Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

El oráculo pernicioso

Antes de que se inventara lo del CIS sabemos que la misma Biblia distinguía varias formas de adivinación. Así, por ejemplo:

La astrología judiciaria o Meonen mosaico.

La augural o Menaschech

La Mescascheph o práctica de maleficios con sus ceremonias y prácticas ocultas o perniciosas.

Las producidas por los encantadores o Ithoberon

Los Oráculos, mediante la interrogación de espíritus

Los Indonei mágicos

La Necromancia o interrogación de los muertos

La Rhabdomancia o adivinación mediante varillas.

La Hepatoscopia por la inspección del hígado.

Pero el deseo de conocer y o determinar el futuro es algo universal y está presente en todas las tradiciones. En ocasiones subvencionado por los propios poderes públicos con intenciones más o menos confesables. En Atenas se sostenían los adivinos como nuestro Tezanos a expensas del Tesoro público.

Cabe recordar aquí, para no hacer esto demasiado largo, por ejemplo las principales variantes de la adivinación romana. Estaban los Fanáticos o los Entusiastas que actuaban bajo la influencia de ciertas divinidades como nuestro sublime doctor mohatrero. Los adivinos se adornaban con coronas de laurel para representar al dios Apolo. Los Fatuarios o investigadores del destino con especialistas para cada uno de los sexos. Los Extáticos caían en especial arrobo y luego lo explicaban a las muchedumbres en el ágora o el foro, ya que entonces aún no se había inventado la tele para mayor solaz y embrutecimiento del pueblo soberano.

Los auspicios eran los antecedentes de nuestras actuales encuestas. Parece ser que les dio forma un personaje mucho más serio, la entropía aumenta, que nuestro actual mántico oficial. Me refiero a un famoso adivino de Tebas llamado Tiresias.  La ciencia augural no se explicaba en sesudos tratados de Sociología, como ahora con la cosa esa de la modernidad y sus nuevas supersticiones, sino en un cuerpo científico conocido como Libros Fulminales o Fulgurales.

Es importante distinguir entre los augurios y los presagios, anuncios, predicciones y vaticinios. Los primeros se efectuaban mediante las reglas de la ciencia augural, mientras que los otros estaban conformes con la subjetividad más o menos interesada o consciente del intérprete.

Un oráculo famosísimo fue el de Apolo en Delfos, a los píes del Parnaso. Casi todos los poderosos iban a consultarle antes de emprender alguna gesta o aventura. Una profetisa llamada Phitia se subía a un trípode preparado sobre una sima para recibir los vapores sutiles que trasportaban las esperadas respuestas. Hoy con esto de la seguridad e higiene en el trabajo y demás prosaicos reglamentarismos y directivas europeas nuestro Tezanos ya no se sube abierto de piernas en el trípode para recibir el vapor palaciego bienhechor, ni lo necesita para decir lo que el Poder desee. Y es que, tanto entonces como ahora, los oráculos no estaban libres de corrupción, soborno o cohecho. O al menos de su sospecha.

Pero, ¿cómo funcionaban?

Parece ser que mediante los verdaderos se trataba de investigar a través de sus indicios en universos paralelos o de otras dimensiones.  El sabio escolástico Santo Tomás de Aquino nos explica que: los cuatro elementos, se dice, están poblados de espíritus llamados silfas, gnomos, ninfas y salamandras…

En otros casos sólo hay simple granjería. Nuestros socialistas made in USA que son tan modernos que ya no creen en silfas, gnomos ni nada parecido, excepto en satisfacer las órdenes de sus amos y en los euros o dólares metidos tan ricamente en el propio bolsillo, buscan el apaño, la granjería oracular desde una visión más materialista.

La Phitia actual al servicio del sanchismo, barbuda y tan falsaria como la cervantina dueña doña Dolorida, acaba de proclamar los resultados de su última consulta. Su amo vence a todas las demás huestes, solo o en compañía de otros como decía la famosa sentencia del asesinato de los marqueses de Urquijo. Es de suponer que se trata de una mohatra más, un engaño para promover auto-profecías y votos útiles que resultan ser los de los tontos útiles. Pero, si ni fuese así, ¡ojalá Dios en su infinita Providencia no quiera tal! se apiade de nuestros pecados y nos libre de tal desgracia.

Porque no se entendería el masoquismo del pueblo español, dicen que soberano, que está alcanzando tintes bíblicos. No puedo por menos de recordar el libro I de Samuel, cuando los judíos piden a Dios que les de un Rey y Dios ordena a su sacerdote que condescienda con tal deseo, explicando antes al pueblo cuál va a ser el modo con el que gobernará el elegido, y es descrito como cosa verdaderamente siniestra. Pero el pueblo insiste y se le concede un rey. Y así, el déspota Saúl, el Sánchez de la Biblia, detenta un gobierno tiránico para mayor posterior llanto y crujir de dientes del ingrato pueblo elegido.

Quevedo, experto en despotismos que padeciera en sus frioleras carnes, se plantaba esta grave cuestión en su Política de Dios: ¿Tan gran delito fue pedir Rey que mereció no sólo que se lo diesen, sino también que no se lo quitasen, cuando padeciesen con lágrimas el derecho que les predijo? 

Si, como afirma la Phitia Tezanesca, tras la terrible experiencia de este embarazo de nueve meses se vuelve a parir, forceps encuestorios u oportuno atentado incluidos, otro monstruoso gobierno Sánchez, desde luego está claro que sus votantes merecen toda clase de catástrofes. Todo castigo bíblico, aunque lamentablemente lo padezcamos todos por no haberlo impedido.

 

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