Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Fugaces impresiones viajeras sobre la decadencia de España

España siempre fue una especie de continente en pequeño. Con gran variedad de climas y paisajes. De biotopos y biocenosis, como se dice ahora. También de tradiciones y mentalidades. Pero con una especie de vocación universal. De Universo, es decir de Uno en lo vario, en lo heterogéneo, en lo diverso. Las anteriores generaciones de españoles no habían perdido la conciencia común, el sentido de pertenencia a una honorable unidad superior, incluso a uno y otro lado de inmensos océanos. Hoy ya no parece que siga siendo así. Tras cuarenta años de política disgregadora de la Monarquía y de graves destrozos en la Cultura o la educación, incluso con la persecución de la lengua común desde las instituciones borbónicas periféricas, los antiguos españoles se encuentran en extinción, sustituidos por nuevas generaciones de lugareños vascos, catalanes, gallegos, riojanos, canarios, valencianos, andaluces, extremeños… Además de las onerosas autonómicas servidoras de su cacique respectivo, incluso la televisión pública supuestamente nacional contribuye a esa fragmentación con sus programas regionales, en los que cada lugar parece el ombligo del mundo.

Cuando se viaja por España a través de cientos de kilómetros, cruzando paisajes de las regiones privilegiadas por el Régimen así como de las sacrificadas o relegadas, se constata hasta qué punto se haya deteriorada la nación española, fragmentada en diversos feudos, más privilegiados por él cuanto más ventajistas, traidores e insolidarios con el resto.  Así, un ejemplo: El Norte de Aragón tiene carreteras de varia condición. Unas son buenas o pasables, sobre todo comparadas con las semejantes francesas del otro lado de los Pirineos. Otras, incluso “nacionales” aunque con asfalto son viejos caminos de cabras, que contrastan con las modernas autovías, que no falte de ná, que adornan la vecina Navarra, la del Foro y los viejos carlistas recauchutados en no menos fieros batasunos. Y del  insolidario privilegio, siempre antiliberal. Claro que, para compensar, muchos de los rótulos indicadores navarros están solo en lengua indígena, de manera que no se sabe lo que significan.

Pero la desolación parece mayor en Castilla o León. Los campos parecen desiertos salvo por las filas de peregrinos que la atraviesan, a veces con andares torpes fruto del cansancio o del sufrimiento físico, camino de Santiago. A mil quilómetros, al principio de la parte española de una de sus variantes, en la colegiata de Roncesvalles ahora llamada “Orreaga” en lengua indígena, un grupo de devotos peregrinos oía Misa concelebrada por un cura oriental que hablaba en su lengua tan incomprensible como el vascuence. El único español allí era yo.

En muchos lugares especialmente en La Rioja, Castilla, León o Galicia, la atención a los modernos peregrinos ya es la actividad económica más rentable, una especie de moderno barbecho semillado con estampitas y todo impresas en la famosa compostela. Con el calendario fenológico primaveral los peregrinos son más esperados ahora que otras tradicionales especies viajeras estacionales como las golondrinas, las tórtolas o las cigüeñas. Albergues, hostales, bares o casas de comidas les esperan como agua de mayo. Muchos antiguos monumentos religiosos como el monasterio benedictino de San Zoilo en Carrión de los Condes han cambiado su destino para escapar de una segura ruina. Ahora reconvertido en lujoso hotel. Por sus claustros o demás dependencias ahora pasean huéspedes alojados en lugar de monjes. El templo, desierto durante mi vista, mantiene una elevada condición vibratoria telúrica, acaso por la presencia de aguas subterráneas del álveo del río Carrión en su subsuelo.

No deja de ser curioso el fatigoso caminar de los peregrinos hasta el ocaso, en dirección hacia donde se pone el Sol. En la oscuridad de la noche brillan las estrellas donde antes estaban deslumbradas por la potencia de la de nuestro propio sistema solar.  Y el viajero puede enmarcar su propio devenir con el del cosmos y sus abismos infinitos. Y así tomar conciencia de que aunque pequeña criatura, mini planeta errante, forma parte de un Todo. En algunos casos, tal luz salió de la estrella lejana antes del principio de nuestra historia conocida. Antes del comienzo de nuestro propio Tiempo.

Llama la atención del viajero la insólita presencia de extraordinarios monumentos artísticos en poblaciones decadentes o casi estancadas en el Tiempo. Un Tiempo, sí, que parece haberse detenido en algunos lugares sagrados: Sasamón, Castrogeríz, Frómista, Carrión, Sahagún… Joyas que son como mojones de un pasado digno, honorable, con otro concepto de la vida. Es curioso observar las cicatrices del Tiempo o los replanteos sobre la marcha de algunas de sus plantas o concepciones arquitectónicas. Y testigos de lo que fuese una importante nación hoy desvastada, saboteada por su clase dirigente mercenaria y estúpidamente jaleada por cierta chusma embrutecida, engañada, envilecida e identificada con los próceres más canallas o mercenarios. Una honorable nación antigua, que lograse las mayores e inauditas gestas, postrada y a las puertas de su desaparición. Esperando el machetazo definitivo que, si sigue así sin reaccionar ante el peligro, fatalmente ha de llegar más pronto que tarde.

¿Qué dirían hoy nuestros Azorín, Unamuno, Baroja, Machado? Ignoro si hoy proscritos como gente peligrosa por la moderna pedagogía socialista y golpista arrebatacapas. Gentes que nos enseñaron a muchos jóvenes de nuestra generación a amar a España y al español, su prodigiosa lengua. Desde luego el gran Valle, ninguneado en su tierra natal por Feijóo y su bien cebada corte de ignorantes galleguistas enmucetados, no necesitaría los espejos curvos del callejón de Álvarez Gato para explicar su teoría del esperpento. Basta con poner uno plano para ver reflejada la grotesca realidad en puritos cueros. Tampoco su Lámpara maravillosa, hoy ya casi apagada. Como la famosa lucecita roja azoriniana.

Pero si los del 98 parecen que habitaron una galaxia, muy, muy lejana, aún hay cosas que perduran. A través del rosetón meridional de su imponente iglesia de origen templario dedicada a Santa María la Blanca se filtra la luz solar que tarda en desperezarse en la fría mañana de Villalcázar de Sirga. Ahí, en la capilla de Santiago, están las tumbas de Felipe, hermano del Rey Sabio. Un personaje interesante que fuera compañero en la universidad de París del alquimista Alberto Magno o de Tomás de Aquino. Curiosa la tumba del teólogo de Trento en la rara e impresionante iglesia de los Jacobinos en la ciudad francesa de Toulouse. La virgen, acaso la misma que inspirara Las Cantigas al rey poeta, vigila protectora el sueño eterno de su hermano en la capilla de Santiago.

Pero de la singular iglesia española templaria de Villalcázar de Sirga hablaremos en otro futuro texto.

 

Fotos del autor, excepto la primera:

Mapa de España antes del desastre o fragmentación autonómica (Fuente: Internet)

Estella, la de la corte carlista, facción borbónica de otro rey bastardo como Fernando VII

Pórtico románico del antiguo monasterio benedictino de san Zoilo, hoy transformado en hotel

San Tirso en Sahagún de Campos

Iglesia de santa María, antigua encomienda templaria de Villálcazar de Sirga

 

 

 

 

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