Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

San Pedro de Alcántara y los psiconautas

En la esquina noroccidental de la concatedral cacereña vigila la figura enjuta, “tan extrema su flaqueza, que no parecía sino hecho de raíces de árboles”, de San Pedro de Alcántara, patrono de la diócesis y de Extremadura. Se trata de un lugar emblemático, uno de los más fotografiados de la preciosa ciudad monumental. Desde allí se admira una bella perspectiva del palacio de los Golfines de Abajo, se adivina la plaza de San Jorge, el patrono de la capital extremeña. Loor de caballeros andantes, pero… santo mítico de dudosa existencia.

Fray Pedro se muestra como un guardián del umbral de la ciudad monumental. Una figura que nos advierte de los tesoros que podemos hallar durante la subida a la acrópolis o el vagabundeo por callejas y adarves de la ciudad Patrimonio de la Humanidad. Como la estatua de fray Luis de León en la Universidad de la vecina Salamanca los de la Cultura y el pensamiento político pionero del derecho de gentes.

Para muchos de los miles de guiris que se admiran por la insólita belleza conservada durante siglos, el nombre de San Pedro de Alcántara acaso no signifique mucho. Algunos puede que recuerden que fue amigo y protector de Teresa de Ávila. Que la defendió de la Inquisición en sus momentos de mayor zozobra, cuando estuvo a punto de sufrir condena acusada de herejía y trato diabólico. O, incluso después de muerto, con ocasión de la polémica fundación del convento reformado de San José. Tiempos azarosos y difíciles en los que ser encarcelado o terminar por ser declarado hereje o por el contrario, santo e incluso nada menos que doctor de la Iglesia, en buena medida dependía de pleitos, sentencias e influencias o protecciones en los tribunales por parte de personas principales.

Tampoco resulta tan extraño de comprender. La Mística se vincula al mundo de la experiencia más que al de la mera creencia teológica. Por ello siempre ha sido considerada peligrosa para el Poder político o sacerdotal que considera inconveniente la idea y misma la práctica de buscar el Reino del Espíritu sin intermediarios. Aquellos que no comprenden que la ortodoxia es más una necesidad de las organizaciones que una virtud espiritual. Y que, muchas veces, la ortodoxia se convierte en escudo de la ignorancia, la ambición, la cobardía, el fanatismo o la hipocresía.

Sí. Fray Pedro, el reformador de la Orden Franciscana, encajaría entre esos heterodoxos. Nos dice de él la santa reformadora del Carmelo: “vestía hábito de sayal sin ninguna otra cosa sobre las carnes…”comer a tercer día era muy ordinario… un su compañero me dijo que le acaecía estar ocho días sin comer…”.

Y eso en una época en la que Castilla y el interior de la Península Ibérica experimentaban una de las conocidas pulsaciones climáticas históricas con grave aumento de la aridez y la llegada de una casi mini glaciación. Asombran, nos conmueven, las peripecias, verdaderas gestas heroicas, de los quijotescos andariegos reformadores de los franciscanos o del Carmelo, viajando en ayunas, ateridos de frío por la cruel intemperie de campos desolados para promover nuevas fundaciones de conventos y monasterios. Una aventura espiritual, pero que hoy también llamaríamos empresarial, que supone un riguroso mentís a la supuesta inhibición de los místicos ante los problemas temporales. Por el contrario, es en el ejercicio de la Mística y por su inspiración donde nuestros héroes encuentran la energía que, incansables, les lleva a remover obstáculos que parecerían insalvables.

Hoy de muchos de esos conventos y monasterios extremeños ya no permanecen sino las ruinas: en Alburquerque, Alconchel, Casar de Palomero, Deleitosa, Gata, Jerez de los Caballeros, Salvatierra, o San Onofre cerca de Zafra, donde fray Pedro escribiese su Tratado de la Oración y la Meditación. Testigos de una aventura espiritual en gran parte arrumbada, ruinas venerables que nos muestran el pasado y nos interrogan sobre nuestro presente y nuestro futuro.

La santa de Ávila cuenta varias veces en su famosa autobiografía, texto que tantos problemas atraería sobre sí, como su santo protector extremeño se le aparecía en cuerpo astral, fantasmático o glorioso como lo llamaba san Pablo: “Hele visto muchas veces con grandísima gloria. Díjome la primera que me apareció, que bienaventurada penitencia que tanto premio había merecido, y otras muchas cosas. Un año antes que muriese, me pareció estando ausente, y supe que había de morir, y se lo avisé, estando algunas leguas de aquí. Cuando expiró, me apareció y dijo que se iba a descansar. Yo no le creí, y díjelo a algunas personas, y desde a ocho días vino la nueva como era muerto, o comenzando a vivir para siempre, por mejor decir…”   

Ya yo le había visto otras dos veces después que murió y la gran gloria que tenía, y así no me hizo temor, antes me holgué mucho: porque siempre aparecía como cuerpo glorificado, dábamela muy grande verle…” 

Pero, ¿cómo era la tal bienaventurada penitencia? También nos lo cuenta Teresa: “Paréceme fueron cuarenta años los que me dijo había dormido sola hora y media entre noche y día, y que este era el mayor trabajo de penitencia que había tenido en los principios de vencer el sueño, y para esto estaba siempre de rodillas o en pie. Lo que dormía era sentado, y la cabeza arrimada a un maderillo que tenía hincado en la pared. Echado, aunque quisiera, no podía, porque su celda, como se sabe, no era más larga de cuatro píes y medio.”      

La diminuta celda del santo que “tenía muy lindo entendimiento” aún puede verse en el monasterio de El Palancar, cerca de Pedroso, en Cáceres. La visita al Palancar trae a nuestra memoria sensaciones y recuerdos de otros conocidos conventos o templos de genuina espiritualidad modificados con dudoso acierto a través de los siglos y a mayor gloria del poder material de la Iglesia. Sin llegar a esos extremos, por ejemplo, los dos monasterios oscenses de san Juan de la Peña, o los del Suso y del Yuso en la riojana san Millán de la Cogolla. La austera, sencilla, serenidad y belleza de los templos primitivos al servicio del alma, reflejo de la pureza y austeridad espiritual, de ese resplandor de la verdad que decía Platón se ve alterada, en mi opinión para mal, cuando la Institución hace ostentación de su poder al servicio de los ritos y cultos externos. Hoy el antiguo, austero hasta la exageración, convento emblemático de la descalcez franciscana está rodeado por nuevas y no muy afortunadas edificaciones que, si bien parecen protegerle, también lamentablemente lo ocultan del exterior. Se ha convertido en una especie de singular parque temático, una suerte de legitimación global a posteriori de una Institución por la santidad de unas figuras singulares, nobles, incomprendidas o no muy bien tratadas en su tiempo por la propia Institución que hoy las elogia y las usa como legitimación a posteriori. En un recuerdo, acaso fugaz, de gentes como fray Pedro, rara, extraña, de conducta poco menos que incomprensible para nuestra sensibilidad mayoritaria actual.

 

Y es que permanecemos en lo que se ha llamado el silencio de Dios. Un estruendoso silencio que se ha podido escuchar en todas las épocas, en especial cuando la zozobra y la tribulación se hacen más perceptibles. En el Eclesiastés, libro sapiencial del Antiguo Testamento que más que hebreo parece texto del helenismo, del estoicismo, se trata de encarar la condición humana, el vacío del corazón y del sentido de la vida, cuando no se embarca en la aventura espiritual de resultado incierto. Una búsqueda heroica, difícil, incomprendida y casi incomunicable, como la emprendida por San Pedro de Alcántara, San Juan de la Cruz, Miguel de Molinos o Santa Teresa de Ávila.

Hoy nos encontramos incursos en un proceso revolucionario en Occidente. Los pilares básicos de la Cultura occidental, el Cristianismo, la Ilustración, la Tradición iniciática, la Libertad, están siendo atacados dentro del embrutecedor y esclavizante proceso de demolición programada, a mayor gloria de un funesto NOM, de todo lo que tiene que ver con el Mundo del Espíritu. De la Metafísica. De las Tradiciones y Culturas nacionales reflejo y manifestación de su desain histórico.

Nos separa mucho del siglo XVI aunque podamos estar en los mismos lugares donde entonces estuviera fray Pedro. Hoy, relegada o casi abandonada la Ascética, perdido o disminuido el sentido metafísico de la existencia, la visión moderna de la experiencia mística, además de con el ejercicio habitual de la meditación, se relaciona con la Psiconáutica y el empleo de sustancias enteogénicas. Son muchos los investigadores metafísicos que por curiosidad, especulación científica o por no resignarse a la desesperación espiritual hoy tan frecuente o más que en otras épocas, buscan alternativas y el propio sentido de la vida. Unos de ellos son los llamados psiconautas, los investigadores con sustancias enteogénicas características de las antiguas tradiciones del mundo chamánico o de ciertas religiones. Criticados por los que consideran este camino un atajo peligroso o acaso virtual o engañoso, sabemos, empero, de su carácter universal, ya que el empleo de sustancias enteogénicas forma parte de casi todas las tradiciones religiosas e iniciáticas de la humanidad a lo largo del tiempo.

Aldous Huxley, autor de lúcidos e importantes ensayos tales como Los límites de la Percepción,  Cielo e Infierno, Filosofía perenne, El Fin y los medios o Moksha, lo resume muy bien en dos de sus novelas humanistas Un Mundo feliz y La Isla. En la primera el soma es empleado por el poder como instrumento de control social, de adormecimiento espiritual, como forma de anulación de la libertad. En cambio, Huxley nos explica en su novela crepuscular La Isla como la medicina moksha puede utilizarse como apertura de la conciencia para trasladar los límites de la percepción mediante la experiencia visionaria y lograr, esta vez sí, un mundo más feliz al no haber roto sus lazos con el Espíritu.

Pero el asunto es casi tan viejo como el mundo. Forma parte de las tradiciones chamánicas y de muchas otras religiosas o esotéricas. Variaban las sustancias, procedentes de las especies botánicas más comunes en cada biotopo, y los rituales ligados a una mitología o teología. Sin embargo, siempre existía alguna forma de práctica ascética previa, pues de lo contrario el viaje, la visión, pudiera ser indeseable o incluso funesta.

Por su importancia para la Cultura occidental cabe recordar aquí los Misterios eleusinos. Hoy sabemos que allí se empleaba una sustancia enteogénica, el kykeon. Si atendemos a las investigaciones de Hofmann, Wasson y Ruck, probablemente elaborada a base de cebada, menta y el esclerocio del cornezuelo del centeno o de otras gramíneas abundantes en las llanuras griegas, que permitía a los iniciados, llamados epoptes, la visión directa de lo sagrado. Una visión de tal importancia radical que originaba un antes y un después en sus vidas.  Algunos de sus componente químicos son similares a los del LSD obtenido mediante síntesis por Hofmann en los laboratorios Sandoz. Un sacramento de efectos reales y no meramente simbólicos.

Eleusis se encuentra estrechamente vinculado con nuestra Cultura y Filosofía, especialmente con Platón. Pero en todas partes y tiempos, de uno u otro modo, se han empleado sustancias enteogénicas con carácter sacramental. El Doctor Allegro, uno de los investigadores de los famosos manuscritos del Mar Muerto, vinculaba el propio Cristianismo primitivo a la amanita muscaria en su controvertido libro The sacred mushroom and the Cross. La amanita muscaria es un hongo muy empleado en muchos lugares y tiempos, estudiado por Mircea Eliade en Siberia. Del famosísimo soma de los vedas no se conoce su naturaleza exacta. Para algunos investigadores se trataría de la ya citada amanita muscaria. Para otros autores se trataría, en cambio, del Peganum harmala, conocida como ruda siriaca. Y para otros de la pulpa fermentada de Asclepios acida.

En África el enteógeno más conocido es la iboga empleada en el culto bwiti. Pero donde más sustancias enteogénicas se han encontrado es en América, sobre todo en el Centro y el Sur. La famosa experiencia de los esposos Wasson en la sierra de Oaxaca supondría un antes y un después en la comprensión occidental de la antigua y polémica cuestión de la ingesta de enteogénicos con fines sacramentales de acceso al mundo espiritual. Gordon Wasson convenció a la luego archifamosa chamana y curandera María Sabina para que le permitiera participar en una velada místico- ritualística indígena con “niños santos”, hongos del género Psilocybe. La experiencia místico estético epistemológica resultaría deslumbradora, apabullante. Wasson saldría transformado de este profundo contacto con lo numinoso. El propio Camilo José Cela dedicaría un Oratorio homenaje a la noble figura de la chamana mejicana.

Ciertos cultos basados en hongos ya habían sido documentados por algunos de nuestros cronistas de Indias, casi todos contemporáneos de san Pedro de Alcántara, así, por ejemplo en la Historia general de las cosas de Nueva España de fray Bernardino de Sahagún o las obras sobre Botánica americana de Francisco Hernández. O los Ritos antiguos de sacrificios e idolatrías de los indios de Nueva España de fray Toribio de Benavente y el Libellus de hierbas medicinales Indias de Martín de la Cruz, dentro del estudio de tradiciones indígenas como en el Manual de ministros de indias para el conocimiento de sus idolatrías y extirpación de ellas de Jacinto de la Serna, la Crónica mejicana de Fernando de Alvarado o la Historia de las Indias de Nueva España de Diego Durán.

Como es bien conocido, el peyote o la ayahusca son empleados hoy por diversas Iglesias o grupos religiosos.

 

Pese a nuestro anhelo de dar cuenta del mundo, acaso el Cosmos debiera reconocerse como una ilusión. Para los Vedas la única realidad susceptible de ser pensada es el Ser, es decir, el Uno. Para los Upanishads la palabra sagrada OM identifica a las criaturas con el Uno. OM, sOMa. Algo semejante al planteamiento cristiano occidental de “Mi Padre y yo somos uno” o “El Reino de Dios está dentro de ti”. El Uno ha sido llamado con distintos nombres según las diferentes tradiciones religiosas o iniciáticas, pero siempre la meta del buscador espiritual es hacerse uno con ese Uno.

Lo que se capta mediante la contemplación debe dispensarse en forma de Amor” (Maestro Ekhart). Amor y pensamiento. Tal es el trabajo propio de los verdaderos buscadores espirituales de todos los tiempos, empleen o no atajos psicogénicos.

Tal es la lección, el mensaje, que los místicos del Cristianismo de nuestra propia Tradición española, nos envían hoy a los desconcertados náufragos de una civilización zozobrada, como luminosos cuásares perdidos en la inmensidad de las tinieblas, desde las remotas y al tiempo íntimas estrellas flamígeras de su propia realización espiritual.

Porque, como nos recordaba un poeta en el exilio, el gran Cernuda, “no es el Amor quien muere, que somos nosotros mismos…

 

 

 

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