Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

La conjura de los boyardos

Ayer tuve la oportunidad de escuchar a un Pablo Casado algo balbuceante intentando defender lo indefendible o tirando balones fuera cuando se veía demasiado acorralado. Era en casa Federico, un amigo, que estuvo menos complaciente y alabancioso que en otras ocasiones. Cuando a Casado se le saca de su aprendida retahíla de consignas, mantras, tópicos y buscapiés, o de su retórica picapleitos, queda patente su orfandad. Y como apuntaría el mismo otrora cariñoso Federico su penosa falta de credibilidad, cuando no es capaz de poner orden en el partido que preside.

También ayer casualmente pude volver a admirar una joya del cine clásico Iván El Terrible y La Conjura de los Boyardos, obra maestra de Eisenstein, prevista como una trilogía pero que la temprana muerte del gran director dejaría inconclusa en dos entregas. Una obra de culto, como se suele decir, aunque menos conocida en España que otras suyas tales como El acorazado Potemkin u Octubre. Rodada en un primoroso blanco y negro salvo la secuencia del festín de la segunda parte, en un onírico color, que sugiere el cambio en la forma de pensar del zar y su decisión final, resulta un prodigio estético.  El uso simbólico de las sombras y de los claroscuros es prodigioso. Y la música es de Prokofiev.

Con una dirección, una escenografía y una interpretación, en especial la del protagonista, verdaderamente memorables, la trilogía incompleta es una profunda y bellísima reflexión sobre el Poder, sus intrigas y servidumbres. También de sus justificaciones para los excesos, injusticias, crueldades o abusos. Ambientada en el siglo XVI, se basa en la historia del zar Iván IV, unificador de todas las Rusias y su pelea mortal contra los boyardos.

Acaso convenga recordar que los boyardos formaban la nobleza terrateniente, autónoma, que manipulaban Rusia de acuerdo a sus intereses locales o particulares, hueros de patriotismo o sentido de la historia. Harto de felonías, intrigas y traiciones, para someterlos y vincularlos a la idea nacional de Rusia como nación soberana no sometida a los intereses de las potencias vecinas, el zar de Moscú, Iván El Terrible, se ve obligado a crear un cuerpo de origen no aristocrático sino popular, la Oprichnina. Un “cinturón de hierro” que le permita meter en cintura a los terratenientes autónomos supuestamente bajo su autoridad, pero que conspiraban para debilitarle y proteger su propio dominio sobre los territorios tradicionalmente asignados a sus linajes.

Esta historia admirablemente contada por Eisenstein nos parece hoy muy lejana tanto en el espacio como en el tiempo. Pero me temo que por desgracia no sea así. Quizás como experimento o conejillo de Indias, el caso es que hoy el Reino de España está siendo sometido a tensiones centrífugas insoportables por sus enemigos interiores y exteriores. En algunos territorios españoles ya apenas existe autoridad real. La teórica legalidad vigente es sustituida en la práctica por el capricho o el despotismo del boyardo de turno. Con casi absoluta impunidad.

Y no solo cabe hablar de los boyardos de conocida tradición levantisca, corrupta, mentirosa, de los infames traidores habituales, sino de otros supuestamente leales, pero hipócritas, taimados, que están conspirando en la sombra contra lo que España significa y que como su pretendido amigo el príncipe Kurbsky encuentran en el bastardeado partido de Casado refugio para sus intrigas a la espera de poder dar el golpe definitivo y venderse al afeminado vecino rey de Polonia.

Iván IV tuvo que asumir su tremenda condición de zar en toda su compleja naturaleza. La soledad del Poder. Castigar a los malos y premiar a los buenos. Combatir fulminantemente la traición incluso de sus supuestos amigos y de la manipuladora, intrigante, cobarde e interesada Iglesia ortodoxa rusa. Sin contemplaciones.

Es muy probable que tras las próximas elecciones de noviembre, alentados por potencias extranjeras que buscan nuestra impotencia y debilidad se dé el golpe de gracia a la unidad de España y a la autoridad real. Fracasada, de momento, la intentona golpista, violenta, de los corruptos, encanallados e infames boyardos nororientales, lo más probable es que una nueva conjura de los boyardos promueva un cambio constitucional para recuperar su siniestro poder feudal sin cortapisas y con nuevas tecnologías de dominación.

La realidad imita al Arte. Pero, ¿tenemos hoy un Iván el Terrible que lo impida y nos defienda?

 

 

 

 

 

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