Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Un tranvía llamado fracaso

El señor don Dionisio Cascajares de la Vallina era amigo de Galdós. Médico de profesión, gozaba de cierta fama por sus habilidades terapéuticas que consistían en dar el tratamiento a sus enfermos que ellos mismos le solicitaban. El caso es que don Benito y don Dionisio se encontraron en un tranvía que procedente del barrio de Salamanca su destino era el hoy malogrado por la piqueta barrio de Pozas. El feliz encuentro y lo que luego acontecería no llega a la categoría de Episodio nacional pero se le asemeja.

Cuando cojo, dicho sea con perdón para mis lectores mejicanos, el autobús de la Compañía de Tranvías miro a ver si conozco a alguien en mi ciudad de prestado. Un antiguo enclave romano dotado de peregrina luz que hiere a las tinieblas. Un lugar remoto que andando el tiempo y gracias a una bizarra heroína feminista de las de verdad, no como las sorosianas amaestradas de hoy, tendría una influencia decisiva en la conservación de los virreinatos españoles de ultramar cuyos dominios ambicionaban los abusones pichilinguis o piratas ingleses anteriores al Brexit.

Pero no. Suben y bajan durante el trayecto urbano desde la plaza de España, dicho sea con perdón de Feijóo y demás nacionalistas, hasta mi casa en lo alto de la colina del parque muchos paisanos y paisanas pero todos desconocidos para mí. Tanto como yo lo soy para ellos. ¿Una muchedumbre con la que cada vez me siento menos identificado? ¿Cómo es posible que toda esta gente que parece tan inofensiva sea capaz de votar al falsario y su oprobiosa banda?

Cierta modernidad tecnológica ha llegado al transporte municipal. En algunas paradas pantallas electrónicas indican los tiempos de demora. Incluso para uso de viajeros habituales se ha arbitrado una tarjeta similar a las de crédito que puede recargarse en los cajeros de la banca venezolana amiga que salió al rescate de los devastadores desfalcos indígenas. Sin duda, y así hay que reconocerlo, uno de los grandes logros del depuesto fracasado alcalde mareado, adalid de animalistas, podemitas y lumpen desarrapado sin duchar, fue quitar los nostálgicos tranvías que circunvalaban la ciudad por el paseo marítimo en tiempos del gran Paco Vázquez.  Gracias al furor aniquilador con el que se intenta destruir la obra de los ilustres predecesores ya no hay tranvías pero sus vías y tendidos aún quedan, esperando como el arpa de Bécquer el alma caritativa que los resucite o les dé cristiana sepultura.

La modernidad de la tarjeta electrónica sustituye al billete tradicional en papel. Ojalá que la manipulación electrónica de los votos no sustituya los resultados depositados en las urnas.

Me temo que hoy nos encontramos inmersos en un fatal viaje a ninguna parte. Un tranvía que no sabe a dónde va o al menos no lo sabemos los cada vez más escamados usuarios. Jorge Luis Borges en su discurso de recepción del Premio Cervantes 1979 nos explicaba que: “me conmueve mucho el hecho de recibir este honor de manos de un Rey, ya que un Rey, como un Poeta, recibe un destino y cumple un destino y no lo busca, es decir se trata de algo fatal, hermosamente fatal …”

Pero, ¿es este nuestro destino fatal? Salir de un Zapatero para tropezarnos con un Mariano y luego en este suma y sigue permanente de sabotajes y despropósitos que sufrimos desde el golpe de Estado del 11M con un ensoberbecido doctor tramposo…

¿En verdad es necesario, que no hermosamente fatal, padecer las onerosísimas instituciones, con o sin modernidades tales como las tarjetas electrónicas, de este infortunado Reino que casi siempre se nos muestra a merced del enemigo?

¿Por qué una y otra vez intentar dar la razón al autor de La Lámpara maravillosa cuando lamentaba que fuésemos poco más que una deformación grotesca de la civilización occidental?

Camilo José Cela, Premio Cervantes 1995 terminaba su discurso con estas palabras: “Cervantes dice, en las misteriosas y enriquecedoras páginas del Persiles, que el arrepentimiento es la mejor medicina que tienen las enfermedades del alma. No puedo arrepentirme de haber visto pasar la vida entera con la pluma en la mano, yo ya no puedo dar marcha atrás por haberme pasado la vida escribiendo, tampoco quiero ni debo hacerlo y proclamo mi lealtad a mi oficio. Me reconforta pensar que la palabra tiene su mejor premio en sí misma y doy gracias a Dios, también a los hombres, por no haberme querido mudo ni muerto.”

Muda o muerta parece la intelectualidad española actual. Una nueva y feroz crisis económica amenaza por el horizonte. Pero, peor es la quiebra de la Educación y la Cultura. Nuestra Palabra perdida.

Doña María Zambrano expresaba su deseo de gran pensadora: “Ojalá que a esta misma hora, que bien pudiera ser la del alba, alguien pueda seguir hablando, aquí, allí o en otra parte cualquiera, acerca del nacimiento de la idea de libertad.

Mientras tanto, y una vez pronunciada de la oferta- gracias- voy a intentar seguir buscando la palabra perdida, la palabra única, secreto de del amor divino-humano. La palabra tal vez señalada por aquellas otras palabras privilegiadas, escasamente audible, casi como murmullo de paloma:

               Diréis que me he perdido

               Que, andando enamorada

               Me hice perdidiza y fui ganada”

 

 

 

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