Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Navidad, otra vez

Vuelve la Navidad.  Y con ella todo un momento de balance íntimo de anhelos, logros y frustraciones… un momento, salvo en los más jóvenes, de nostalgia por un tiempo y unas personas queridas que ya no están. Aunque también de esperanza y renovación de energía e ilusiones, si es verdad la vieja máxima hermética de “como es arriba es abajo” o la identidad entre microcosmos y macrocosmos. Entre el hombre y el universo ordenado del que forma parte.

La eclíptica es la zona del cielo en la que discurre el sol en su movimiento aparente alrededor de la tierra. La inclinación del plano del ecuador terrestre respecto del plano de la eclíptica es de unos 23 grados. Cuando El sol alcanza los 270 grados de longitud y en nuestro hemisferio boreal comienza el invierno, el sol parece quieto (eso es lo que significa solsticio). Pero ya no se proyecta sobre la constelación de Capricornio como hace dos mil años. La razón está, como es sabido en el fenómeno de la llamada precesión de los equinoccios, que ha originado que los signos zodiacales se vayan desplazando unos treinta grados cada dos milenios aproximadamente. A partir de ese momento el sol aparentemente comienza a elevarse en el horizonte, hasta que seis meses después empieza a declinar.

Dentro de la leyenda dorada occidental el sol representado por Febo o por Apolo posee una gran relevancia simbólica. Y buena parte de su antigua iconología fue recuperada por el emergente Cristianismo. Tal es así que si no fuese por su contexto sería difícil distinguir a veces qué representaciones proceden del paganismo y cuáles del Salvador.

Apolo era hijo de Zeus y de Leto. Cuando iba a dar a luz su madre buscó posada donde refugiarse pero perseguida por la celosa Hera no encontraba lugar seguro. Gracias al lenguaje de los pájaros y convertida en codorniz pudo al fin acogerse en una isla solitaria y desolada, una de las Cícladas en el Egeo, que luego se llamaría Delos que significa la brillante en honor del naciente divino Apolo. Dios de la Luz, de las Artes, de la Civilización, del que luego Nietzsche abominaría como símbolo del según él hombre degradado por no seguir sus propios instintos.

Uno de los primeros hechos de Apolo, el hijo de Dios, fue matar la serpiente, símbolo polisémico, acaso ese componente de la naturaleza inconsciente, soterrada, del hombre, de la que debe ser redimido. Es curioso que el héroe de La Flauta mágica mozartiana, (Tamino), también inicia su rescate del alma (Pamina) con la muerte de una serpiente.

A Apolo le gusta morar en el monte Parnaso, cuyas laderas se encuentran cubiertas de bosques, y donde dirigía los coros danzantes de las Musas inspiradoras y de las Gracias. Pero como dios que ilumina el mundo es testigo de los acontecimientos, a cuya vista nada escapa. En Delfos, a los píes del Parnaso en un lugar magnífico, impresionante, tiene su famoso templo donde hablaba su oráculo más venerado. Y lugar emblemático de peregrinación, considerado el ónfalo u ombligo del mundo, lugar de hierofanía, de conexión entre el Cielo y la Tierra y donde se celebraban los juegos píticos.

Han pasado muchos siglos, y estas celebraciones del paganismo y de la antigua cultura griega pese a su belleza e inspiración espiritual y a estar en el origen de nuestra civilización nos resultan ya muy lejanas. Cuentan que la famosa Oración de la Acrópolis de Ernesto Renán no fue algo espontáneo producto inmediato de la contemplación de su solemne pureza de líneas, de su belleza resplandor platónico de la verdad, sino algo posterior, elaborado, fruto más de la razón que de la emoción. Pero esa emoción, ese conmover, ese movimiento del alma hacia, lo ha venido renovando el Cristianismo durante los últimos siglos, no obstante encontrarse también ahora amenazado por las nuevas serpientes.

Serpientes que tienen también una interpretación astronómica. Los astros de nuestro sistema solar trazan en el espacio una especie de línea serpentina o epiciclo como decía Hiparco. Los planetas giran elípticamente alrededor del sol y éste alrededor de otro centro en el universo, cuya combinación forma un movimiento de apariencia serpentina. De unas serpientes que vuelan como aves en el espacio infinito. Puede que de ahí venga la representación de Quetzalcoat o de la serpiente emplumada del arte precolombino. Y que algunos de sus más importantes monumentos una figura de serpiente aparezca en relieve en determinadas efemérides solares como esta de la imagen en la pirámide de la ciudad maya de Chichen Itzá.

En el ciclo del eterno retorno vuelve otra vez la Navidad. Y con ella una cierta sensación de inocencia perdida. La sabiduría de María Zambrano ya lo decía: “Si en el amor naciéramos y permaneciéramos siempre no habría lugar para la consciencia”. Uno de los retos mayores de nuestra civilización en estos tiempos inciertos, azarosos, de zozobra o precariedad espiritual, creciente debilidad intelectual y moral, donde pretenden imponernos la posverdad, acaso sea recuperar el equilibrio perdido entre Amor y Consciencia. El hombre es un animal de nido. Nido que debe estar amueblado con símbolos enriquecedores, que hagan crecer.  Y de esperanza. Y con el Amor de las personas que quieren y son queridas.

A partir de ahora la Luz empieza a crecer. Lo hace en su renovación cíclica el Universo. Ojalá también nos ayude para renovarla en el escenario íntimo de nuestra consciencia.

Tal es mi deseo para todos mis amigos, personas queridas y de buena voluntad.

Nota:

Las dos imágenes de nacimientos corresponden a sendas fotografías realizadas por el autor durante su visita a la preciosa exposición de Belenes del palacio de los Golfines de abajo, en Cáceres.

El escudo heráldico procede de una fotografía de la casa del sol tomada en la acrópolis de la ciudad monumental de Cáceres.

 

 

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