Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Retorno a Praga (I)

Puentes, poetas, ángeles

El Moldava sigue abrazando a la antigua ciudad medieval, el mismo fluir del agua pero no el mismo río, ni menos la misma ciudad que tantas cosas ha vivido y sufrido a lo largo de su historia. Bien es verdad que tampoco yo soy el mismo.

Mi primera visita a la ciudad natal de Kafka o Rilke fue hace ya cuarenta años. La situación entonces era muy distinta. La víspera de mi partida, en el entreacto de una función del Otelo verdiano en el Teatro de la Ópera, comentaba con otro espectador del palco mi intención de atravesar la frontera austro checa por carretera. No sin cierto asombro, o acaso preocupación porque dejase la tranquila y señorial Viena para adentrarme en territorio comunista hostil, me preguntó, “¿cree de verdad que Praga es un lugar para turistas?”

No, desde luego no lo era entonces. Nada que ver con su actual transformación en una suerte de parque temático globalizado con turistas atraídos de todo el mundo y que también forman parte ellos mismos del espectáculo. Hoy, en algunos lugares emblemáticos como el famoso puente de Carlos sobre el Moldova, a causa de la aglomeración casi es necesario caminar en fila india. Entonces, hace tantos años, el precioso puente estaba casi desierto, apenas con la simple compañía de las estatuas que se asemejaban a una variante de la Santa Compaña petrificada asomada entre la neblina crepuscular del atardecer. Un puente que unía dos orillas y también dos mundos. Toda una experiencia estética, sublime e inolvidable, hoy dificultada sino imposibilitada por la excesiva masificación.

Creo que la palabra Praga significa umbral, puerta, y a fe que nunca hubiera nombre más oportuno o mejor puesto para la hermosa capital checa. Rainer María Rilke, el incomprendido poeta praguense que parece que se movía entre las dos orillas, la de aquí y la de allá, asomado en el pretil contemplaba los árboles de la ribera, como en una linterna mágica o acaso inspirado en un antigua imagen mística del Zohar, libro de la Cábala sefardita: “Vistas por los ángeles, las copas de los árboles parecen quizás raíces que sorben los cielos; y las hondas raíces que surcan la tierra bajo un cielo compacto como un cuerpo. Esta tierra ardiente, donde se lamenta, junto a las fuentes, el olvido de los muertos.”

El paso por el puente, el acceso a la otra orilla, es un como un acto de creación artística vinculado con la maternidad. “Es natural que yo comprenda a las muchachas y a las mujeres; el acontecimiento más importante para el que crea, cual es dar el ser, pertenece al mundo femenino.”       

El poeta aconseja: “Tiene que dejar que cada impresión, cada germen de sentimiento madure en su interior, en esas regiones cerradas al entendimiento. Espere con humildad y paciencia la hora del nacimiento de la nueva luz.”

He de decir que creo que Rilke tenía razón: Mi experiencia de entonces ha permanecido en mi conciencia cuando la de otros muchos viajes ya apenas si las recuerdo. En Praga tuve una extraña revelación de la que hablaré luego.

Entre tanto, ajenos a las ideas o los sentimientos del viajero, a la conciencia del tiempo o al deambular de la multitud, los cisnes nadan junto a la orilla de Mala Strana. No parecen nobles caballeros encantados ni traen consigo a ningún Lohengrín redentor enviado del Grial, el mundo metafísico de la Cosa en Sí: “No creas que te invoco, ángel  y aunque te invocara, tú no acudirías…”

Claro que: “No he soltado a mi ángel mucho tiempo, y se me ha vuelto pobre entre los brazos, se hizo pequeño, y yo me hacía grande: de repente yo fui la compasión, y él, solamente un ruego tembloroso”…

“Hasta ti no llega mi estrépito si tú no me conoces porque soy ¡Alumbra, ay, alumbra! Haz que se me vea junto a las estrellas. Pues me desvanezco.”

Acaso espantado por la vulgaridad de la masificación de hoy, Rilke se ha desvanecido en el umbral pero nos quedan las antiguas formas envueltas en el misterio.

Praga en el Tiempo…

Siniestra y terrible en lo demás, desde el punto de vista de la conservación del patrimonio arquitectónico la forzada hibernación checa padecida durante la tremenda y dilatada etapa de dominio comunista soviético ha tenido la virtud de permitir conservar la belleza histórica de la ciudad casi íntegra, sin las devastaciones y fechorías padecidas por otras muchas a causa de la especulación, el mal gusto o la voraz osadía de emprendedores y arquitectos endiosados a los que Dios confunda y el demonio lleve.

Sí. Praga es un umbral, un lugar de paso al mundo de la belleza, de los arquetipos platónicos. Un ejemplo de buen gusto y de preocupación social por los valores estéticos que milagrosamente ha perdurado a través de los siglos. Acaso, el secreto último y más poderoso de la capacidad de resistencia del sufrido pueblo checo. Lo que les ha permitido sobrevivir a tanta opresión, invasiones y calamidades históricas. Conmueve evocar que ante la estatua solemne e impávida del rey san Wenceslao que tantas vicisitudes ha contemplado sin olvidar su alegórico propio asesinato fraticida, donde ahora hay parterres con hibiscos y flores y se puede pasear tranquilamente de la mano de la persona amada, otrora en tiempos de desdicha marchaban los invasores nazis. Y luego los asesinos carros comunistas aplastando las esperanzas de la primavera de Dubcek. Una plaza, la emblemática de san Wenceslao, que constituye centro de resonancia de las emociones del pueblo checo. Un pueblo superviviente de un proceso absurdo que por fin un día podría celebrar el logro de una espantadiza libertad y soberanía tras la caída del muro de Berlín y la implosión de la decrépita, inepta y opresora URSS. De las cenizas del inmolado Jan Palach surge el ave fénix del futuro. El final de una metamorfosis, hoy afortunadamente inversa a la de Kafka. De lo monstruoso a lo humano.

…. y la Belleza

Praga mueve a la reflexión sobre la idea de que no suele prosperar la Ética donde, como en España, se relegan o abandonan la Estética y la educación artística. Cuando a finales del XIX se puso a funcionar la piqueta y se eliminaron las sucias y estrechas callejuelas de parte del barrio judío, situado al norte de la ciudad burguesa, se empleó el espacio liberado en crear preciosidades como la calle Parizska, que no tienen nada que envidiar a ninguna otra de las grandes ciudades europeas como París o Londres.

Hace cuarenta años los bellísimos edificios de la calle Parizska y sus alrededores poseían cierta pátina gris, lustre propio característico del bizarro comunismo de austeridad impuesta, pero carecían de las tentaciones del actual consumismo globalizado marquista. Los exquisitos y elitistas establecimientos glamorosos de Prada, Rolex, Hermés, Hublot, Louis Vuitton, Versace, Salvatore Ferragamo et al..

El muy escaso glamour de los pocos y viejos medio tambaleantes Skodas, Ladas o Trabant usados por los dirigentes del Partido ha sido sustituido por el de los modernísimos Maserati, Audi, Mercedes, Volvo, Bentley, Range Rover, Lexus, Jaguar… de la nueva clase dirigente emergente checa o vinculada a la globalización. Quizás de las mismas familias lampedusianas que han sabido evolucionar y salvar su poder real sustituyendo radicalmente su máscara de legitimación con el cambio de los tiempos.

Praga está muy ligada al mundo de la heterodoxia, de la disidencia. Tras la represión de los colaboracionistas soviéticos afloran los viejos héroes. Dubcek, Palach, Kundera, Havel represaliados en su momento. Vaclal Havel un presidente amigo de España que se atrevió a criticar al frívolo Zapatero por su estulticia cómplice con los totalitarismos. Tampoco se libraban de la censura estalinista grandes autores como Kafka o Rilke. Acaso el primer disidente checo importante fuera Jan Huss, el sabio rector y reformista religioso sacrificado por las intrigas de la Iglesia Católica y el tenebroso Wenceslao IV. Traicionado por este vil rey, sus diatribas contra la corrupción y codicia eclesiásticas le llevaron a la hoguera. Su figura trasformada en arquetipo de libertad de conciencia, de disidencia y de amor a la libertad se muestra en un gran monumento en la antigua plaza mayor, uno de los lugares más visitados de la ciudad.

En el palacio Golz Kinsky que se ve tras el monumento al reformador religioso residió un tiempo el Kafka estudiante. Las relaciones del autor del absurdo con su ciudad natal serían una paradójica mezcla de amor y odio: quería escapar de su influjo pero siempre volvía, incluso después de muerto.  A la familia de su madre, que también vivió en una casa de esa misma plaza, pertenecieron rabinos, eruditos, bibliófilos, médicos naturistas, algunos con fama de excéntricos.

 

El proceso y la metamorfosis

El regreso a Praga invita a reflexionar sobre los nuevos problemas básicos que si antes era la tiranía comunista ahora es la globalización tal como se viene entendiendo y realizando. Hablar de globalización es hablar de orden y de límites, de fronteras. De soberanía.

Hace cuarenta años el paso de la frontera austro checa quedaba grabado indeleblemente en la sensibilidad y la memoria. La antigua Checoslovaquia se mostraba al viajero como un gigantesco campo de concentración. Líneas fronterizas minadas, torres de control con ametralladoras, vigilancia exhaustiva, meticulosa revisión de pasaportes, perros policía… hasta entonces nunca había visto cosa igual salvo en algunas películas sobre la Segunda guerra mundial. Eran los excesos de la globalización del Telón de acero.

Con grandes espacios vacíos, como si mucha gente prefiriera permanecer en sus casas, Praga ofrecía una imagen de cierta serena tristeza, incluso de desolación. Para el viajero de paso que no tenía que sufrir la feroz opresión cotidiana del régimen comunista ofrecía la ventaja de poder pasear por sus hermosas calles o lugares más emblemáticos casi en solitario, disfrutando de una ciudad que parecía hibernada en un cuento de hadas y que milagrosamente conservaba su misterio a través de tantas vicisitudes históricas.

Pese a haber sufrido un proceso histórico kafkiano, condenada sin saber bien de qué se le acusaba y una metamorfosis de lo humano a lo monstruoso, Praga se había salvado de la devastación de las guerras, de la codiciosa piqueta, de la estulticia de muchos osados arquitectos progres o de la siniestra ferocidad de la arquitectura realista estalinista. Incluso de los posibles excesos de su propia libertad. Un verdadero milagro.

Nada que ver con la situación actual, como ya hemos indicado. No obstante, se observa un gran esfuerzo por renovar y modernizar las infraestructuras de comunicaciones de la República, tantos años relegadas para acomodarlas a las nuevas necesidades y demandas. En Praga casi todos los viejos tranvías han sido sustituidos por otros modernos, pero se mantiene la tradición de este medio de trasporte urbano de superficie además del metro.

Pero, ¿Qué pasará?

La leyenda de la princesa Libussa, instauradora hacia el año 800 de la primera dinastía de reyes checos, los Premyslitas, cuenta que tuvo un sueño visionario en el que su daimon le explicó cómo sería la hermosa futura Praga en toda su grandeza y esplendor. Así aparece ilustrado en el atrio de la torre del reloj astronómico, sede del antiguo ayuntamiento de la ciudad.

Sobre este tema de las premoniciones o de las intuiciones visionarias he de hacer una confidencia al amigo lector, porque así sucedió hace cuarenta años y lo recuerdo como si fuese hoy. Durante la visita al famoso Castillo me encontré con un grupo de niños soldados. Todos uniformados, muy formales, muy disciplinados, con una severidad impropia de la edad. Probablemente futuros oficiales para asegurar el futuro del régimen. Sin embargo, esa imagen pronto se desvanecería: cuando entré en la desierta catedral de San Vito de repente empezó a sonar una insólita música maravillosa, celestial. Se manifestaba un mundo impensable, sancta santorum espiritual, escondido en la aparente hegemonía absoluta de la materia que lo rodeaba. Y tuve la impresión, en aquel entonces una quimera, algo imposible, de que el comunismo caería pronto. Que Praga volvería a disfrutar de Libertad.  Como así fue tras la caída del muro de Berlín y la posterior revolución de terciopelo.

La ciudad está históricamente relacionada con la Música, acaso el arte más universal. Incluso los representantes del nacionalismo checo como Smetena o Dvorack adquieren una dimensión cosmopolita.  En Praga estuvieron o vivieron muchos grandes músicos como Monteverdi o Mozart. La ciudad bohemia trató mejor que Viena al gran genio salzburgués. Alí estrenó el Don Juan cuya obertura concluyó pocas horas antes del estreno. También La clemencia de Tito, unos meses antes de su muerte, compuesta para celebrar la coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia. Un rey liberal y benefactor. La sinfonía 38 fue bautizada con el nombre de Praga que se corresponde con el número 504 del catálogo de Köchel. Hoy la oferta musical en Praga es muy amplia y permite conocer el interior de los más bellos teatros.

 

En la Praga actual, al menos en su aeropuerto internacional, apenas son patentes las fronteras y aduanas. Por el contrario, abundan las aglomeraciones de turistas que parecen consustanciales con la ciudad. Es una forma de vivir la globalización. La juventud se muestra similar a la de otros países europeos, salvo en que suele ir mejor vestida sin los andrajos de diseño o pircing y tatuajes con que espantan la belleza o elegancia en otros lugares. Tampoco se ve botellón u otros excesos. Lumpen importado por creciente invasión extracomunitaria, ni  manteros africanos, ni demasiada morisma, excepto en las tiendas lujosas en las que las moras parecen intentar compensar con carísimas compras marquistas las humillaciones del harén. Sin embargo, en la ciudad balneario de Karlovi Vari puede observar a una mora luciendo favorecedor burka que sólo dejaba ver los ojos, caminando a tres pasos de su amo y señor como manda Alá y nuestras subvencionadas retrofeministas socialistas bendicen.

Praga está en el corazón de Europa, su destino se encuentra intímamente ligado al de ella. Hoy, que como decía Rilke, ya ha logrado con paciencia la hora del nacimiento de la nueva luz,  ¿Caerá en una nueva servidumbre futura relacionada no con los nazis o a los comunistas sino con la morisma islámica? ¿Podrán con Praga o se desvanecerá otra vez como el poeta?

Esperemos que la capacidad de resistencia, el demostrado amor por la belleza y la libertad de los checos sirvan de freno allí a la invasión programada que padece Europa, y que el culto a la estética sirva como vacuna ética contra la infección del demoledor multiculturalismo que las degradadas élites europeas y sus insaciables burocracias globalistas intentan imponer a la ciudadanía.

Amén.

Notas

Los textos del poeta Rainer María Rilke están tomados de su Epistolario español, versión de Jaime Ferreiro en Espasa Calpe, (1976) y de las Obras escogidas, versión de José María Valverde en Plaza y Janés, (1967).

Las fotografías de Praga son del autor excepto la de Ctibor Rybar, (1978), del puente Carlos IV en blanco y negro tomada desde la torre en la orilla derecha, en Staré Mesto.

 

 

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