Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

La carta del rescate

¿Cómo hacer frente a muchos de los males que achacan  a las sociedades europeas, entre ellos las consecuencias de la creciente degradación de las actuales instituciones puestas al servicio del gran capital financiero globalista más que al de los legítimos intereses de los pueblos? Contra los señuelos de distracción y trampantojos, los dímes y diretes sería preciso ir a la raíz de los problemas, uno no menor es el del predominio de políticos mercenarios o ineptos frente a la creciente pérdida de soberanía verdaderamente nacional puesta al servicio del Bien común…No sabemos cómo terminará, por ejemplo, el calumniado movimiento de rebelión cívica de muchos europeos contra las consecuencias de la hegemonía del gran capital financiero promotor del NOM. Pero es una cuestión en la que nos jugamos mucho todos los ciudadanos.

Hace ya tiempo el gran escritor y humanista ruso, el médico Antón Chejov, se preocupaba por la suerte del pueblo ruso y en general de la sociedad y la condición humana.  No existía aún el GULAG soviético pero sí la crueldad en muchos casos del Régimen zarista. Sin embargo, no hay que olvidar que la política está íntimamente ligada a la propia conducta de la gente. Tras una crisis de conciencia, Chejov realizó una larga peregrinación iniciática a la remota y maldita isla de Sajalin. Viaje geográfico hacia el fin del mundo que tenía su trasunto en otro esotérico al fondo o las antípodas de su propia conciencia.  Al cabo, tras la búsqueda de sí mismo, explicaba: Yo todo lo que quería decir honradamente: ¡Echad una mirada hacia vuestras vidas y ved qué lamentables y desastrosas son!

Su estancia en la isla maldita provocó una reacción personal ante los horrores que veía. Le hizo aumentar su simpatía con los desheredados, con los humildes, con la humanidad que sufre. Chejov pensaba que las cosas no tendrían porqué seguir siendo así siempre, que era posible el progreso y confesaba a un amigo: Dentro de trescientos o cuatrocientos años, toda la tierra se convertirá en un jardín florido, y la vida será entonces extraordinariamente fácil y agradable. 

Pero el liberalismo humanista de Chejov: el de la libertad de conciencia y de expresión, los derechos civiles y la protección de los débiles, ha sido traicionado y convertido en otro, llamado ahora neoliberalismo, que en la práctica representa todo lo contrario. El pensamiento único.  El despotismo de los poderes económicos oligárquicos que controlan a los media, cada vez más imposibilitados para ejercer su misión de contribuir al control del Poder. El abuso de los poderosos grupos financieros contra los débiles y desamparados. En resumen, la libertad de los llamados “mercados” contra la libertad de gente. En este proceso globalista existen paradójicos compañeros de viaje. Derechas renegadas de sus tradiciones, golpistas supremacistas azuzados desde el exterior de fementidas naciones inventadas, socialdemócratas perdularios, comunistas y liberticidas de toda laya, jaez y condición.

¿Cómo iniciar una vida nueva? La voluntad es el principio del cambio. El querer. Pero, ¿qué pasa con el saber que permita conseguir ese querer?

El pequeño Iván, (Vañka) protagonista de uno de los cuentos más tristes y humanos de Chejov, escribe una carta a su abuelo que vive en una lejana aldea: Ayer me gané una regañina. El amo me sacó al patio, tirándome del pelo, y me zurró, porque cuando les estaba meciendo al niñito en la cuna me quedé dormido sin querer… de comer tampoco hay aquí nada. Por la mañana te dan pan para tomar el kascha , pero no té ni schi. Se lo zampan los amos. … querido abuelito: ¡Hazme una merced en nombre de Dios! ¡Sácame de aquí y llévame a la casa de la aldea! ¡Ya no puedo aguantar más!… ¡Llévame de aquí porque me voy a morir! 

Y continúa suplicando su rescate: ¡Ven querido abuelito! ¡Por el amor de Dios te lo pido!… ¡Ten piedad de mí! ¡De este desgraciado huérfano! ¡Todos me pegan y tengo tantas ganas de comer!… Además, ¡Tengo una tristeza tan grande que no te la puedo contar!

No sabemos si las sociedades podrán recuperar la soberanía de sus Estados, reconstruirlos a su servicio. El tiempo lo dirá. Pero sí que el uno por ciento de la población posee igual riqueza que el noventa y nueve restante. Tal distribución de la riqueza podría ser soportable si a nadie le faltase para cubrir sus necesidades más básicas. Pero tal cosa no ocurre, no ya en el Tercer Mundo, ni siquiera ya tampoco ahora en la supuestamente próspera Europa.  La clase media ha sido condenada por el llamado neoliberalismo o n(e)o liberalismo y si esto sigue así nos vemos abocados a una situación potencialmente revolucionaria.

Pero ¿qué pasó con el pobre y desamparado niño?

Antón Chejov continúa su narración. Tras acabar de escribir la carta, el pequeño Iván plegó la hoja escrita en cuatro dobleces y la introdujo en el sobre comprado la víspera… después de meditar un momento, mojó la pluma y escribió las señas: Para el abuelo que está en la aldea”. Luego se rascó y, tras un instante de cavilación, añadió a lo escrito: “Para Konstantín Makarich”.

Una hora después de introducir la preciosa carta por la ranura del buzón, mecido en sus dulces esperanzas, el niño dormía profundamente. Soñaba con una estufa caliente y que, junto a ella, su abuelito leía la carta de su rescate…

 

La decadencia de la clase media víctima de sus propios errores y debilidades y de su progresivo deterioro económico va haciendo arrumbar el progreso social. Se oyen los hachazos que van talando el Jardín de los cerezos y con ellos tantas esperanzas, pero no se reacciona.

Chejov murió el dos de julio de 1904 en la Selva negra donde había ido a tratar la convalecencia de su tisis. Como una especie de testamento poco antes de fallecer había dictado a su esposa el esbozo de otro cuento.

Un cuento que debiéramos hacer el esfuerzo de desarrollar y terminar nosotros antes de mandarlo, esta vez sí, con las señas claras y bien puestas al abuelito.

 

 

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