Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Un beso entre los sueños

Cuando subía a acostarme me único consuelo era que mamá habría de venir a darme un beso cuando ya estuviera yo en la cama. Y es que la vida no puede ser comprendida en el mismo momento de ser vivida, sino a través del recuerdo. De la memoria, histórica en mi caso, porque contra todo pronóstico aquí estoy bajo el florido dosel de mi cama palaciega. Lejos quedan mis experiencias cuando hacía méritos en el disimulado burdel de mi futuro suegro. Ahora, encaramado sobre los hombros de la gentuza y la delincuencia más indeseables, puedo disfrutar de los privilegios que el Reino pone al servicio de sus más encumbrados próceres cuando se encuentran avalados por los más infectos caimanes de la plutocracia internacional que el bizarro socialismo patrio declara combatir para pillar votos de incautos, ignorantes, hembristas, fricadoras, violeteros, envidiosos igualitarios, trincones en potencia o en acto. Una base electoral nunca menguante pues se ve reforzada por nuevas levas de traidores, corruptos, caballeros de mohatra, tratantes de blancas o de invasores, satanistas, bellacos, malandrines, meapilas periféricos, capitalistas ventajistas o de rapiña. Pederastas del Partido Demócrata o del Noveno Círculo.

Muchas veces, cuando ya me había dado un beso e iba a abrir la puerta para marcharse, quería llamarla, decirla que me diera otro beso, pero ya sabía yo que pondría cara de enfado porque aquella concesión que mamá hacía a mi tristeza molestaba a mi papá.

Yo tenía derecho a tener celos de mi papá que era el preferido de mi mamá con la complicidad alcahuetera de mi abuela.

Mi santa está disfrutando mucho de su nueva e inesperada posición pese a ser pija, progre y rica niña de papá. A veces sus rasgos se difuminan durante mis ensoñaciones, en ese duermevela en la penumbra de la consciencia. Y no sé quién es. Una escalera para trepar, la fantasmagoría de mí mismo, el acicate de mi propia ambición, un pretexto para intentar mantenerme en el pico de la cucaña. Su potente mandíbula me da miedo: es como la de un voraz tiranosaurio, mientras yo me siento simple herbívoro consentidor y complaciente.

La apetitosa magdalena ofrecida por Soros me trae a la memoria las inciertas ambiciones de mi infancia y me abre los ojos de la voluptuosidad. Todo esto será mío si le sirvo.  Mientras tanto, ajenas a todo, en el vacío de la permanente inanidad del no ser pero del sí estar, se polinizan las orquídeas.

Pero, pese a la protección del dosel de mi mullida cama de Palacio, en la nueva pesadilla aparece mi querida mamá con arrugas, avejentada por los estragos de pecaminosos siglos. Se parece a doña Manolita, que tiene bien merecida fama de siniestra bruja comeniños.  Los niños imprudentes que se acercan a ella, atraídos por bellas pero engañosas ninfas como las tentadoras de Parsifal, un tipo algo rarito según me explicó la Merkel, son enjaulados y luego engordados antes del sacrificio electoral y la pitanza.

No quiero apagar la luz. Me da mucho miedo, ya no voy a tener colegas con quien jugar a la taba o al pinto pinto, presupuestito.  

Quiero otro beso de mi mamá, pero como sapo de nauseabundo campanero monaguillo… ¡viene Torra!

NOTA

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