decretos tuvieran fuerza para borrar e invalidar las leyes divinas, de manera que un mortal pudiese quebrantarlas. Pues no son de hoy ni de ayer, sino que siempre han estado en vigor y nadie sabe cuando aparecieron.  Por esto no debía yo, por temor al castigo de ningún hombre, violarlas para exponerme a sufrir el castigo de los dioses…”

Las razones de Antígona para obedecer su deber de dar sepultura a su hermano, son también las de los consejos de Cervantes que por boca del caballero Don Quijote da a Sancho gobernador. El hombre, el gobernante justo, está sujeto a la Ley Natural, a un sistema de valores metafísicos previo y base de su misma condición política. Un sistema que no se puede traicionar sin caer en el despotismo y la tiranía.

Hoy se ha sabido que el prior del Valle ha tomado el difícil camino, el heroico camino de Antígona oponiéndose a los caprichos del pinturero y soberbio Creonte actual. Una decisión muy valiente, en la línea de los sabios consejos de Don Quijote, pero de gran coste personal, se ha publicado que el gobierno le está chantajeando reteniendo partidas presupuestadas, pero que salva su dignidad como persona y la de la Institución que representa.

Antígona tenía una hermana, Ismena. Que no se atreve a seguir a Antígona y se busca excusas. Se lo afea la heroína: “Si te parece, haz desprecio de lo que más estimación tienen los dioses”.

A lo que la acobardada Ismena contesta: “Yo no hago desprecio de eso; pero soy impotente para obrar contra la voluntad de los ciudadanos”. O bien “De ningún modo conviene perseguir lo imposible”

Un sofisma: la voluntad del tirano Creonte no es la de los ciudadanos. La condición de ciudadanos es incompatible con apoyar el capricho del tirano. Y una cobardía, hacer lo fácil o lo que complace al poderoso en vez de lo que es debido.

La postura de Imena es la adoptada por la temblorosa y felona Iglesia Católica española que acaso deba su supervivencia a la persona cuyos restos mortales se intentan afrentar. Una infame traición a la figura de su protector que no siguió su complaciente criterio de «no perseguir lo imposible» para salvarlos de la criminal ferocidad de las hordas. Pero también a la de los miles de víctimas católicas del clero y seglares vilmente asesinadas por los socialistas del mismo partido del actual tirano y de sus compinches comunistas. Tampoco hay que olvidar a la hora de pedir responsabilidades a la otra Ismena, la no menos cobarde y temblorosa no izquierda, sería un abuso conceptual y terminológico llamarla derecha, de un tal Casado y sus acomplejados, sobrecogidos y sobrecogedores amén de pudibundos muchachos, dispuestos a cualquier cosa si así lo exige el guión.

Ni conviene olvidar la ingratitud cobarde de la Corona, último objetivo a derribar por la inicua Ley de Memoria histórica, cuya actual Dinastía fue instaurada por la víctima del pretendido ultraje. Y que si no defiende a quien tiene obligación moral y acaso legal de hacerlo, pronto va encontrarse con que tampoco va a tener a nadie dispuesta defenderla cuando los caprichos del tirano y sus compinches cambien de víctima.

La cultura griega es un faro que ha venido iluminando durante siglos la civilización occidental, hoy saboteada y saqueada por quienes por razón de sus responsabilidades institucionales mayores obligaciones tendrían de defenderla.

En la tragedia de Sófocles el tirano Creonte y su familia acabaron mal, muy mal. Y el Coro pone fin a la obra:

La prudencia es la primera condición para la felicidad; y es menester, en todo lo que a los dioses se refiere, no cometer impiedad; pues las insolentes bravatas que castigan a los soberbios con atroces desgracias, les enseñan a ser prudentes en la vejez.”

 

 

 

 

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