Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

De fronteras, membranas y límites

Nos explicaba Borges que el Universo, que otros llaman Biblioteca, se compone de un número indefinido tal vez infinito de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas…

También que a cada uno de los muros de cada hexágono le corresponden cinco anaqueles y que cada uno encierra  treinta y dos libros.

Según el segundo axioma borgiano el número de signos ortográficos es veinticinco.

Sea como sea, incluso el caos más monstruoso está ordenado al menos en hexágonos, anaqueles y libros. La Biblioteca incluye también todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos.

No todos tienen sentido al menos conocido ni simbolizan una realidad descifrable.

La Gramática, la Sintaxis, la Semántica pueden ser meras cábalas, ilusiones para hacer comprensible el caos y crear civilización o trabajo útil. Pero sin estos límites culturales a la entropía no hay conocimiento ni tampoco forma de transmisión del mismo. Sin códigos el Universo deviene en idiolecto indescifrable.

El Universo es una realidad vibratoria. Los sentidos nos permiten una especie de ventana de oportunidad para acceder a partes o fracciones limitadas de esa realidad vibratoria. Nuestro cerebro, que es Naturaleza y Cultura, traduce la impresión de esas vibraciones en ideas, sentimientos y promueve conductas.

El orden es una simple necesidad cultural ¿o también lo es de la Naturaleza? El sentido, el cosmos, que es lo que significa universo ordenado ¿es una superstición propia de la finitud humana o una necesidad de la manifestación?

La naturaleza tiene límites. Las galaxias, los sistemas solares, los planetas, los ecosistemas con sus biotopos y biocenosis se pueden definir porque tienen límites. Incluso cada criatura por pequeña o sencilla que sea los tiene como condición sine qua non para ser. Seres diferenciados en tejidos. Hasta la célula posee membranas. Y los átomos, órbitas electrónicas con límites de probabilidad.

La membrana es una pared o barrera que delimita un medio exterior de otro interior. Por tanto es una estructura necesaria para todo ser vivo, como único procedimiento para crear un medio interno. Con su propio metabolismo que permite una fisiología y el mantenimiento de una anatomía.  Los únicos seres vivos sin membrana plasmática son los virus que necesitan de otros seres vivos para su propia supervivencia.

Creemos que recordar todas estas cosas tan archisabidas viene a cuento cuando asistimos con renovada perplejidad como hoy es preciso demostrar lo evidente. Que ningún sistema sea natural, social, político o económico, puede vivir ni menos sobrevivir sin límites o fronteras, que precisamente le distingan o diferencien del medio exterior.

Sin embargo, Su Santidad Paco I El Irenista viene abogando de modo asaz impertinente, chocante y desde luego incoherente, porque no practica en lo propio lo que exige a los demás, la abolición de fronteras. Tampoco su irenismo que tanto recuerda al del oscuro payaso de ZP, el farsante mohatrero de la Alianza de las Civilizaciones inventada inicialmente por un ayatolá jomeinita, se aviene con propuesta de razón al abogar por una suerte de siniestro multiculturalismo, por el que todas las civilizaciones vendrían a ser igualmente respetables.  Una comunidad de carmelitas descalzos o una tribu caníbal. Los derechos civiles y la igualdad de todos los ciudadanos ante la Ley propia de la civilización europea o la teocrática saria islámica amparadora de normas medievales para árabes semi salvajes o de la opresión de la mujer. La libertad de expresión, cátedra o conciencia con el islam que significa sumisión, sometimiento, a una pretendida voluntad divina expresada de modo fijo e inamovible en el desierto arábigo y en lengua árabe hace varios siglos.

La conclusión final en coherencia de los planteamientos del Papa irenista supondría el final de toda teología, en cuanto significa orden intelectual de lo sagrado, y por ende, de la propia Iglesia Católica que administra y mantiene una de esas formas teológicas en la Historia.

Pero esta fase del promovido “vale todo” no puede ser sino una fase transitoria. Una fase de destrucción de estructuras y órdenes de toda clase. Nacionales, culturales, jurídicos, tradicionales, lingüísticos,… Algo parecido a la infección de una célula por un virus. El virus trastorna el ADN celular, trastocando el mensaje genético y logrando que la célula sintetice las proteínas del virus en vez de las suyas.

En este proceso llama la atención el colaboracionismo de las Izquierdas, traidoras no solo a sus sociedades y naciones sino especialmente a la clase trabajadora que dicen defender y que constituyen su pretexto político.

El final de esta transición será el caos más absoluto o con toda probabilidad, otro orden que creemos muy probablemente despótico. Otra forma de sumisión, a la plutocracia internacional.  El globalismo actual manipula el cosmopolitismo como movimiento integrador que subordina los intereses de una fracción o de una nación en los intereses de un Todo, supuestamente mejor.

Contra este desastre anunciado disponemos de nuestro sistema inmunitario. Que debe identificar, distinguir, valorar y enfrentar las amenazas. En el caso de lo cultural, es preciso recuperar la distinción entre consentir y tolerar, hoy intencionadamente confundidas. No es lo mismo tolerar que consentir.

La tolerancia es una virtud del competente y del fuerte. Del que tiene criterio para establecer los límites de lo que debe o no ser tolerado y desde luego la voluntad de aplicarlo.

Por el contrario, el consentidor es un defecto o vicio del inepto, débil o cobarde. O bien carece de criterio para distinguir lo bueno de lo malo, por lo que no tiene criterio de aceptación o rechazo de conductas, o es tan débil o cobarde que aunque lo tuviese no se atreve a aplicarlo.

Al cabo, el lenguaje nos permite ordenar la monstruosa Biblioteca borgiana. Dar sentido a la realidad, crear orden y civilización. No todos los libros de sus anaqueles tienen sentido o mantienen un relato coherente. No todos, aunque sean coherentes, resultan igualmente recomendables. Umberto Eco nos dice que la Biblioteca monacal puede desaparecer como resultado de ciertos intentos de proteger el contenido del Finis Africae del conocimiento público. Si un ciego y fanático Jorge (no Borges) sino de Burgos la prende fuego. De ella sólo quedarían unos muros humeantes. El límite, ahora sí superfluo, entre dos nadas.

La capacidad de elegir es el ejercicio de la Libertad. Hoy amenazada cuando se difuminan o quitan los límites. Cuando de un modo torticero y con cómplices encanallados o ineptos se pretende acabar con la Tradición y la Historia.

 

Otro Sí digo

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