Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

El presidente del narcoestado mejicano reclama a España

Se ha sabido que el actual presidente del narcoestado mejicano, un tal López que no Xicontencatl, ha mandado una carta al rey, escrita en español que no en lengua azteca, exigiéndole que pida perdón por la conquista española. El tal López creo que es criollo, es decir blanco descendiente de españoles, no parece mestizo ni menos desde luego de pura raza azteca, un pueblo no autóctono, no «originario» como los llama el enmucetado orate que tampoco lo es, del hoy territorio mejicano. Los aztecas eran gente despótica, opresora, genocida, satánica, sacrificadora de hombres y caníbal. Acaso contra toda probabilidad, fueron vencidos gracias al genio militar de Cortés que encabezó la revuelta de los pueblos oprimidos. Lo que también sabemos con casi dos siglos de vida independiente es el estrepitoso fracaso histórico de la clase criolla que sustituyó en Nueva España a sus padres y abuelos españoles.

Al parecer, Felipe VI no ha contestado a la impertinente provocación, quizás atendiendo a la sabiduría paremiológica de que “a palabras necias, oídos sordos”.

Hace unas semanas, con motivo de la antepenúltima traición socialista sobre estos temas, reproducía unos párrafos del intelectual, diplomático y ministro republicano Salvador de Madariaga en sus Memorias que explica muy bien los complejos de los dirigentes mejicanos y de los demonios familiares causantes de sus fracasos:

El peligro en Méjico se agrava por el abierto antihispanismo de no pocos intelectuales, tan irracional que muchos son entre ellos los que se identifican con Montezuma y hasta con Cuautemoc antes de sentir con Cortés…. Todo ello va envuelto en cierta hipocresía más o menos consciente. Los aspectos más repulsivos de la cultura azteca- el abrirles el pecho a las víctimas y arrancarles el corazón para ofrecerlo aún palpitante al dios antropófago, los banquetes más o menos rituales de carne humana se esfuman y esconden cuando no se niegan-. Las piedras de sacrificio se exhiben pero no se describen. La historia se adapta al modelo antiespañol.…

Pero Méjico no llega a cuajar como nación una y fuerte porque niega a su padre. Méjico es una creación de Cortés, pero los mejicanitos no reciben en la escuela más que grotescas deformaciones de lo que fue la conquista fundadas en que aquellos conquistadores reviven en estos españoles, siendo así que aquellos conquistadores viven hoy en la parte blanca de la sangre del mejicano de hoy; por lo cual la enseñanza (¿?) insensata que se les da solo tiene por fruto la guerra perpetua que, en la sangre, lleva Méjico.

Cuando publiqué en Méjico y en Madrid (1972) un artículo sobre la verdadera fundación de Méjico, exponiendo estas ideas, recibí de un joven mejicano una carta indignada echándome en cara que yo diera por padre de Méjico a Hernán Cortés, que era un extranjero. Firmaba dos apellidos tan castellanos como Gómez Fernández. Le contesté que leyera el artículo primero antes de escribir tales disparates porque él no se llamaba Chichimecatecutli, sino Gómez Fernández, de modo que sin Cortés, ni siquiera existiría.”

Por desgracia Méjico no sólo no ha cuajado en nación una y fuerte como se lamentaba Madariaga sino que ha venido a resultar un estado fallido, trufado de violencia, mediatizado por mafias dedicadas al narcotráfico a la mercadería de personas o armas, cuyo germen acaso ya se encontraba desde que interrumpiera la ingente labor civilizadora de España.  Si aquí, según sostiene Gonzalo Fernández de la Mora en ensayo famoso, uno de los grandes lastres y dramas nacionales es lo que llamaba la envidia igualitaria, allí la cuestión de hispanofobia posee un componente racial, y en cierto modo racista: el del mestizaje y la envidia del blanco. Es la guerra en la propia sangre a la que se refería Madariaga con tanta perspicacia.

La aventura militar que inicia Cortés, a diferencia de lo habitual de los imperialistas anglosajones que asesinaban a los indígenas o se limitaban a comerciar abusivamente con sus caciques, la continúa toda España trasladando su idea de la civilización y crea Universidades y Hospitales en América. El verdadero inventor del derecho de gentes, el padre Francisco de Vitoria de la escuela de Salamanca, es el instaurador del principio de la libertad e igualdad jurídica de todos los pueblos, que define hasta ocho títulos de justo dominio en las Indias. Uno de los motores de la aventura española en América fue, como decía el arcipreste de Hita, el “aver mantenencia”, y por tanto la búsqueda de riquezas materiales. Pero tampoco hay que olvidar el renacentista deseo de fama y gloria como uno de los móviles psicológicos de la empresa española.

Y es que, contra lo que difunde la leyenda negra perpetrada por sus enemigos, honra a España el que se haya podido plantear siquiera el debate moral sobre la conquista incluso contra la razón de Estado. Como honra también el que se intentaran frenar los abusos con leyes como las de Burgos o Valladolid en el mismo siglo XVI. El hecho de que dos siglos después de la independencia los congresos indigenistas americanos preocupados por sus reivindicaciones políticas y económicas sigan debatiendo casi lo mismo que en Valladolid discutían Las Casas y Sepúlveda en el siglo XVI, parece prueba irrefutable de que el postergamiento del indio americano no es cosa tanto de la supuesta crueldad del conquistador español, cuanto de la propia naturaleza del indígena, del mestizo y en general del hombre y la sociedad, de modo que para levantarlo de su abatimiento tradicional sea preciso invertir más en educación e integración social.

Pese a todas estas diferencias apuntadas, en cierto modo la cuestión de Méjico, la antigua Nueva España, según la plantea López es la cuestión de la interpretación de la verdadera naturaleza de nuestra civilización y nuestra cultura, hoy lamentablemente en manos de nuestros enemigos de dentro y de fuera.

Y mejor que el presidente del narcoestado mejicano pida cuentas de sus problemas al Cártel de Sinaloa que él conoce tan bien.

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Sobre la obra de España en América por un profesor colombiano, Pablo Victoria

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