Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Caza, energía, animales y animalistas

Hasta hace no mucho los animalistas típicos y tópicos constituían una abigarrada fauna de damas histéricas, fanáticos, ignorantes urbanitas, traumatizados por Bambi, afeminados, y recias ancianas de pelo en pecho y paraguas en ristre defensoras de las viejas glorias del Imperio Británico. Como es natural, no se les solía hacer mucho caso pero ahora con las ingentes subvenciones sorosianas dedicadas a socavar la sociedad civil, la promoción del pensamiento débil y la impuesta hegemonía de la posverdad a la americana, lo tremendo y peligroso es que cada vez tienen más poder para imponer despóticamente sus chifladuras. Sean contra la caza, la tauromaquia, la gastronomía con proteína animal o cualquier otra actividad que se les meta en el entrecejo, sus diatribas incluso están encontrando eco nada menos que en sede judicial. El último fallo, digo auto, ha sido en Castilla y León donde un severo Tribunal va ahora y prohíbe de modo cautelar el ejercicio de la caza, hasta que se analice su impacto en las especies. Algo que puede dar lugar, desde luego, a infinitas investigaciones científicas e incluso tesis doctorales amañadas como las del Doctor falsario.

La caza es un ejercicio que participa tanto de lo cultural, como sociedad humana como de lo natural, propio de los ecosistemas donde constituye elemento básico de la cadena trófica. Y por supuesto, de las complejas relaciones entre una cosa y otra. En agosto de 2014, por mi experiencia de antiguo cazador y de ingeniero agrónomo con, por supuesto, importante formación ecológica y medioambiental, publicaba una entrada sobre este tema que puede ser útil y de actualidad reproducir a continuación:

«La caza, el verdadero ejercicio de la caza que no es pegar tiros sin ton ni son a todo lo que salga y que para los buenos aficionados tiene más que ver con la calidad que con la simple cantidad, se está deteriorando en España como ya lo ha hecho en otros países occidentales. Las causas son variadas y admiten análisis diferenciados por especies y ecosistemas concretos. Los que no conocen bastante la actividad suelen considerarla un ejercicio cruel que desacredita moralmente a sus practicantes. Esto puede ser relativamente cierto en el caso de la caza de piezas criadas en granjas que tienen disminuidos su resistencia física o su instinto de defensa o que apenas conocen el escenario a donde han sido trasplantadas. O en el de ciertos métodos de caza furtiva.

Pero existen otras cuestiones comunes. Una es el problema de las enfermedades que puedan afectar a determinadas especies cinegéticas, como es el caso emblemático de la mixomatosis del conejo. Un problema que no sólo afecta a esta especie sino a sus grandes depredadores especializados, joyas de nuestra fauna, como el lince o el águila imperial. Otra cuestión es el cambio en las cadenas tróficas y los recursos ambientales de supervivencia producidos por el deterioro de los sistemas agrarios modernos. Con los avances de la agricultura química y el despotismo burocrático de la PAC, cada vez el medio es más hostil para la mayoría de nuestras especies emblemáticas de caza menor. Los sistemas agrarios se simplifican, apenas hay ya agricultura y la que hay se encuentra crecientemente saturada de productos tóxicos. Los campos se abandonan, con ellos los setos, y las especies invasoras van ocupando el terreno donde antes la perdiz o la liebre encontraban su protección y alimento. Algunas especies alteran su vocación nómada por razón de su dieta alimentaria. Así por ejemplo grupos de codornices habitantes de áreas templadas de regadío que probablemente se hacen sedentarias y pasan el invierno en España porque no tienen suficientes reservas grasas para arrostrar grandes migraciones.

Sin embargo, el monte abandonado constituye un hábitat que permite una mayor proliferación de jabalíes y de zorros, vehículos éstos de transmisión de la rabia. En algunas zonas se crían venados en las fincas casi como una explotación ganadera más.

Pero hay otro aspecto energético muy importante a considerar. En los ecosistemas naturales existen equilibrios en la cadena trófica o alimentaria entre las diferentes especies en juego. Sobre la productividad primaria vegetal actúan los herbívoros, los depredadores controlan el número de individuos de una especie en el ecosistema. Abundan si hay muchas presas depredables, escasean si éstas faltan. Su población no aumenta cuando la energía que emplean para capturar una presa es mayor que la que la presa le proporciona como dieta. Las armas de fuego supusieron ya una alteración en estas reglas de juego de la naturaleza. Pero ahora a demás hay que contabilizar el coste energético de los desplazamientos hasta los cazaderos más alejados en potentes y lujosos vehículos todoterrenos. Así, el valor energético de una perdiz o de una liebre no compensa de ningún modo el coste energético empleado en su captura. Roto el equilibrio de regulación natural antes citado cuando las piezas resultan más raras aún aumenta más el presupuesto energético de captura ¿Hasta que no quede nada?

Y algo similar ocurre también con la pesca industrial en cuyo estudio de dinámica de poblaciones habría que añadir la influencia del tamaño de los peces, tanto en la conservación del ecosistema marino cuanto en el montante de biomasa extraída. Y el esfuerzo pesquero. En general, los sistemas más artesanales de pesca tradicional permiten mantener la biomasa de los ecosistemas pesqueros».


En efecto, atendiendo al papel de la energía en los ecosistemas naturales y en los sistemas agrarios y el ámbito de la sociedad, la caza debe ser regulada con criterios científicos para proteger los ecosistemas y con criterios sociales para proteger la especie más desprotegida, asediada y amenazada de extinción de nuestros campos: el habitante en el área rural.

Al parecer, VOX es la única institución política que demuestra firme voluntad de defender sin complejos a todas estas especies amenazadas por el fanatismo animalista que campa a sus anchas por biotopos, media, e incluso sedes judiciales depredando la naturaleza y el sentido común. Amenaza que se extiende con ellas a toda una tradición rural polivalente y poli profesional, garante de la biodiversidad de los  ecosistemas naturales y de la misma supervivencia del amenazado mundo rural.

No deja de ser curiosa la dictatorial posición de los animalistas. Es comprensible que a muchas personas no les guste la caza, la pesca o los toros. Es coherente si mantienen una dieta vegetariana o no se usan zapatos o prendas de piel. No se obliga a nadie a cazar, ir a los toros, comer carne o pescado o calzar zapatos de piel. Lo que sí demuestra despotismo es la funesta manía de prohibir lo que no gusta o no se entiende. Ese tratar de imponer lo que se considera acertado desde una supuesta superioridad moral que no se justifica en nada objetivo salvo los prejuicios.

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