Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Gloriosos fastos y nefastos

Se van a cumplir cuarenta años de la aprobación de la sagrada constitución que tan acertadamente dirige nuestros destinos ante Dios y ante la Historia. Su Preámbulo establecía una serie de buenas intenciones con voluntad de cumplimiento que cada lector valorará hasta qué punto han sido satisfechas. Pero, pese a la propagada oficial, la cosa está un poco desprestigiada al menos entre los ciudadanos conscientes, honrados y trabajadores que no se creen merecedores de tanta maravilla como nos venden. Responsabilidad de la naturaleza más o menos chapucera de la constitución o de la siniestra conducta de los políticos que ha venido amparando, nos encontramos en una situación de descomposición acelerada, agónica, en la que no ya un sistema político institucional supuestamente democrático en las formas, sino lo que es peor, incluso la propia supervivencia de la multi-centenaria Nación española se encuentra amenazada. Todo un logro histórico.

En uno de los famosos apólogos del conde Lucanor se explicaba una situación parecida a la que ahora contemplamos. La Verdad, a la que la canalla de impostores, pícaros y delincuentes había enterrado bajo las raíces del frondoso árbol de la Mentira, emerge en un momento inesperado. El árbol cae y con él toda la chusma y canalla que de Ella se beneficiaba. La Mentira queda desenmascarada y arrumbada. La Verdad surge y nos hace conscientes de la realidad ocultada.

Nunca en la historia reciente de España la clase política dirigente había alcanzado tanto desprestigio ni había merecido tanto desprecio general por parte de la gente de bien.

El heredero de Franco a título de Rey, galán y actor principal del evento, ha perpetrado tantas fechorías y desafueros a lo largo de su reinado que la casta beneficiaria del régimen duda si cara los próximos fastos y celebraciones ditirambo alabanciosas es mejor mantenerlo oculto, o sacarlo en disimulado segundo plano. La Justicia ha decidido no investigarle por lo que pudiera pasar, alegando tortuosos leguleyos otro sí digos. Junto a la gran estafa escándalo de los EREs del Partido Socialista Obrero ¡contra sus parados!, la de los Gürtel populares, o con el aventajado yerno condenado, por recordar solo algunos procesos célebres, sólo faltaba que el fasto, la gran celebración constitucional, coincidiera con un procesamiento emérito.

Pero hay otro fasto, otro mojón que fija límites, que parece va a coincidir en el tiempo con la buena nueva del nacimiento constitucional. Me refiero al desenterramiento, con indisimulada intención de profanación por parte de sus instigadores, la banda del ejemplar doctor Sánchez, de los restos del general Franco al que se debe la instauración de la Monarquía actual.

El asunto tiene un importante carácter simbólico de ruptura. De paradójica deslegitimación del actual régimen borbónico. En consecuencia, no se entiende la postura de partidos monárquicos como el PP o Ciudadanos al abstenerse en la votación de ayer cuando se debatía si se profanaba o no la tumba del general que venciera a comunistas, separatistas y socialistas asilvestrados, cuando no simples criminales. Y que posibilitara un gran salto adelante de transformación y progreso social y económico y la formación de una nutrida y próspera clase media que se encuentra en la base de todo orden y estructura progresiva social. Pese a lo que pudiera parecer a simple vista, tal asalto a la tumba posee una obvia intención deslegitimadora de los que la sectaria propaganda roja y /o golpista, considera sus derechohabientes: la Corona y las fuerzas de la no izquierda, Iglesia Católica incluida. Que creo hacen mal en lavarse las manos como Pilatos, o en disimular como si la cosa no fuera con ellas, porque todos tenemos ombligo, las naciones, los regímenes y las instituciones también. En cosas simbólicas y graves no hay abstención posible. Se está a favor o en contra. Sin olvidar que también hay consideraciones humanas, metafísicas, espirituales, para dejar descansar en paz a los muertos. Si se me permite un apunte de memoria histórica cabe recordar las palabras del presidente Azaña tomadas de su discurso de 1938 en Barcelona:

Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordaran, si alguna vez les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia, y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: a de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón”. 

Aunque también es verdad que esa abstención tampoco resulta tan extraña si la colocamos en el contexto de derrota cultural que tiene asumido la no izquierda en los últimos años.  Que renuncia a dar batalla por los valores metafísicos, por las tradiciones, por nuestra historia con sus sombras pero con tantas y excelentes luces, por el mensaje de la patria eterna, que culposamente se ignora, se tergiversa o se esconde a las nuevas generaciones.

Que en su sectarismo iconoclasta llevado de la venganza y de la cobardía de alancear a moro muerto hordas como las del impostor doctor Sánchez intenten destruir nuestra Historia se comprende porque sirve bien para sus despóticos fines devastadores. Pero que los demás no nos defendamos como sería menester entra en el suicidio disfrazado de eutanasia activa.

 

 

 

 

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